Por César Pérez Gellida
No logra aferrarse al cuero sintético que recubre
el volante del Meriva. Baja el cristal para dejar
de percibir el olor del miedo que huye cobardemente por todos y cada uno de los
poros de su cuerpo. El miedo a perderlo todo es nauseabundo. El aire que entra
en el habitáculo es frío, premonitorio; la noche cerrada.

