martes, 7 de abril de 2020

Frágiles, mortales y desnudos


Por Sergio Sinay (*)

Para comprobar la validez de una teoría científica es necesario refutarla mediante su contrario. Solo mientras ese contrario no exista se puede considerar cierta la teoría. Esta es la idea de falsación, concepto epistemológico que explica la dinámica del avance científico. El progreso se produce a través de sucesivas falsaciones. Una teoría es desplazada por otra, que logra refutarla. 

Ese es el paso a paso del progreso de la ciencia. Toda teoría resulta válida hasta su desplazamiento. No hay verdades científicas eternas, por mucho que perduren. Son todas transitorias, corresponden a un momento, a una circunstancia, a una etapa histórica.

La falsación es un concepto introducido por el austriaco Karl Popper (1902-1994), eminencia de la filosofía científica y política. Apareció por primera vez en su libro La lógica de la investigación científica, de 1934. Conviene recordarlo hoy, cuando la aparición del coronavirus muestra lo poco que la ciencia sabía acerca de él, y abundan entre científicos, epidemiólogos, estadígrafos, e incluso gobernantes, contradictorias hipótesis sobre tratamiento, origen y curación. Todavía no existe una teoría unánimemente aceptada que pueda dar lugar a una falsación igualmente fundamentada. Y la divulgación pandémica de noticias falsas vía redes sociales, el tratamiento mediático mayoritariamente sensacionalista, la paranoia colectiva y el oportunismo de algunos científicos irresponsables que aspiran a la fama a cualquier precio no ayudan a obtener más claridad.

Si se repasa la historia de la medicina, se verá que abunda en procedimientos que alguna vez se consideraron indiscutibles y que hoy (tras sucesivas falsaciones) se ven con horror, con incredulidad y hasta con humor, aunque hayan dejado regueros de víctimas. Entre ellos la sangría, la administración de mercurio por boca, los enemas de vinagre o bilis de jabalí, los cortes longitudinales de ano para extraer cálculos, las esponjas embebidas en belladona, láudano y cianuro como método anestésico fatal, las cirugías practicadas con navajas en peluquerías, la inyección de aceite de alcanfor contra la epilepsia, etcétera. Algunos de esos procedimientos corresponden a la Edad Media y antes, otros son posteriores y hasta tocan el siglo XX.

Nada asegura que, dentro de un par de siglos, muchas de las teorías, antídotos, medidas sanitarias y gubernamentales que se desenvainan contra el Covid-19 den lugar al asombro, la incredulidad y quizás la risa. Es posible también que bastante de lo que se ha escrito y especulado (incluso esta misma columna y tantas otras) sea tomado como dato curioso, casi enternecedor por la ignorancia, el voluntarismo, el pseudoconocimiento que evidenciaba. Si todo eso ocurriera, y es muy probable que ocurra a la luz de la historia, esos humanos del futuro se reirían de la soberbia y la pretensión de los humanos del presente de haberse convertido en demiurgos (en la filosofía platónica y neoplatónica se llamó así a semidioses creadores del universo) que ya lo sabían todo, lo controlaban todo y estaban a salvo de lo imprevisible. Quizás el pequeño coronavirus vino, entre otras cosas, a provocar una profunda herida narcisista en la humanidad actual. Nosotros.

Sabemos poco y cuesta admitirlo. El virus gritó que los reyes del universo están desnudos, que no lucen las deslumbrantes ropas que creían vestir. La comprobación asusta, provoca pánico. Nos recuerda lo que preferíamos olvidar. Somos frágiles y mortales. Duele aceptarlo. Como reacción nos sentimos atacados, hablamos de guerra (parece que solo podemos ser cooperativos y solidarios si creamos enemigos) y tomamos medidas hiperbólicas. Cuarentena a mansalva. Muerto el perro se acabó la rabia. Pero no es así. Muerto el perro solo se acaba el perro. Quizás sea tiempo de parar la mano con la épica, con las falsas dicotomías como economía o salud. Quizás sea tiempo de pensar en una economía para la vida y no en la economía para la muerte, que basa su ganancia en industrias y mercados que viven de la guerra, de la enfermedad, de la desigualdad. No sea que el futuro nos muestre ridículos y no heroicos.

(*) Escritor y periodista

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