sábado, 2 de marzo de 2019

Cambio de roles

Por Roberto García
La selecta barra de invitados oficialistas, a pesar de los choripanes gourmet, no se entusiasmó con el aperitivo previo, de frágil optimismo, al discurso convulso que ayer ofreció el Presidente en el Congreso. Fue el día anterior, en Olivos, donde el mensaje pareció un placebo para los creyentes rentados del Gobierno. Quizás por los intérpretes, Dujovne y el propio Macri, más bien hieráticos en su promesa de superar este mal momento de la Administración.

Al revés de la jornada siguiente, cuando un convulso mandatario copió la energía desafiante de Cristina. Parece que el sillón inspira.

En ese anticipo al discurso habló el ministro, confiando que la actual penuria será pasajera, pensando que en los próximos dos meses empezarán a modificarse los números de la economía al tiempo que dispondrá de suficiente cobertura en dólares, para evitar corridas o la huida del carry-trade, sea por la recuperación de unos 8 mil millones perdidos por la seca del año pasado y el ingreso de una primera cosecha que aportará a su juicio otros 10 mil millones (sin hablar de la reserva adicional del FMI por un monto semejante, aún no ingresado).

Es decir, Dujovne garantiza –es una forma de decir– la estabilidad del dólar hasta el advenimiento de las elecciones, una consigna básica del Gobierno para superar con éxito ese trance en octubre. No mencionó, sin embargo, otra aspiración personal: su voluntad para que el organismo internacional se apiade y le acepte modificar el sistema de bandas cambiarias. Cree que habrá de conseguirlo. Hombre de fe.

También Macri en Olivos confesó su desazón sobre el período que “le toca” atravesar en lo económico, imagina una reversión cercana y supone que la gente habrá de apreciar el ordenamiento de la gestión, el ahorro en ciertos rubros y una amplitud de las libertades entre su administración y la anterior. Anticipo de lo que ayer confirmó en el Congreso. Ninguna primicia.

Sus oyentes en Olivos, sin embargo, disponían de oídos algo refractarios: leen encuestas poco promisorias, se angustian por los índices de inflación, pobreza, desempleo y actividad económica, lamentan las reyertas internas con sus socios radicales y, sobre todo, por un incremento de la sensación térmica del mundo empresario, el nunca definido círculo rojo, que asume como prioridad que no gane Cristina Kirchner más que impulsar la reelección de Macri. Como si esa combinación no fuera ineludible o complementaria.

Con la dama temen mayores pérdidas patrimoniales, el regreso de estatizaciones, la eventual deserción al universo internacional o una alteración anunciada del plexo constitucional. Pero ese criterio interesado, antes, forzaba a acompañar al Presidente, aunque fuese con la nariz tapada. Y ahora, en cambio, se evalúan planes B o C, aunque sin disponer con demasiadas flores en el huerto. Empiezan a dudar de Macri como el candidato más robusto para enfrentar a la viuda de Kirchner, a descreer del dilema binario que instaló la capilla de Marcos Peña en el que el imprescindible mandatario siempre le ganaría a su antecesora en segunda vuelta. Han cambiado las encuestas, también cambia la manada.

Intríngulis para el mismo Macri si no resiste el declive y se borran las escrituras de que la economía mejorará en dos meses. A no preocuparse el oficialismo. Hay una señal: el índice de confianza al consumidor de una universidad amiga levantó su opinión sobre el Gobierno, repite una trayectoria de datos semejantes a los tiempos en que competía con Scioli.

Encierro. Menudo alimento para su entorno, cada vez más cerrado y distante de voces críticas (léase Lousteau, radicales, Monzó, Massot, Carrió, Frigerio, Larreta o Vidal) que hasta agrede como enemigos a los propios que han ofertado alternativas de diálogo, sea para aprobar decretos de necesidad y urgencia, designar jueces o descomprimir el clima social. Se reitera, dicen, la herejía de hace tres años, cuando propiciaban incorporar a Massa como asociado para no llegar con el agua al cuello al comicio.

Más hermético, entonces, el poder del núcleo que se le atribuye a la Jefatura de Gabinete cuando, en rigor, Peña & Cía ejecutan lo que decide Macri. Como en la última crisis de Defensa, cuando cesaron con dos líneas de texto y sin indemnización al viceministro Chiquizola y mantienen al titular, Aguad, uno de los pocos del gabinete que frecuenta a Macri, quien lo considera más de su declaración jurada que del radicalismo, ministro que se mueve por postergar mes a mes –al mejor estilo K– una indagatoria judicial por una firma que estampó atinente al Correo (de la familia Macri) y a un conglomerado periodístico cuando estuvo en Comunicaciones.

Tentada. Al contrario del encierro gubernamental, Cristina se muestra abierta, recibe a los que nunca recibiría, no diferencia entre los que aparecen ahora y los que estuvieron antes, plantea peronismo para todos y todas, se alía con los que desprecia y hasta congeló en sus pretensiones a La Cámpora. Al menos, por ahora. No habla inclusive para evitar que se espanten los que se habían olvidado de ella en este período macrista: el silencio siempre habilita en los otros sospechas de cambio, aun en aquellos convencidos de que el ser humano no modifica su conducta. Sobre todo, a cierta edad.

Pero sucumbió esta semana a la tentación, nutrida por la cadena de episodios que involucran –penosa o falazmente, según el gusto– al fiscal Stornelli. Y como a ella le cuesta soportar la presión judicial que la envuelve (como a Macri le preocupa el pedido probable de detención de su primo Calcaterra), en particular la investigación hotelera a su hija sin fueros y en camino de realizar una producción documental en Cuba (territorio sin extradición que debe amar), se sirvió en la banca senatorial para denunciar persecuciones del Gobierno y complots de EE.UU. en su contra, casi rememorando aquellas diatribas de antaño cuando imaginó que Antonini Wilson y una sola valija capturada con 800 mil dólares en Aeroparque era una operación de la CIA.

Al margen de alguna evidencia, reveló que estaba dormido su estilo enfervorizado, desafiante y discriminatorio, el mismo que ayer eligió Macri y a ella supo alejarla de una porción del electorado. Nadie se atreve a sostener que esa irritable actitud se la recomendaron sus asesores, los que tal vez no comprenden su naturaleza. Y, mucho menos, el convencimiento de la viuda que la legalidad de las acciones se determina por el derecho y no por los hechos, pecaminosos o no. Como piensa, claro, cualquier abogado. Al revés de una vasta mayoría.

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