jueves, 8 de febrero de 2018

Sopa regia

Por Manuel Vicent
Cuando sientas que a tu alrededor todo se viene abajo y ya no encuentres sentido a la vida, remonta el río de la memoria hasta la niñez y entra en aquella cocina donde humeaba la sopa de verduras, cardos, acelgas, zanahorias y espinacas, que la abuela cocinaba con tanto amor. Puede que este país esté hoy patas arriba, pero en medio de los escombros si te agarras muy firme a aquel cazo humeante, estarás a salvo.

Aunque lo ignores, su lejano aroma transporta la sustancia que ha construido tu espíritu y es todavía una buena razón para seguir viviendo. La sopa a todos nos iguala, a príncipes y a lacayos, a señores y a criados, a ricos y a pobres.

Mira, si no, a la familia real sentada durante el almuerzo alrededor de una minestrone. Toda la grandeza y abolengo de los blasones, la gloria y los desastres de la historia, el incierto azar de la Corona quedan reducidos a un lance de cocina de clase media. La sopa demasiado caliente le abrasa la lengua a la princesa de Asturias y la Reina le dice: “Pero sopla, Leonor, hija”.

Pese a que la primera regla de urbanidad en la mesa prohíbe soplar el caldo, habría sido mucho peor si después del primer sorbo su majestad el Rey de España, como un simple mortal, hubiera exclamado: “Umm, esta sopa entona”.

Cualquier analista político debería saber que la sustancia de esa sopa regia es el fundamento más consistente en que se sustenta la Corona. De hecho, no se puede comparar el Toisón de Oro con una buena minestrone, puesto que si un día la Monarquía desaparece ese collar no será nada, pero en la lengua abrasada de la princesa Leonor perdurará el sabor de la sopa.

La política de este país se ha convertido en un oficio infame, las instituciones del Estado han caído en el desprestigio, la cultura es un gallinero. Al final, la columna de humo que sale de una sopa real es el pilar que sustenta a la patria.

© El país (España)

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