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| Por Carmen Posadas |
A mis nietos no les gusta que les cuente más de una vez el mismo cuento. “Qué aburrimiento, abuela, ese ya lo sabemos, queremos otro” Y ahí estoy yo estrujándome las meninges porque, a pesar de que me sé muchos, me da pena no compartir con ellos el placer de la repetición. Lo que les pasa a mis nietos le pasa a muchísima gente. Lo repe se ha convertido en sinónimo de aburrido, de caduco, de déjà vu. La oferta de lo que uno puede hacer es tan vasta, el cine y la literatura están tan llenos de nuevas propuestas, que nadie quiere transitar territorios ya conocidos. Mis hijas y yo, por ejemplo, tenemos películas favoritas, como El teniente Robinson, Un dos tres, La vida de Brian, o My Fair Lady que nos sabemos de memoria Y no solo nos divierte volver a verlas juntas sino que partes escogidas de su diálogos las usamos como una especie de argot cómplice que nadie entiende más que nosotras.
Pero las repeticiones no sirven solo para tejer complicidades, son mucho más útiles que todo eso. Durante parte de la historia de la humanidad, fueron el único modo de compartir conocimiento. Porque repetir es aprender. Es lo que permite que uno adquiera destreza, ya sea en una labor manual como en una intelectual. Y luego están los ritos, que no son otra cosa que repeticiones codificadas que permiten interiorizar creencias ya sean religiosas o de cualquier otra índole. Y no solo eso, sirven además para dar entidad a momentos importantes, como un nacimiento, la unión de dos personas, la despedida de un ser amado, etcétera. Neurológicamente, las repeticiones refuerzan las conexiones cerebrales y finjan conocimientos que se graban en la memoria, lo que permite dominar habilidades básicas y liberar energía que se puede emplear en otras cosas. Pensemos por ejemplo en conducir un coche. Al principio uno va con siete ojos, calcula cuándo debe cambiar de marcha, pone especial atención a cómo aparcar correctamente. Con la repetición viene la destreza y ya luego uno puede desconectar de lo que está haciendo y pensar en las musarañas mientras conduce. Otra función interesante de la repetición de cualquier actividad, sea intelectual o física, es que crea confianza. Un alumno que ha aprendido e interiorizado una lección (no uno que se ha aprendido un texto como un loro) se sentirá más seguro y recordará durante más tiempo lo estudiado. Todo esto lo sabían los educadores de antes, que fomentaban el uso de la repetición y el ejercicio de la memoria. Es verdad que, cuando yo era niña, nos hacían memorizar algunos conocimientos absurdos. (Aún está por ver que a alguien le haya servido en su vida adulta saberse la lista completa de los reyes godos). Pero otras memorizaciones eran muy útiles −y me temo que empiezan a desaparecer− como las tablas de multiplicar o algunos poemas o pasajes de un libro clásico. En Inglaterra, por ejemplo, no hay nadie que no sepa de memoria tres o cuatro fragmentos de una o varias de las obras de Shakespeare. Porque, aparte de hacerle a uno menos borrico, memorizar algo bello como un texto célebre o un conocimiento útil como las tablas de multiplicar, o uno divertido como un fragmento de La venganza de don Mendo, aporta un beneficio neuronal. Uno, que aumenta a medida que cumplimos años, porque aprender algo nuevo más allá de la barrera de los cincuenta ayuda a mantener joven el cerebro. En la actualidad, y a pesar de sus muchas ventajas, las repeticiones están desapareciendo de nuestras vidas. Porque ¿quién querrá aprenderse la tabla del 8 si su teléfono puede hacerle el cálculo en un nanosegundo? ¿Y para qué hincar codos y memorizar un soneto de Quevedo si la IA nos lo lee cada vez que queremos pasar por cultos? De memorizar números de teléfono ya ni hablemos. A duras penas me sé el mío, y los de mi familia los tengo apuntados en un papelucho, por si me roban el móvil. Les cuento todo esto porque ahora que llega el 2026, y con él los deseos de fin de año, creo que a los sempiternos desiderátums de apuntarme de nuevo al gimnasio, ser más ordenada y no forrarme tanto a dulce de leche, añadiré uno nuevo: ejercitar la vetusta mollera y reintegrar a mi vida las repeticiones. Y a ser posible incorporarlas también a la vida de mis nietos. No saben lo que se pierden con esta ansia de devorarlo todo sin masticar: películas, experiencias, juegos, libros, viajes. Porque del mismo modo que solo se ama realmente aquello que se conoce, solo se aprende, interioriza, y sobre todo se disfruta, aquello que se repite.
© www.carmenposadas.net

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