sábado, 23 de octubre de 2021

El síndrome del gobierno vacío


Por Sergio Suppo

Borges contó más de una vez el contraste entre el drama y la angustia que se vivió en su casa durante la agonía de su abuela inglesa y con la tranquilidad con la que ella asumió el final. “Ella estaba muriéndose, y nos llamó a su pieza –era tres o cuatro días antes de su muerte– y nos dijo: ‘Lo que sucede aquí no tiene nada de particular; soy una mujer muy vieja que está muriéndose muy despacio; no hay ninguna razón para que estén alborotados todos ustedes’”.

Aquel recuerdo ilustra estos días. Solo el tono melodramático con el que suelen retratarse a sí mismos los protagonistas de la política argentina conduce a hacer pensar que luego de las elecciones de medio término que tendrán lugar en noviembre ocurrirá en forma irremediable un cataclismo institucional.

Ni quienes amenazan con un portazo si pierden las elecciones, como tampoco los que vaticinan la derrota final del kirchnerismo deberían romper con sus augurios tremendistas una realidad electoral común y corriente. Una vez más, el oficialismo puede perder las elecciones. No es extraño.

Otra cosa, muy diferente, es la tormenta sociopolítica que el gobierno de Cristina Kirchner, Alberto Fernández y compañía deberá seguir enfrentando en una situación de mayor debilidad si se mantiene el rechazo que recibió en las elecciones primarias. Y, peor, si se siguen agrandando las fuertes diferencias internas de la coalición peronista que lidera el kirchnerismo.

Los votos del 14 de noviembre vienen prevenidos de cuatro antecedentes significativos:

1. Un revés oficialista es un signo extendido en el mundo durante la pandemia de coronavirus.

2. Las PASO ya avisaron que el electorado argentino castiga con dureza los errores en el manejo de la pandemia y la desatención de la espiralada crisis inflacionaria.

3. El enojo con los gobiernos no es nuevo: los oficialismos perdieron tres de las últimas cuatro elecciones (el kirchnerismo, en 2013 y 2015, y el macrismo, en 2019).

4. El actual oficialismo también está habituado a ser vencido; cayó en cuatro de los seis comicios recientes (contando las últimas primarias).

En el mejor de los casos, coinciden encuestadores de todos los pelajes, el Frente de Todos puede aspirar a descontar un poco la desventaja que registraron las elecciones primarias y, con un poco de viento, empatar o ganar por muy poco en la decisiva provincia de Buenos Aires.

Dicho al revés, la oposición de Juntos (el ex Cambiemos) puede obtener un triunfo que en el mejor de los casos limitará al Gobierno en el Congreso y dará certidumbre a su ilusión de pelear por el poder al cabo de un solo mandato.

Hasta ahí, el frío rigor que pueden entregar las sumas y restas de bancas en las elecciones de medio término. El problema para el Gobierno tiene otra dimensión, más allá del retroceso que puede implicar una derrota.

La administración de Alberto Fernández juega su supervivencia entre sus enfrentamientos internos y la dimensión del problema económico que tiene que enfrentar.

El mes que siguió a la derrota en las primarias de septiembre el Gobierno agregó problemas al cataclismo inflacionario, renovó recetas que ya fracasaron para remediarlo y no mostró otro interés que no sea multiplicar el reparto de fondos en busca de más votos.

Como un adicto que trata de curarse consumiendo más droga, el ensayo oficialista lo expone dividido y contradictorio. Es en ese marco que el presidencialismo argentino sufre una desmentida por el achicamiento de Alberto Fernández y la reducción a ser un actor secundario que solo absorbe las decisiones y las presiones ajenas.

En el mismo día, Alberto Fernández recibe la indicación de convocar a un gran diálogo con la oposición, impulsado por Sergio Massa, y a la vez, los sectores más duros del kirchnerismo le piden que se decida a radicalizar por completo el rumbo de la gestión.

El Presidente va y viene, muy al estilo del viaje a ninguna parte que inició para asistir al acto del 17 de octubre y que terminó abortado para evitar bajar en medio de un acto armado para hostigarlo.

La debilidad de Fernández es un dato político que excede los conflictos internos que lo sacuden. La oposición mira con atención la secuela poselectoral. ¿Volverá Cristina a acorralarlo hasta imponerle nuevos cambios?

La dimensión del problema tiene suficiente magnitud como para poner en debate dentro de Juntos si se consumará la intención de ocupar la jefatura de la Cámara de Diputados si se convierte en la primera minoría tal como lo planteó provocativamente María Eugenia Vidal.

Y es que una cosa es para Juntos ganar las elecciones y otra verse envuelto en un conflicto interno del peronismo que puede derivar en una crisis institucional que detone cambios previstos por la ley de acefalía.

De nuevo. El problema no está en un resultado democrático. Sino en el melodrama que pueden desatar quienes lo sufran.

© La Nación

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