jueves, 2 de septiembre de 2021

Hoy como ayer

 Por Guillermo Piro

A propósito de la conmemoración de los 75 años de la publicación de Rebelión en la granja, Mark Satta, profesor de filosofía en la Universidad Estatal de Wayne, en Michigan, escribe un brillante artículo (porque brilla y porque es breve) en el sitio The Conversation (siempre admiré el lema del sitio: academic rigor, journalistic flair, “rigor académico, estilo periodístico”) sobre la actualidad de George Orwell y su pensamiento político.

Todos recuerdan Rebelión en la granja, incluso aquellos que no la han leído, una sátira al imperio soviético, representada por los animales de una granja que se alzan contra sus amos para terminar formando una nueva sociedad que resulta tan desastroza o peor que la anterior. Para Orwell, los totalitarismos, cualquiera de ellos, sin importar signo o color, se basan en el poder y en el control. Son como elementos inherentes, que pertenecen a su ADN.

Orwell fue siempre un brillante ensayista, pero su modo de avanzar en medio de la maraña del pensamiento es menos organizada y previsible de lo que podría ser el modo en que avanza un ensayista más clásico, digamos un ensayista prototipo. Orwell intuye cosas, pero su modo de abrirse camino consiste en analizar aquellas cosas incompatibles con el objeto de su análisis. Satta recuerda el ensayo El león y el unicornio: el socialismo y el genio de Inglaterra, donde Orwell, refiriéndose a la idea totalitaria, enumera aquello de lo que el totalitarismo carece, entre otras cosas, de ley. Las leyes pueden limitar el poder de un gobernante. “El totalitarismo, en cambio, trata de borrar los límites de la ley a través del ejercicio desvergonzado del poder”, dice Satta.

Según Orwell, el totalitarismo necesita para existir negar la existencia de una verdad objetiva. El reconocimiento de la verdad es un acto incompatible con el control centralizado total que impone el totalitarismo. Orwell demasiado rápido entendió que el totalitarismo puede darse tanto a la izquierda como a la derecha, equiparó nazismo y comunismo sin importarle si provocaba escándalo, solo porque veía en ambos el uso de los mismos medios, la mentira y el terror.

Para Satta, “la obra de Orwell nos desafía a resistir a la tentación de permitir que los líderes adopten comportamientos totalitarios, sin importar su afiliación política. Nos recuerda también que uno de los mejores instrumentos a nuestra disposición para resistir al totalitarismo es decir la verdad y preservar la libertad.”

Es interesante esta idea de Orwell de la verdad como garantía contra el totalitarismo. Pero en realidad la verdad es garantía de muchas cosas. Es garantía de muchas cosas y al mismo tiempo es tan fácil de descubrir que lo que a fin de cuentas resulta incompatible es que sabiendo la verdad hagamos de cuenta que no existe, o que carece de importancia, o que después de todo mentir es una debilidad humana que se debe considerar, porque aunque cueste creerlo los gobernantes también son humanos.

La consistencia y la infalibilidad requieren de mentiras a escala industrial, al punto que los ciudadanos, llegados a un punto, empiezan a desconfiar de sus propios recuerdos. Como en 1984. Los hechos históricos de pronto dejan de existir y el pasado se vuelve algo maleable. En la sociedad de 1984 nada es definitivamente cierto, ni siquiera la fecha. Winston, el protagonista de la novela, lo reconoce a comienzo de su diario: es probable que los hechos ni siquiera tengan lugar en 1984. Nos estamos ahogando en un río de mentiras.

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