jueves, 2 de septiembre de 2021

Otro milagro de Alberto: ser un “títere” y un “autoritario” a la vez

 Por Marcos Novaro

Después de un raid de papelones que pareció interminable, Alberto Fernández reapareció en Tecnópolis, en un acto público donde dio la sensación al menos de haber pensado dos veces lo que iba a decir, y tal vez hasta haber consultado a algún asesor o experto.

El presidente suele vanagloriarse de que a él nadie lo “couchea”, nadie lo “prepara” para hablarle a la sociedad, porque sabe, intuitivamente, lo que tiene que decir. 

Bueno: tal vez lo que sucedió es que llegó finalmente la hora del couching a su equipo de comunicación, tras haber errado, de la mano de la improvisación y la espontaneidad, demasiadas veces. Mejor tarde que nunca.

Alberto, de todos modos, hizo dos cosas en Tecnópolis que no suelen ser muy recomendables para un acto político, menos todavía cuando el que habla es nada menos que el presidente. Primero, se dedicó casi todo el tiempo a hablar mal del prójimo, en su caso, de la oposición, y a hacerlo francamente enojado, como si fuera un panelista de televisión, un figurón denunciante y peleador, un candidato del montón.

Eso está bien para una figura menor, para el decimotercer aspirante a diputado, pero se supone que el presidente en ejercicio debe poder decir algo bueno de sí mismo y de su gestión, prometer un mejor futuro, generar algún tipo de entusiasmo y expectativa. En el barro y tirando barro, él mismo se devalúa. Encima, haciendo lo que, hasta hace poco, prometía que nunca íbamos a escucharlo hacer: echarle la culpa a los predecesores de su incapacidad para resolver los problemas.

Segundo, sus momentos autorreferenciales, cuando habló de sí mismo. Los usó casi todos para defenderse de cosas que se le achacan. Así, ya empezó perdiendo: la oposición dice esto y aquello, me acusan de esto y aquello. No hace falta, ya todos sabemos la infinidad de cosas malas que se dicen del presidente. ¿Para qué abundar? Y lo peor fue cuando, en ese registro, se preguntó, muy suelto de cuerpo, si no era contradictorio y por tanto absurdo que se lo tachara al mismo tiempo de “títere” y de “autoritario”.

¿Esa parte la improvisó? Es posible que haya vuelto a las andadas en ese pasaje, porque la pregunta, que quiso ser aguda, encierra un desconocimiento de cómo funcionan los autoritarismos: justamente, ellos convierten a mucha gente, incluso gente muy encumbrada en el poder estatal, en títeres.

Una de las peores cosas que le puede suceder a un orador que pretende mostrar su sagacidad a la audiencia es plantearse una pregunta para la que no tiene bien pensadas las respuestas, y descubrir, tarde encima, que hay una sobre todo que invalida su planteo, en vez de ratificarlo. Es lo que le sucedió al pobre Alberto con este enredo con los títeres y el autoritarismo. Evidentemente no lo pensó bien.

Veamos un par de ejemplos. El más conocido y reciente, Dmitri Medvédev, el presidente “títere” que puso Putin en su reemplazo en 2008, para poder seguir gobernando desde las sombras, y al que hizo a un lado cuando ya no lo necesitó, en 2012. Un típico ejemplo de “gobierno por interpósita persona”, que además continuó una deriva autoritaria en Rusia, iniciada por Putin unos años antes y que se profundizó al retomar él el control directo del gobierno, hasta nuestros días.

En suma, Medvédev responde a la pregunta de Alberto, y no precisamente para darle la razón: fue un títere, autoritario, y muy eficaz para los objetivos que el régimen ruso se había propuesto alcanzar. Medvédev hizo cosas espantosas, reprimió protestas por denuncias de fraude nunca aclaradas en las elecciones 2008, la guerra en Osetia del Sur fue otro momento estelar de su presidencia, así como la colaboración con Siria, Irán y cuanto déspota se le pusiera cerca. Todo eso debe haberlo hecho previa consulta con Putin, claro, pero también lo debe haber hecho con alguna convicción, o al menos simulándola. Como Alberto.

Otro buen ejemplo, útil para el peronismo que tanto admira la experiencia china, es el de su último emperador, Pu Yi, títere que los japoneses pusieron al frente de su estado también títere de Manchukuo. A quien luego de la revolución Mao TséTung mantuvo en prisión por décadas, para que fuera reeducado, pero del que el líder comunista también aprendió: porque Mao le encontró el gusto a esto de tener presidentes títeres, hubo varios a partir de 1959, que él puso, usó y sacó a voluntad.

¿Esos son ejemplos realmente comparables con la experiencia hasta aquí infausta de nuestro Alberto Fernández? No mucho, hay demasiadas diferencias, algunas muy evidentes. Nuestro sistema institucional es todavía infinitamente más democrático que el de esos otros países, y seguramente lo va a seguir siendo. Además, y tal vez por esto y por las complejidades institucionales que eso introduce, y también un poco por la dispersión de poder que caracteriza al peronismo, más allá de la preeminencia que pueda todavía ejercer en él el liderazgo de Cristina Kirchner, la relación entre títere y titiritera es bastante enredada, por momentos confusa, y disfuncional.

El problema es que, por este motivo, la productividad del experimento es también bastante más decepcionante para los fines que ha sido concebido que la que esos otros ensayos ofrecieron. Como ni el títere ni sus allegados tienen bien en claro cuáles son las reglas de juego a que tienen que acomodarse, en ocasiones no saben qué hacer, o hacen directamente lo que no deben, ni puede salir bien. Esto viene siendo así desde el comienzo de la gestión de Alberto, y ha llegado a un punto de crisis ya difícil de disimular, y también difícil de revertir. Él al menos debería tomar conciencia de la situación, para no seguir empeorándola. Aunque esté más allá de sus posibilidades resolverla.

© TN

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