jueves, 24 de junio de 2021

Futbol ilustrado


Por David Toscana

Ahora que Cristiano Ronaldo se dio cuenta de su capacidad para influir en el mundo del consumo con apenas un gesto desbotellador, decidió que era la hora correcta de dar un mensaje más resplandeciente.

Cuando en la rueda de prensa le preguntaron sobre cómo el equipo portugués iba a encarar el siguiente partido, eligió citar a Pessoa:

Nunca conheci quem tivesse levado porrada.

Todos os meus conhecidos têm sido campeões em tudo.

Agregó que el equipo debía jugar con la osadía de los lusitanos que tan bien expresa Luís de Camões en Os Lusíadas.

Luchan sobre cual más, con brazo ardiente

Riesgos arrostrará del marcial juego:

Y ese ardor, que el hierro y la sangre sienten,

Rompe mallas primero, y pechos luego.

Y de paso llamó a sus colegas balompedistas para que promovieran menos las marcas comerciales y más las letras, que dejaran de ser “intelectuales de clóset”.

Por eso, al otro lado del mundo, cuando Messi tuvo que explicar por qué no pasaba por su mejor momento, dijo: “Cada vez que procuro relamar las incopelusas, me enredo en un grimado quejumbroso y tengo que envulsionarme de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunan, se van apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia”.

Al entrenador de los peruanos le hicieron la vargasllósica pregunta: ¿En qué momento se había jodido el Perú? Pero su respuesta no fue literaria: “En el minuto doce”, respondió.

En cambio, los jugadores de Uruguay, siempre más letrados, llevan como obligación leer Los adioses, de Onetti: la historia de un basquetbolista retirado que carga con la culpa de un partido de selección nacional que se perdió contra los estadounidenses por su culpa. “Él estaba contando la misma historia del partido de basquetbol con los norteamericanos, ahora letra por letra, gol por gol”. Y es que Onetti, pintando el infierno del fracaso, estimula mejor que un motivador o un psicólogo. Luis Suárez cita de memoria esa imagen onettiana de la derrota: “La memoria de aquella noche en el Luna Park, el recuerdo infiel, tantas veces deformado, de bromas de vestuario, de entradas revendidas a cien pesos, de la lucha, el sudor, el coraje, los trucos, la soledad en el desencanto, el deslumbramiento bajo las luces, en el centro del rumor de la muchedumbre que se aparta ya sin gritos”. Cuando rondan los treinta años, los seleccionados uruguayos pasan a leer “Bienvenido, Bob”, ahí donde se puede adivinar: “Es usted un futbolista hecho, es decir deshecho, como todos los futbolistas a su edad cuando no son extraordinarios”.

Los ecuatorianos, por supuesto, después del himno nacional, recitan en coro algún poema de Marcelo Chiriboga.

Albert Camus dijo que todo lo que sabía sobre la moral y los deberes del ser humano se lo debía al futbol. En correspondencia, el equipo francés se ha impuesto el placentero compromiso de leer sus obras completas. El mito de Sísifo les ha dejado la huella más profunda. A partir del castigo de empujar una piedra a la cima de un cerro, la cual habrá de rodar abajo, Camus cuestiona el sentido de la vida. Y los jugadores se han preguntado si tiene sentido conducir un balón a un extremo de la cancha para que el otro equipo lo regrese; eso sin tomar en cuenta que en el segundo tiempo querrán llevar el balón exactamente al lado contrario.

El ensayo de Camus comienza: “No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar si la vida vale o no vale la pena de vivirla es responder a la pregunta fundamental de la filosofía”. El equipo galo se reunió para discutirlo. Fue Antoine Griezmann el que presentó las conclusiones. “Perseguir un balón tiene sentido para nosotros; no para el público”. Y, aunque no venía al caso, terminó diciendo: “Mais où sont les neiges d’antan!

Los escoceses leen a Adam Smith y saben que ellos crearon las verdaderas reglas del juego y no la Fifa. Además, no fue Maradona, sino el mismo Adam Smith quien primero le dio nivel divino a “la mano invisible”.

Me he congraciado con el futbol. Los polacos declaman a Miłosz, los alemanes ven el fussball como voluntad y representación, los irlandeses vuelven a entender a Jonathan Swift, y los ingleses se motivan con el shakespeariano discurso del Día de San Crispín, diciendo “we few, we happy few, we band of brothers”. Los rusos también se sienten hermanos, pero no brothers sino bratia Karamazovi, y citan a Iván Karamazov para responder a Camus y Onetti: “Pasaría por todos los horrores del humano desencanto, y sin embargo querría vivir, y puesto que una vez me llevé una copa a los labios, no la dejaré hasta apurarla. Por lo demás, a los treinta años seguramente tiraré la copa, aunque no la haya apurado y me iré, no sé adónde. Pero hasta los treinta años, lo sé, todo lo vencerá mi juventud… todo desencanto, todo disgusto de la vida. Me he preguntado muchas veces: ¿habría en el mundo una desesperación capaz de vencer en mí esta loca y hasta indecente sed de vida?”.

Celebro esta nueva cara ilustrada del futbol, en el que cada equipo va de la mano de sus letras nacionales. Ahora sí representan a un país, su cultura, sus expresiones, su historia, y entonces sí se justifica que se toquen los himnos nacionales antes de cada partido.

Acaso me extraña ver que los jugadores del equipo español, en vez de llevar versos del Siglo de Oro, en vez de acometer cada partido como una aventura quijotesca, chacharean las notas de la revista Hola.

David Toscana (Monterrey, 1961) es escritor. Fue ganador del Premio Xavier Villaurrutia de Escritores para Escritores 2017 por su novela Olegaroy.

© Letras Libres

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