martes, 30 de marzo de 2021

El abandono de los viejos y la vacunación militante


Por Luciano Román

Algún día, ante el tribunal de nuestra propia conciencia, nos preguntarán qué hicimos en la pandemia por nuestros viejos. Y tendremos que rendir cuentas por algo que hoy se observa a simple vista: muchos jóvenes se han vacunado antes que sus abuelos. Miles de argentinos de más de 80 años esperan en hogares o residencias geriátricas que los vayan a vacunar. Esperan, pero nadie va.

¿Cómo se explica que la vacunación no haya empezado por los geriátricos? ¿Cómo se entiende que no hayan ido a vacunarlos sin obligarlos, en el mejor de los casos, a trasladarse, hacer colas, caminar largos trayectos? Son preguntas que remiten al cinismo del poder, pero quizá también al de la propia sociedad. ¿Nos hemos movilizado los más jóvenes para que vacunen a nuestros viejos? En tiempos de lobby digital, ¿algún hashtag ha hecho presión por esa causa? Los viejos no pueden cortar calles, no hacen ruido en Twitter ni están agrupados en sindicatos de jubilados. ¿Quién levanta la voz por sus derechos? La política, en ese eterno juego de la demagogia oportunista, habla de los viejos cuando le conviene. ¿Pero qué se hace por ellos? El PAMI debería dar explicaciones por la falta de vacunación en los geriátricos.

La cuestión revela la ineficacia y la desidia de un Estado cada vez menos confiable. En medio de la pandemia se ha desarticulado una de las pocas cosas que, desde hace décadas, funcionaban bien en la Argentina: el sistema público de vacunación. Con esa vocación por destruir lo que anda bien, se han metido actores extraños (desde las organizaciones políticas hasta sindicatos y universidades) para sacar provecho de la vacuna y administrarla con la opacidad que caracteriza a la Argentina. La vacuna se ha partidizado para hacer, con desparpajo, clientelismo sanitario. Pero el problema es más grave que el de la ineficiencia estatal: es un problema moral. Abandonar a los viejos mientras se reparten vacunas entre militantes juveniles es algo que excede el límite de la picardía y hasta de la corrupción política para ingresar en una anomalía ética difícil de clasificar.

¿Qué textura moral nos muestra un país en el que militantes veinteañeros (o ni siquiera) inventan cualquier excusa para vacunarse ellos primero? Parecen conductas de una sociedad que ha extraviado sus valores y que, con banal indiferencia, les suelta la mano a sus abuelos y sus padres. Desde el poder hablan de solidaridad, de un Estado presente, de cuidar la salud por encima de cualquier otra cosa, pero detrás de esa retórica sin contenido vemos que la vacuna no llega a los geriátricos y sí a “los pibes (y las pibas) para la liberación”. La propaganda oficial da por hecha la vacunación en tono grandilocuente. El Presidente dijo que no le parecía justo vacunarse antes que el resto, pero al final fue el primero en hacerlo. Ahora acaba de darle una entrevista, que se parece a un indulto, al emblema de la vacunación vip. Todo eso en un contexto de pavorosa e inexplicable escasez de vacunas que contrasta con lo que ocurre en países como Chile y Uruguay.

Para entender el discurso oficial quizá sea útil recordar a Borges cuando hablaba de Macedonio Fernández: “No dejaba que la realidad lo estorbara”. Lo explicaba en una de las exquisitas charlas con Antonio Carrizo (editadas en Borges el memorioso): “Recuerdo que un primo mío, Guillermo Juan Borges, había pasado un año en la Escuela Naval de Río Santiago y Macedonio le dijo: ‘Allí hay muchos provincianos; sin duda estarán tocando siempre la guitarra’. Y mi primo le contestó: ‘No, yo no he oído tocar la guitarra en todo el año’. Macedonio se dio vuelta hacia mí y me dijo: ‘Ya ve, es un centro guitarrístico notable’. Porque él nunca dejaba que la realidad molestara sus opiniones”, recordaba Borges. Para un escritor de ficción, era un talento singular. Para un Gobierno, esto del “guitarreo” y de ignorar la realidad no parece precisamente una virtud.

Debemos poner la lupa sobre el Estado, pero también sobre nosotros mismos. Aunque nos incomode, tal vez deberíamos preguntarnos: ¿cómo permitimos el descuido y el abandono de nuestros mayores? ¿Hacemos algo más que rasgarnos las vestiduras e indignarnos frente al televisor?

Entre los candidatos al Oscar figura un documental conmovedor de la directora chilena Maite Alberdi. Se llama El agente topo y expone una dolorosa realidad de nuestro tiempo: la soledad a la que condenamos a los viejos. También la condescendencia con la que los tratamos. Es un tema crucial de nuestras sociedades, porque el aumento de la expectativa de vida es, quizá, la gran revolución de las últimas décadas. En el siglo XX, cuando el hombre pisó la Luna, el final de la vida se alcanzaba a los 70 años. Hoy existe una esperanza razonable de llegar a los 90. ¿Cómo convivimos con la longevidad? Es una pregunta que excede cuestiones vinculadas a la sustentabilidad previsional y las ecuaciones económicas. Es una pregunta ética. Y lo que vemos en estos días en la Argentina obliga a poner el foco sobre ese interrogante. Aquel Diario de la guerra del cerdo en el que Bioy Casares imaginó, hace 50 años, una sociedad en la que los jóvenes atacaban a los viejos quizás hoy debería leerse como literatura profética o de anticipación.

Según las últimas estadísticas del Registro Nacional de las Personas (Renaper), en la Argentina hay unas 15.000 personas que alcanzaron o superaron los 100 años. No todas están vacunadas, aunque se las podría haber protegido con un ínfimo porcentaje de las primeras dosis ingresadas al país. Los mayores de 90, según el último censo, son 129.000. ¿Cómo es que no están todos vacunados desde febrero? El PAMI no responde los pedidos de los geriátricos para que vayan a vacunarlos al lugar. En realidad, no les responde nadie. La vacunación “a domicilio” solo ha funcionado en el circuito vip. Buena parte del personal de cuidado y enfermería que trabaja en residencias geriátricas tampoco ha recibido todavía la vacuna.

Los criterios con los que se está manejando el plan de vacunación son, por lo menos, confusos y arbitrarios. En la provincia de Buenos Aires eso empieza a acentuar una grieta social: ¿por qué vacunaron a mi vecino, que tiene 55, y no a mi viejo, que tiene 82? ¿Por qué en la ciudad de al lado ya van por los mayores de 60 y en mi ciudad todavía no llamaron a todos los mayores de 80? Son preguntas que alimentan angustias y recelos.

Conmueve ver a hombres y mujeres de edad muy avanzada consultar con ansiedad el celular para comprobar, cada mañana, que todavía no hay novedades. No es difícil imaginar lo que pasa por la cabeza y el corazón de esos argentinos cuando ven por televisión a la militante de 18 años que se vacunó en Avellaneda.

La actitud de muchos jóvenes quizás esté condicionada por la cobardía que suele estimular el miedo. O tal vez sea solo indiferencia. La que parece amputada es la noción misma de solidaridad. Hay un tácito mandato generacional que indica que el más fuerte debe cuidar al más débil. Ese imperativo ético es el que está resquebrajado.

Es al menos paradójico que esta exhibición de indolencia la hagan jóvenes que se dicen “comprometidos” y que repiten, con toda soltura, que “la patria es el otro”. A la luz de las pruebas, el eslogan debería ser completado: “La patria es el otro… salvo que el otro se interponga en mi camino”. ¿Qué valores han incorporado esos jóvenes que, bajo la coartada de la militancia, acaparan salvavidas en medio del naufragio? Descuidar a nuestros viejos es quedarnos sin pasado, pero también sin futuro.

© La Nación

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