lunes, 30 de noviembre de 2020

No podemos ser como ellos

Por Javier Marías

En los últimos años, quizá los que llevamos de siglo XXI, han cambiado los políticos, pero sobre todo ha cambiado la gente. Los primeros son mentirosos e incumplidores por definición, en mayor o menor grado, y los grados solían ser importantes y establecer la diferencia convencional entre uno “honrado” y uno “deshonesto” (convencional porque sólo los muy ingenuos desconocían que ninguno era enteramente sin tacha). 

Pero todos tenían que disimular, y hace ya muchos años escribí un elogio de la hipocresía: siendo desagradable, este vicio poseía la virtud de que al menos se reconocía que ciertas cosas estaban tan mal que había que ocultarlas. Algo cambió con Berlusconi (al que siguió Salvini), que instaló y “normalizó” la desfachatez en la vida pública. Apenas si simulaba, o lo hacía con tanto descuido que sus aspavientos nunca eran convincentes. Optó pronto por no esconderse, por mostrar a las claras sus triquiñuelas y trapacerías, su amoralidad o inmoralidad, su búsqueda de ganancia por cualquier medio ilícito. Con él las trampas y los embustes y la difamación quedaron al descubierto. Incluso se vanagloriaba de ellos.

El verdadero y más grave cambio se operó, como he dicho, en la gente, en los votantes. Lo que poco antes habría causado repudio y escándalo, de repente “hizo gracia” y fue aplaudido. Se premió no la astucia, que siempre ha sido necesaria en política, sino el atropello, la tergiversación, la perversión de la ley, el abuso, la manipulación descarada, las pésimas prácticas. Buena parte de los políticos “de derechas” habían sido así tradicionalmente, pero guardaban las apariencias (dictadores totalitarios aparte). Los “de izquierdas” procuraban no ser así (Unión Soviética, China, Cuba y Venezuela aparte; dictadores totalitarios aparte). En este siglo se ha comprobado que el juego sucio destapado reportaba réditos y beneficios; que con él se conseguía mucho, el poder principalmente. Las izquierdas antaño democráticas han aprendido la lección, y ahora el mundo, a mi parecer, no se divide entre políticos de uno y otro signo, sino entre los que conservan escrúpulos y los que carecen de ellos. Durante los 8 años de Bush Jr y los 4 de Trump he visto, en programas americanos, cómo se instaba al Partido Demócrata a aplicar los mismos ruines recursos del Partido Republicano. Cómo se lo urgía a enfangarse, a envenenar, a calumniar, a mentir sin ambages, porque, si no, jamás ganaría y estaríamos perdidos durante décadas. Por suerte, esas voces no parecen haber sido escuchadas, y da la impresión de que Biden y Harris han vencido desde el “viejo” decoro. A ver cuánto les dura y cuánto aguantan las presiones para envilecerse que desde sus filas seguirán asediándolos. En este sentido, su triunfo, además de un alivio evidente, es el triunfo de “lo recto”, por anticuada que hoy suene la palabra.

Aun así, que la gente ha cambiado lo prueba que el rey de la desfachatez, del despotismo mafioso, de la subversión de las leyes, de la mentira, Trump, haya obtenido 72 millones de votos después de actuar de modo ignominioso, a la vista de todos, durante su mandato de 4 años interminables. No es ni será el único caso de rufián transparente venerado por masas, y la tentación de ser rufianesco sobrevive a su derrota, tanto en la derecha como en la supuesta izquierda. En España Aznar careció de escrúpulos, y así quedó de manifiesto en la Guerra de Irak y en sus falacias sobre los atentados del 11-M. El PSOE de González careció de bastantes, pero en conjunto fueron más los que mantuvo. No el de hoy, de Pedro Sánchez, quizá vampirizado por Redondo, Iglesias y Podemos, quizá por su turbio carácter (o más bien ausencia de carácter). A la gente de Cataluña no le han importado los palmarios embustes y latrocinios de sus líderes independentistas, ni sus ademanes despreciativos, totalitarios. A los votantes de Podemos les ha dado igual que su jefe haga gala continua de su falta de escrúpulos y su cariz taimado, y que, desde el Gobierno, trate de derribar el sistema democrático que le correspondería defender y que lo ha aupado a su cargo; que elogie sin pausa a quienes dieron base y cobertura a ETA y prefiera su compañía a la de Ciudadanos —por ejemplo—, que no se ha apoyado nunca en un “brazo armado”. A los de Vox les trae sin cuidado que este partido exhiba cada día más su añoranza del franquismo y de su dictadura inmisericorde. A los de Bildu no les hace mella que su partido jamás haya condenado, sino justificado, los 800 malgastados asesinatos de quienes aún trata como a héroes. A los del PP les resulta indiferente la corrupción casi endémica de esta formación. Todos borran lo que no puede ser borrado.

Sí, es la gente la que principalmente ha cambiado, y para enderezar el país (e Inglaterra, y Polonia, y Hungría, y otros; a las no-democracias como Rusia o Turquía no se les ve remedio), ha de cambiar de nuevo, tarea muy ardua. Ha de volver a apreciar la rectitud y la decencia y a condenar el provecho a ultranza y la ambición por encima de todo. Ha de pensar de nuevo lo que se tuvo presente hasta en los momentos más críticos de la guerra contra el nazismo: “Los enemigos son eficaces, no cabe duda. Pero nosotros no podemos ser como ellos, ni para derrotarlos. O sólo como excepción, y en contadísimas ocasiones”.

© El País Semanal

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