jueves, 16 de enero de 2020

El fanático interior

Manifestación de repudio al ataque de fanáticos religiosos contra el semanario
satírico francés Charlie Hebdo, en enero de 2015.
Por Sergio Sinay (*)

¿Merece ser venerado un dios, cualquier dios, que autoriza a matar en su nombre? ¿Merece serlo un dios, cualquier dios, que fragmenta a sus criaturas en facciones enfrentadas entre sí hasta la aniquilación, incapaces de comprenderse como partes de un todo que es más que la suma de esas partes? No son preguntas que pueda responder un fanático, y quien se las formule corre el riesgo de perder la vida en el intento. 

El fanático inventa su dios a imagen y semejanza de sí mismo, y envuelto en su creencia sale a la caza del infiel, del no creyente, del diferente. Cuando no es un dios es una bandera, o la camiseta de un club, o una falaz reivindicación histórica o cualquier cosa que, según él, ofenda su falso orgullo, su frágil psiquismo, su primitiva y mínima capacidad de razonamiento.

Esto llevó el 7 de enero de 2015, a dos hombres armados con fusiles de asalto Kalashnikov a entrar en la redacción del semanario satírico Charlie Hebdo, en París, y asesinar a doce personas entre redactores, visitantes, guardias y policías. Invocaban al dios nacido de su delirio, se llamaban Said y Cherif Kouach e iban enmascarados, porque los fanáticos suelen ser cobardes, nunca van en igualdad de condiciones con sus víctimas y a cara descubierta. Lo de Charlie Hebdo fue una tragedia en el verdadero sentido de la palabra. En la filosofía, en la mitología, en la dramaturgia y en la vida la tragedia es un proceso de final anunciado. Sus protagonistas desencadenan un mecanismo indetenible que termina en la destrucción de sí mismos y de otros, ajenos a su obsesión. Menos para ellos, la tragedia es predecible. E irrefrenable. En cada fanático que circula por el mundo (los hay por millones, invocan diferentes creencias, diferentes motivaciones, diferentes excusas, diferentes vacíos existenciales) se está gestando una tragedia.

La de Charlie Hebdo no fue la última (como no lo fue en su momento la de la Embajada de Israel en nuestro país). Siempre hay más, las hubo y no es errado imaginar que las habrá. Los servicios de inteligencia (que suelen ser bastante estúpidos a pesar de su nombre) no alcanzan para detenerlas. Pero el ataque a la revista fue emblemático porque mostró de manera cruenta y feroz la brecha oscura e infinita que separa al odio de la inteligencia, a la razón de la ignorancia, a la luz de la mente de la oscuridad del corazón. En su pequeño y movilizador libro titulado Contra el fanatismo, el escritor israelí Amos Oz (1939-2018) dice que “el fanatismo surge por doquier, está presente en nuestro entorno y también dentro de nosotros mismos”. Y ahí reside, quizá, la clave. En el fanático en potencia que nos habita, que espera una excusa, una “causa” para manifestarse y actuar, ya sea descalificando, insultando, discriminando, expulsando y, en el peor de los casos, golpeando y matando. Ese es el principal fanático contra el que deben alertar la educación, las religiones, los movimientos sociales y políticos, los mensajes familiares y cada persona de bien con sus propias actitudes. Como todas las transformaciones grandes, significativas y trascendentes, también esta debe comenzar desde adentro hacia afuera, desde abajo hacia arriba y desde lo pequeño a lo grande.

Acaso eso no acabe con el fanatismo, pero quienes están gangrenados por él serán más previsibles, más controlables y, sobre todo, serán muchos menos. Será más fácil reconocerlos, evitar que caven grietas sin fin. Son básicos y primitivos, dice Oz, se creen sensibles, lloran al ver a sus ídolos, a sus líderes, a sus dioses, prometen dar la vida por causas menores, usan repetidamente palabras como “corazón”, “sangre”, “patria”, “muerte”, “dios”, “pueblo”, desconfían de términos como “razonamiento”, “reflexión”, “pensamiento”, desprecian a los que dudan, cierran sus propios corazones (tan meneados por ellos) a la compasión y a la comprensión. Llegados aquí, podemos invitarnos mutuamente a que tire la primera piedra aquel capaz de asegurar que ninguna de estas características lo sobrevuela de cuando en cuando, le murmura al oído o le despierta emociones, pasiones y fantasías de esas que terminan en tragedias.

(*) Escritor y periodista

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