viernes, 8 de febrero de 2019

El rechazo editorial: aprender a convivir con el no

Un buen número de grandes escritores sufrieron rechazos editoriales en el comienzo de sus carreras literarias.

Por Cristian Vázquez

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A modo de epígrafe, la primera parte de uno de los poemas más citados de Roberto Bolaño:

Rechazos de Anagrama, Grijalbo, Planeta, con toda seguridad
también de Alfaguara, Mondadori. Un no de Muchnik,
Seix Barral, Destino…
Todas las editoriales… Todos los lectores…
Todos los gerentes de ventas…

“Mi carrera literaria”, se titula el poema, y está fechado —dato vital— en octubre de 1990, cuando el autor chileno había publicado ya poesía y un par de novelas, pero cuando faltaban todavía varios años para que se convirtiera en un auténtico boom.

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No solo la de Bolaño, por supuesto, sino casi todas las carreras literarias están cosidas a rechazos. Se ha escrito bastante acerca del rechazo editorial y cómo afrontarlo. Existen incluso listas de los libros y los autores más rechazados. Según la web LitHub, el libro más rechazado de la historia es la novela Irish Wine, del estadounidense Dick Wimmer: obtuvo un no como respuesta en 162 ocasiones. Se publicó por fin en 1989, más de 25 años después de que Wimmer comenzara su búsqueda de editor. Superó así los 22 años que, cuenta la leyenda, pasó Gertrude Stein a la espera de que alguien quisiera publicar sus poemas. Una espera durante la cual recibió cartas de rechazo como esta que le remitió el editor londinense Arthur C. Fifield el 19 de abril de 1912, en la cual parodiaba el estilo repetitivo de Stein incluso un año antes de que ella escribiera su verso más famoso: “Rosa es una rosa es una rosa es una rosa”.

“Solo soy uno, solo uno, uno solo —anotó el editor—. Solo un ser, uno al mismo tiempo. Ni dos, ni tres, sino uno solo. Una sola vida que vivir, solo sesenta minutos en una hora. Un solo par de ojos, un solo cerebro. Solo un solo ser. Siendo uno solo, teniendo solo un par de ojos, un solo tiempo, una sola vida, no puedo leer su manuscrito tres o cuatro veces. Ni siquiera una. Un solo vistazo es suficiente, solo uno. A duras penas se vendería un solo ejemplar. Uno solo. Uno solo.
Muchas gracias. Le devuelvo el manuscrito por correo certificado. Un solo manuscrito en un solo correo.”

Si hablamos no de la obra sino del autor con el récord de rechazos, el ganador indiscutido es el armenio-estadounidense William Saroyan. Según el libro The Savvy Negotiator: Building Win-win Relationships, de William Fosdick Morrison (publicado en 2006), Saroyan recibió unas 7.000 notas de rechazo antes de publicar su primer trabajo. El español Íñigo García Ureta, en su hermoso Éxito. Un libro sobre el rechazo editorial (2010), apunta que la montaña de notas de rechazo acumulada por Saroyan medía más de setenta centímetros de altura. Una montaña digna de verse.

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También se han narrado muchísimas anécdotas de rechazos editoriales. Referiré aquí dos no tan conocidas: una feliz y una triste.

La primera la contó el escritor argentino Gabriel Báñez en un artículo titulado “El coleccionista de rechazos”. Transcribía allí los términos en que Ivonne, una crítica y lectora francesa que trabajaba para Ediciones de la Flor, en Buenos Aires, a mediados de los años ochenta, dio cuenta de un manuscrito suyo: “No tiene argumento, carece de tema u objetivo, no hay protagonista, tampoco tensión y ni siquiera se destaca por un estilo”. Ante todas esas carencias, la conclusión de Daniel Divinsky, el responsable de la editorial, fue clara: “Quiero leerla”. Y no solo la leyó, sino que también la editó. “En el supuesto de que sea una novela, Góndolas es un texto extraño y fascinante”, empieza el texto de la contratapa del libro en cuestión, texto escrito tal vez por el propio Divinsky. Dos décadas después, Báñez recordaba:

“Es probable que en aquel entonces Ivonne tuviera algo de razón. Es más que probable, los números de ventas del libro al final se la dieron. De todos modos, los noes rotundos y consecuentes de su lectura —suma de signos menos, matemáticamente hablando— crearon o favorecieron las condiciones para su publicación”.

La anécdota triste es la de El Gatopardo, la extraordinaria novela de Giuseppe Tomasi di Lampedusa, rechazada entre 1956 y 1957 por Mondadori y Einaudi, las dos más grandes editoriales italianas de la época. El caso es que no fue exactamente así: el escritor Elio Vittorini, quien leyó la novela para Mondadori, “recomendó a la editorial que lo tuviese en cuenta —explicó Gioacchino Lanza Tomasi, primo y asistente de Lampedusa—; pero la desgracia quiso que el burócrata de turno, en lugar de enviar al autor una respuesta dilatoria, devolviese el texto mecanografiado junto con la nota habitual en esos casos”.

El Gatopardo no tardó mucho en publicarse: la editó la flamante Feltrinelli en octubre de 1958. La historia es triste porque Giuseppe Tomasi di Lampedusa se murió demasiado pronto: en julio de 1957, a los sesenta años. Si aquel ignoto burócrata no se hubiese equivocado, al menos hubiese muerto con la expectativa concreta de que su texto llegaría a ser un libro.

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De todas formas, Tomasi estaba convencido de que había escrito una gran novela y en su fuero interno debía saber que tarde o temprano se iba a publicar. Porque parece claro que, como señaló el escritor Joan Kahn (también citado por García Ureta en Éxito):

“Si uno sabe lo que hace acabará invariablemente encontrando a un editor o una editora que también sabe lo que hace. Tal vez lleve algunos años, pero no hay que rendirse. La de escribir es una actividad solitaria no solo porque a diario debes sentarte solo en una habitación con tus cosas durante horas y horas, mes tras mes, año tras año, sino porque después de tanta sangre, sudor y lágrimas aún debes encontrar a alguien que respete lo suficiente lo que has escrito para dejarlo como está y publicarlo. Y esto es así con la primera novela y con la trigesimotercera.”

Lo difícil, claro, es saber si lo que uno ha escrito es bueno de verdad. Todos los textos sobre el rechazo aconsejan no darse por vencido y dan ánimos recordando los casos de Proust, Joyce, García Márquez, J. K. Rowling, Bolaño y muchos otros que, antes de publicar, tuvieron que aprender a convivir con el no de los editores (u otros que no lo aprendieron, como John Kennedy Toole). Pero el hecho de que grandes libros hayan sido rechazados alguna vez no quiere decir que todos los manuscritos rechazados vayan a ser grandes libros. “Los editores son caprichosos y se equivocan con frecuencia, pero que se equivoquen con frecuencia no significa que se hayan equivocado en tu caso”, dice Malcolm Otero Barral, escritor y editor, también citado en Éxito. Y García Ureta puntualiza: “Toda queja por haber sido rechazado es fruto de la vanidad. Tu caso no es una excepción”. Conviene no olvidarlo nunca.

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Una conclusión me parece indudable: si alguien deja de escribir a causa de la decepción por no encontrar a nadie que quiera editar su obra, la escritura no era lo suyo. No hay nada malo en eso. Tal vez se haya acercado a la escritura en busca de alimentar su ego, o de ganar dinero, o de tener más éxito con las mujeres o con los hombres o con ambos, o de cualquier otra de las fantasías que florecen en torno a la literatura. Pero escribir no sirve para nada de eso. La escritura no es un medio sino un fin. Rilke expresó, con otras palabras, una idea: si puedes vivir sin escribir, no escribas. Rodolfo Walsh la calificó de “chiste idiota”, y tal vez lo sea. Pero podríamos decir, en cambio: si no puedes vivir sin publicar, entonces no escribas. Y se me ocurre que ahí hay algo más de razón.

A modo de colofón, el final del poema “Mi carrera literaria”, de Roberto Bolaño:

Bajo el puente, mientras llueve, una oportunidad de oro
para verme a mí mismo:
como una culebra en el Polo Norte, pero escribiendo.
Escribiendo poesía en el país de los imbéciles.
Escribiendo con mi hijo en las rodillas.
Escribiendo hasta que cae la noche
con un estruendo de los mil demonios.
Los demonios que han de llevarme al infierno,
pero escribiendo.

© Letras Libres

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