martes, 13 de noviembre de 2018

Cómo contar a los muertos

Después de una guerra u otras tragedias, ¿cómo se hace 
para darle un sentido a tanta muerte?

Por Cristian Vázquez

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“El relato de nuestra vida nunca es una autobiografía, es siempre una novela”, afirma el británico Julian Barnes, en su novela Amor, etcétera. “Nuestros recuerdos —agrega— son solo otro artificio”. La médica Iona Heath publicó en 2007 un libro breve y maravilloso titulado Ayudar a morir, en el que analiza las formas en que el mundo occidental afronta la muerte. 

En un capítulo dedicado a los modos en que nos contamos la muerte y la vida, la autora cita las frases de Barnes y añade: “Hallar sentido en el relato de una vida es un acto de creación”.

Heath también cita a Arthur Kleinmann, psiquiatra y antropólogo de la Universidad de Harvard, quien en su libro The Illnes Narratives: Suffering, Healing, and the Human Condition señala: “En la última etapa de la vida, mirar hacia atrás constituye buena parte del presente. Esa mirada retrospectiva sobre los momentos difíciles es tan fundamental para la última etapa del ciclo vital como lo es soñar para los adolescentes y los adultos jóvenes”.

“La coherencia, la dignidad y el significado que contiene el relato acumulado —apunta Heath— le permiten al protagonista morir con un sentido de valor y de realización. Eso tal vez explique por qué, al final de la vida, es tan importante volver a contar y revivir los hechos notables”. Eso que suele causar tantas quejas: ya está el abuelo de nuevo con sus historias…

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Significado, coherencia y dignidad. Al final de un ciclo, no solo las personas necesitan que sus historias reúnan esas características: también lo necesitan las naciones. Sobre todo en el caso de los episodios más traumáticos. Fue lo que tuvieron que empezar a hacer muchos países hace justo un siglo, tras el final de la Primera Guerra Mundial. Una carnicería (no debe haber un solo texto sobre aquel conflicto que no emplee esta palabra) que dejó un saldo de 10 millones de muertos y 23 millones de heridos tras cuatro años de batallas interminables. Tras contar a las víctimas, en términos numéricos, el deber fue contarlas de otra forma: había que narrarlas, dar con una explicación, hallar motivos que justificaran tamaña calamidad. ¿Cómo hacer para encontrar un sentido en una guerra como aquella (o cualquier otra)?

“La inmediata posguerra ha fabricado una versión falsa del conflicto: se ha reescrito lo que pasó en realidad”, dice la voz en off del documental francés 14-18, el ruido y la furia, dirigido por Jean-François Delassus y estrenado en 2008. “Ni León ni yo nos reconocemos en ella”, añade el narrador, un soldado que sobrevivió los cuatro años de aquel infierno. “Leo testimonios. Escucho a los historiadores contarme mi guerra”, dice después. Y se hace la gran pregunta: “¿De qué sirven esos millones de muertos?”

Otras maneras de preguntárselo: “¿Dónde poner los muertos cuando la guerra termina? ¿Qué se hace con la escoria, una vez vaciada la estatua de la gloria? ¿Con qué llenar el silencio cuando callan las ametralladoras?”. Con esas palabras lo plantea el argentino Federico Lorenz en su novela Los muertos de nuestras guerras, publicada en 2013. Narra el trabajo del capitán Llwyfen, miembro de la Dirección de Registro de Tumbas, que después de la Gran Guerra se encarga de exhumar los cuerpos diseminados por los antiguos campos de batalla para poder darles luego sepultura definitiva, y el de Ivan Bawtree, un fotógrafo que va a documentar aquella tarea.

La voz que narra la novela, ambientada en 1920, asegura que “se pintarán las muertes de un modo que justifique el sacrificio”. Y también que “el recuerdo es una historia que armamos para satisfacer nuestras conciencias, un juego de encaje en el cual lo único que se recorta son las figuras que no llevan nuestro nombre”. Y también que “cuando una guerra como esta termina, nuestras cuerpos y nuestras muertes siguen hablando sin que nosotros podamos hacer algo al respecto. Lo que hay debajo de las cruces termina importando menos que lo que los vivos dicen encima de ellas”.

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Pero, como toda (buena) novela histórica, Los muertos de nuestras guerras no solo recrea un episodio del pasado, sino que también —sobre todo— interpela al presente, discute con el contexto en el que ha sido escrita. Todos los países tienen muertos y desaparecidos que contar. Por eso los miembros de la Dirección de Registro de Tumbas enfatizan en varias ocasiones que recuperarán los restos de muchos caídos, pero no los de todos. Un comunicado oficial, pegado en una pared bajo el título de “El cuidado de los muertos”, reza:

“En todas las guerras, el temor de que el cuerpo de un soldado se pierda por completo ha sido un tormento para sus allegados. Aun en esta guerra ha habido pérdidas irreparables como esa. Pero en ninguna gran guerra tanto ha sido hecho para prevenir que ese tormento especial se agregue a las penurias de la ansiedad y el duelo”.

Por eso en otro pasaje el narrador se pregunta: “¿Qué le importa a la Nación un cadáver? ¿Importarán en el futuro mil? ¿Diez mil? ¿Treinta mil?”. No es una cifra al azar: así como hay gente que niega el Holocausto, hay en la Argentina gente que cuestiona la cifra de treinta mil desaparecidos que dejó como saldo la última dictadura cívico-militar (1976-1983).
Por eso una mujer que día tras día busca y no encuentra la tumba de su hijo en un cementerio de Ypres se protege de la llovizna con un pañuelo blanco que lleva sobre la cabeza, anudado bajo el mentón. Es, por supuesto, la seña de identidad de las Madres de la Plaza de Mayo. El jardinero que cuida el cementerio la conoce, porque la ve todos los días. “Con todos los muertos que hay aquí —asegura—, y con los que seguirán faltando, este tipo de cosas continuarán sucediendo mientras quede un vivo que los recuerde”.

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Hacia el final de la novela, el fotógrafo Bawtree le pregunta al capitán Llwyfen (el cual, como el narrador de 14-18, el ruido y la furia, ha sobrevivido a los cuatro años de guerra) si no le preocupa que todo lo que ha vivido se pierda.

—Podría, si quisiera —le sugiere—, escribir textos que explicaran estas fotos, describir su trabajo, contar sus experiencias.

—No se preocupe, ya alguien escribirá por nosotros —responde el capitán—. El regreso será largo, habrá tiempo.

Ha habido tiempo, un siglo ya. Y se han escrito, de hecho, bibliotecas enteras en busca de encontrar un sentido en aquella guerra (y en todas las demás).

Hace poco más de diez años, el español Jesús Zomeño publicó, en una colección llamada “Laberinto de la memoria”, unos libritos artesanales con textos de varios autores. Relatos muy breves inspirados, un poco como quería Bawtree, en fotos de la Primera Guerra Mundial. Uno de esos libritos se titula Las últimas palabras del soldado Crombez, y se compone de lo último que, según la imaginación de una treintena de autores, el hombre en cuestión dijo justo antes de morir. Anotó Zomeño en el prólogo:

“Se llamaba Crombez y era un soldado belga que murió en 1918, en el bosque de Houthulst. Su memoria no ha dejado más detalles, salvo este retrato rescatado al azar de una subasta de internet. Recrear lo que pudo haber dicho al morir no es un ejercicio de memoria, sino de olvido. En el olvido todo es posible porque, en ausencia de una certeza, hemos de admitir que no hay nada imposible. Puede así que alguna o que todas las frases sean ciertas. Cuando pasen los años, quizá tampoco recuerde nadie quiénes somos nosotros, mucho menos lo que una vez imaginamos juntos del soldado Crombez”.

Así es la cosa: a todos nos espera el olvido. Son los vivos los que siempre (nos) contarán, quienes dirán lo que importa, los que dictaminarán incluso las últimas palabras de quienes ya no estén. Como las que cierran el librito editado por Zomeño, escritas por Juan Carlos Valera, tan posibles como universales. Porque el soldado Crombez y cualquier otra persona puede morir con un lamento en los labios: “¡Ay! Por qué te amo tanto…”

© Letras Libres

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