miércoles, 19 de septiembre de 2018

La epopeya que necesita el capitalismo latinoamericano


Por Loris Zanatta (*)

¿Hay capitalismo en América Latina? Y si lo hay, ¿cómo es? La pregunta es antigua y ha recibido mil respuestas: hay capitalismo depredador y salvaje, dicen algunos; jerárquico y extractivo, dicen otros; es la longa manus del imperio egoísta y famélico, dicen todos. 

Sin embargo, las crónicas de los escándalos que salpican la región , desde el caso Odebrecht hasta los cuadernos de las coimas argentinos, dejan entrever otro panorama: en América Latina hay una gran cantidad de anticapitalistas, pero muy poco capitalismo. Al menos si capitalismo significa un mercado libre, competitivo y transparente; un Estado neutral que regula la actividad económica; un marco legal fiable que fomenta la iniciativa privada; una burocracia que estimula y no boicotea la actividad económica. Sé que este cuadro idílico no existe en ninguna parte, pero como siempre, es una cuestión de dosis: una cosa es acercarse al ideal y otra muy diferente es ni siquiera rozarlo. Más allá de loables excepciones, el capitalismo de América Latina no se parece en nada a ese ideal.

Quizá, quién sabe, hay tan poco capitalismo o el capitalismo latinoamericano está tan lejos del ideal porque tiene muchos enemigos. Nacionalistas, socialistas, católicos, tercermundistas, cada uno por su cuenta o todos cantando en coro, siempre lo han combatido como si fuera el demonio: vade retro. No es de extrañar: la Revolución Industrial y el ethos capitalista no nacieron en el mundo hispano y católico, y no es nada casual. Cada generación latina crea nuevos anticapitalismos, que el viejo barril recibe como vino nuevo: la lucha de clases se convierte en buen vivir; el leninismo, en poscolonialismo y la nostalgia reaccionaria en feliz decrecimiento. Y así sucesivamente.

Hasta aquí, todo previsto: inútil maravillarse o quejarse. Pero donde se esperaba que el guion fuera diferente es entre aquellos que deberían ser capitalistas por vocación, conveniencia o convicción: los empresarios. ¿Hay en América Latina una clase capitalista imbuida de espíritu emprendedor, dispuesta a arriesgar, competir e innovar? ¿Una burguesía animada por la ética del trabajo y la producción en lugar de la ociosidad y el consumo? A la luz de los últimos escándalos, es dudoso. Y la que hay, escasa pero muy encomiable, es la que más sufre la competencia desleal, la corrupción, el clientelismo, el desprecio por sus valores y su función social.

Los escándalos reviven, amarillenta, en la vieja fotografía de empresarios acaramelados con los gobiernos en un obsceno abrazo donde es imposible distinguir al corrompido del corruptor. No exigen competencia, sino protección; no quieren reglas, sino privilegios; no buscan mercados, sino agarrarse de la teta del Estado para exprimirlo. Más que el capitalismo, es el viejo legado hispano que prospera: imperecedero, pimpante, arrogante, es la diada eterna formada por el patrimonialismo y el corporativismo.

El patrimonialismo que prevalece en muchos países es desvergonzado: a menudo el cargo público no se parece ni siquiera a una institución; es un feudo privado de quienes lo ocupan "en nombre del pueblo"; como si cada funcionario fuera un pequeño rey español de antaño, dueño de los recursos públicos que utiliza como un botín para recompensar a la familia política y castigar a los extraños, engordar a la clientela, chantajear a los enemigos, comprar a los indecisos. ¿Meritocracia, honestidad, mercado, legalidad? Palabras vacías.

La otra cara de esta incestuosa simbiosis entre política y economía es el corporativismo. Sería injusto achacarlo solamente a los empresarios; es una costumbre tan atávica y enraizada, natural e interiorizada, popular y ramificada, que pocos le hacen caso. Expresado en forma brutal, se puede describir de la siguiente manera: para los míos, todo; para los otros, leña. En otras palabras: dentro de mi cuerpo social, absoluta complicidad y lealtad. Familia o escuela, municipio o sindicato, villa o empresa que sean: rigen lazos de "sangre", todo está perdonado y permitido. Fuera de mi cuerpo social, no hay ley que se sostenga: ahí se lucha por obtener los recursos. En el imaginario corporativo, no hay un ciudadano universal; solo existen fieles e infieles, nosotros y ellos.

De acuerdo con esa mentalidad, en lugar de invertir y crear riqueza colectiva, de ir por los mismos pasos de la burguesía que con su ingenio y sus esfuerzos cambió el curso de la historia, el empresario corporativo aspira a tener una tajada más grande del pastel para compartirlo con los suyos, sin riesgos ni preocupaciones. ¿Meritocracia, honestidad, mercado, legalidad? Palabras vacías, una vez más.

Aquí, en estos rasgos antiguos, se encuentran las causas más reales y profundas del subdesarrollo, el autoritarismo, la escasa movilidad social, la desigualdad, la intolerancia y mucho más. No en el "capitalismo", sino en el filtro cultural e institucional por el que debe pasar para aclimatarse en las sociedades latinas. Quien dispara contra el capitalismo, dispara contra el pájaro equivocado. Peor: dispara contra el pájaro en cuyas alas podría volar el rescate, el único capaz de socavar la jaula del patrimonialismo y el corporativismo.

Todo esto tiene un precio elevado: América Latina es la región emergente de menor crecimiento en el mundo; es decir, la que genera menos riqueza, menos empleo, menos oportunidades. Asia, África, Medio Oriente, Europa del Este, crecen más, en algunos casos mucho más. Mucho se debe a que las inmensas energías latinoamericanas están enjauladas en esas trampas culturales. Pero la historia no es una condena, una compulsión a repetir, un destino. Es cierto que el patrimonialismo y el corporativismo impregnan la historia de América Latina, pero también lo es que muchos latinoamericanos los han combatido y los siguen combatiendo. No solo eso: si bien hay muchos países que sufren esa hipoteca, hay otros que han tomado distancia.

La avalancha de escándalos de los últimos años podría estar indicando un cambio cultural en curso: más que la corrupción, parece haber crecido la intolerancia hacia la corrupción. Lo que una vez parecía natural hoy es para muchos intolerable. Meritocracia y legalidad parecen estar a punto de dejar de ser palabras sin sentido. Y también "mercado": Latinobarómetro, un instituto de investigación, en 2017 registró un crecimiento sin precedente en el consenso de los latinoamericanos hacia la iniciativa individual y la economía de mercado; un consenso estelar en el contexto de países en los que el mercado fue más pisoteado por el populismo. Como si esas experiencias traumáticas hubieran vacunado a la población.

Es imposible saber si ese cambio es profundo o superficial, transitorio o duradero. Pero hay espacio suficiente para líderes, movimientos y gobiernos dispuestos a enarbolar esas banderas, a poner la cara y desafiar las ideologías anticapitalistas que han demostrado infinitas veces ser los custodios más celosos de la herencia patrimonialista y corporativa. Los demócratas liberales se quejan a menudo de que no tienen un relato, que no tienen una epopeya propia: ¿cuál podría ser mejor que esta?

(*) Ensayista y profesor de Historia en la Universidad de Bolonia

© La Nación

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