miércoles, 19 de septiembre de 2018

Víctimas y victimarios

Por Nelson Francisco Muloni
La estupidez trasiega la vida humana y no se detiene. Al contrario, va dejando simientes que conservan su dinamismo intrínseco. Por ello, en cada carnadura, crece la miseria humana que es intencional, perversa y dañina. Es entonces que, frente a una retahíla de simiente enterrada en la piel de la convivencia, la estupidez se convierte en el horror más grande del género humano.

La sensatez, luego, es estragada en aras de la estupidez y, como diría Paul Tabori, esta última “es la mayor tragedia del mundo”.

Podemos ver ejemplos en cada trajín diario. Basta abrir las ventanas de los medios de comunicación anche las redes sociales y observaremos la miseria humana convertida en flagelo social, político, económico y en cada hendidura institucional (o no), veremos fluir la falta de valores y hasta la más vulgar engañifa.

Hoy, estupidez y corrupción mediante, el victimario se convierte en víctima y la víctima pasa a ser victimario aun cuando la lógica rumbeara en sentido contrario. Discepolín adquiere dimensiones casi míticas, con las advertencias invulnerables de su Cambalache. Los asaltantes acusan a los asaltados en “la vidriera irrespetuosa” a que nos ha conducido la miseria humana.

Pero, en la vulgar cotidianeidad ocurre lo mismo. De allí que de ésta derive aquella otra mayor. Un relato personal, breve, puede ser demostrativo de este patetismo humano. Hace cuatro meses que mi suegro fue atropellado por un automóvil conducido por el joven llamado Emilio Pérez Peralta.

El padre de mi esposa aún está en terapia intensiva con graves lesiones cerebrales. El joven, al que considero un criminal, no se hace cargo del hecho. Por el contrario, su familia acusa a la mía de ser “irrespetuosa”. Aducen hostigamientos inexistentes por el simple hecho de haberles reclamado el crimen y mirarlos con reproche. Ahora, de pronto, toda mi familia fue denunciada ante una fiscalía por “amenazas”.

No vengo a hacer una contradenuncia pública de esto. Ya hablarán los abogados. Sólo intento mostrar que, en la convivencia, diríamos vecinal, casi pedestre (la del “buen día, vecino, ¿cómo amaneció hoy?”) puede configurarse el espacio para que germine allí la horrenda miseria humana. Aquella de la vileza, de la pesadumbre moral, de la inteligencia menguada, de la pura superficialidad.

Allí, en el más puro núcleo cercano a cada uno de nosotros, surgen los majaderos que, a la corta o a la larga, nos embretarán en un cúmulo desapacible que, como sociedad, nos llevarán al borde del abismo. Por eso, políticamente, en medio de la confusión que desatan los miserables, nos equivocamos y tardamos demasiado en darnos cuenta del error. Nos desgarramos en pasiones que nos agrietan como sociedad y nos pulverizan como personas.

Por eso, cada víctima continuamente podrá ser convertida en victimario cuando la obligada idiotez que nos rodea nos pegue un cimbronazo que nos deje estupefactos, sin comprender demasiado que la miseria humana es carente de todo principio porque su basamento será, siempre, la estupidez. Y, como diría Oscar Wilde: “No hay mayor pecado que el de la estupidez”.

© Agensur.info

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