sábado, 9 de junio de 2018

Ahora, el gabinete

Macri tiene la oportunidad de aprovechar el oxígeno vital 
que aportó el FMI para hacer los cambios que necesita 
su Gobierno.

Por Ignacio Fidanza
Lo bueno del acuerdo con el FMI es que superó los cálculos más optimistas. Lo malo es eso. Los 50 mil millones de dólares anunciados contagiaron una comprensible sensación de triunfo político a una administración que la venía pasando mal. 

No está mal regalarse un día de sol. Pero después hay que volver a la oficina. Entremos.

A esta situación se llega después de una durísima derrota política como fue la implosión del gradualismo, vía maestra de la primera mitad del experimento macrista. Ahora escucharemos desde el Gobierno que el FMI es un paso perfectamente calculado de la misma senda virtuosa que vienen transitando. El problema no es que lo digan, el problema es que se lo crean.

La receta económica que impuso el Fondo es exactamente la que rechazó el gradualismo de Macri y Marcos Peña por inviable en términos políticos: Aceleración a fondo del ajuste fiscal, fin de las asistencias del Central al Tesoro, libre flotación del dólar y camino de salida para las Lebacs.

El núcleo de las medidas es duro y su impacto social va a ser contundente. En el poder adquisitivo, en la obra pública, en la actividad y en la inflación.

Aclarado esto, pasemos a lo que falta. Más importante que los 50 mil millones de dólares anunciados -después de todo no es más que un número en un papel membretado, sujeto a condicionalidades varias-, son los 15 mil millones que se supone ingresarán al Tesoro el 20 de Junio. Ese es el acuerdo y es importante.

Es un número de una magnitud suficiente como para darle al Gobierno un ruta de salida posible al problema del dólar, que es donde todo comenzó.

En la Argentina, cuando el precio del dólar se dispara suele ser un avatar de problemas más profundos. Pero es un avatar muy particular que en el camino de su fuga devora todo lo que se le cruza y se va transformando en un monstruo incluso más grande que aquel que representa. Por eso, la operación más delicada para la gobernabilidad inmediata de esta ingeniería que se acordó con el FMI, es contener al dólar en valores razonables sin quemar reservas como leña en invierno. Estamos ante un blindaje financiero que da un piso de estabilidad.

Dicho de otra manera, lo que se buscó con este acuerdo no es dinero si no recrear expectativas positivas, que es la materia más esquiva y valiosa que opera en los mercados. Para reforzar ese efecto, la hoja de ruta más sensata proyecta un sendero claro: Un gabinete reducido de ministros con poder y acuerdo con el peronismo que se pueda acordar, para sacar adelante el ajuste.

El problema es que Macri resiste la receta por una doble vía. No se siente cómodo con gente que le discuta -como haría un ministro con peso político propio- y mantiene soterrada pero vigente, la convicción que el peronismo tiene más que ver con los problemas que con las soluciones. O mejor dicho, que el peronismo es el problema.

Mucho se habló en estos días sobre el destino de Marcos Peña. Lo cierto es que el jefe de Gabinete fue de los primeros en aceptar la necesidad de hacer cambios en un gabinete que amenazaba en su disfuncionalidad con llevarse puesta su propia carrera política. Pero por primera vez en mucho tiempo se chocó con una pared cuando quiso influir en Macri. Hoy el presidente es el principal escollo para un cambio de gabinete, que si se produjera podría dar otro golpe de recuperación a su Gobierno. Suena paradójico, pero así son los caprichos.

En la emergencia, lo máximo que transigió Macri es permitir que se recupere la participación de hombres que fueron claves para su arribo a la Casa Rosada, como Emilio Monzó y Ernesto Sanz. Y así surgió una mesa política que los integra, junto a Frigerio, Peña y los gobernadores de Cambiemos. Pero no es la única mesa, ni tampoco la que decide. Se trató más de un ejercicio de contención que de ampliación real del campo de análisis y decisión.

Entonces, estamos ante dos tendencias que se solapan. El sector más político del PRO entiende que rebotaron sobre la lona y se anticiparon a contactar a los puentes de un posible acuerdo. Vidal y Larreta se reunieron con Massa y después con Pichetto ¿Fueron en representación de Macri? Pero acaso más relevante, Peña visitó al líder del Frente Renovador en su oficina de la avenida Libertador.

Una curiosa transversalidad de supervivencia se empieza a tejer así entre aquellos que compiten, ante la mirada recelosa del presidente. "Macri hoy es el halcón", afirma un destacado operador político al tanto de las internas de la Casa Rosada.

Pero claro en la Argentina todo es especial ¿Qué significa ser halcón cuando se está en un momento de objetiva debilidad política? ¿Es de halcón dirigirse a un ajuste duro con un gabinete de palomas?

Lo que viene es para boxeadores entrenados en las esquinas y sin guantes. En Agosto, cuando haya pasado el Mundial y el ajuste se combine con el impacto pleno de los últimos aumentos en las boletas, ya nadie se acordará de ese número mágico que por estas horas, algunos adictos al entusiasmo visualizan como la solución de todas las cosas.

© LPO

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