sábado, 9 de junio de 2018

Argentinadas

Volvimos al FMI asustados por la corrida. Macri y CFK, siempre la ‘pelea de Fondo’.

Por Roberto García
De tanto insistir con la necesidad de un Plan B, finalmente apareció el Plan B. Se importó del exterior, una matriz que el FMI distribuye desde hace décadas, ahora con una leyenda políticamente correcta que la señora Lagarde repite cada vez que auxilia a un socio: el nuevo plan corresponde al país firmante, a su autoría intelectual, no proviene del organismo. Obvio: le importa el resultado, se prescinde de las medidas para alcanzarlo.
Casi la filosofía del chino Deng Xiao Ping: “No me importa si el gato es rojo o negro, lo que me importa es que capture ratones”. De ahí que, en el compromiso del FMI, se permitan excepciones como el destino de una reserva para emergencias sociales, caballito sobre el que jineteará Macri para no mostrarse insensible ante la población. Nada nuevo: hasta al Plan Austral de Raúl Alfonsín se le admitió un desvío en apariencia intolerable para la ideología del dador del préstamo: el control de precios.

Traiciones. Lo del Plan B es una traición a la ruta del abecedario: jamás hubo un Plan A. Y el nuevo acomodo a normas internacionales de la economía supone, además, una experiencia cercana al milagro si logra concluir con cierta decencia profesional: la apelación al FMI fue producto del susto cambiario, de la corrida o “turbulencia” –según la jerga oficial–, no de la reflexión concienzuda o del apartamiento minucioso de otras alternativas. Una argentinada más, de acuerdo con la traducción al inglés, disfrazada como si fuera el invento del dulce de leche o del colectivo, y que el Gobierno promueve como si hubiera ganado el Mundial de Fútbol.

Cuenta con algunas ventajas el ensayo: la devaluación ya fue hecha, la caída del PBI ya había empezado hace tres meses, también la reducción del déficit para este año, hasta se renueva el carry trade y el héroe de la administracion será Luis Caputo por conseguir el regreso a los mercados celebrando nuevos créditos de dos fondos privados (resta, inclusive, la materialización de un swap con China). Una cobertura digna de Houdini que imagina un rebote para el próximo año, sin fecha precisa, luego de atravesar un largo y agitado desierto de austeridad, o el invierno alsogarayano, dos meses con alta inflación (junio y julio) y gente clamando en las calles por las condiciones siniestras que impone el FMI. Otra argentinada, esta vez del bando contrario: nunca desde ese  sector se preguntaron por las condiciones que antes exigían los bancos y a tasas obscenamente superiores.

La crisis por la suba del dólar movilizó sueños en la oposición ante las elecciones de 2019, desató candidaturas dormidas y postulantes redivivos, enérgicos, que guiados por las encuestas favorables a la continuidad de Macri los obligaban a pactar con el oficialismo. Se diluyó esa supremacía, el Presidente se desplomó y hasta el menos relevante de los cuzquitos se animó a participar del asado.

Ese vértigo repentino, sin embargo, ahora se oscurece: el acuerdo con el FMI modifica en parte el tránsito de esa ecuación y garantiza otro modelo de competencia más restrictiva, menos abierta: renueva la grieta, polariza de nuevo entre dos dirigentes, Macri y Cristina, tal vez excluya a la multitud de aspirantes que se habían hecho los rulos con un protagonismo inesperado. Pero la lista se constituyó en el interregno: De la Sota prometió lanzarse en un mes, a su vuelta de una temporada sanitaria en España, un Massa tímido se comprometió a anotarse, hace dos noches, si reúne los consensos. Aparece tan humilde y comprensivo que hasta provoca sospechas. Urtubey reconoce que se atrasó en plantear su voluntad de candidato, al menos frente a Pichetto, el primero que se atrevió a romper el cascarón.

El más reciente de los postulantes ha sido Lavagna padre, quien consintió el anuncio de Eduardo Duhalde propiciando esa aventura. Hasta le costaba decirlo por su cuenta.

Bailando. La fórmula de Duhalde se completa con el animador Tinelli como postulante a la gobernación de Buenos Aires. No es lo que desea el conductor de “Bailando”: si decidió presentarse, si lo acompañan los hados de los sondeos, si toma clases sobre políticas de Estado y reitera consultas a especialistas, considera que su destino político debe ser superior, sin detenerse en el ámbito bonaerense. Todos, a pesar de discrepancias personales, dispuestos a inscribirse en una interna que determine al ganador. Casi ninguno acepta que en esa confrontación intervenga Cristina. El argumento: no pertenece al peronismo. Más: muchos consideran su proscripción, lo cual medido en antecedentes favorece a la dama, ya que el propio Perón se fortaleció en el apartheid. Al rol de víctima siempre le sacó jugo.

Sin embargo, esta explosión de postulantes tropieza ahora con una pinza, las derivaciones del acuerdo con el FMI. Por un lado, el bando que invita a sostener el Plan (Macri) y, por el otro, aquellos que pugnarán por derrumbarlo (Cristina). Dos núcleos sin espacios para los grises, derrengados unos con el orden y la estabilidad, los otros deshilachados en la carestía con movilizaciones, paros y piquetes. Dos mundos, dos personas, ajenos abstenerse. Inclusive, con la posibilidad de que cierta violencia urbana –epicentros previstos para la cita del G20 o un diciembre ardiente para las fiestas– se enmarañe, intransigente, entre ambas tendencias y desplace al resto que predica amor, paz y entendimiento.

Para el G20 y las fiestas de fin de año se sospechan acontecimientos graves, clave que anima al Gobierno para otorgarle prioridad a la seguridad (más gendarmes, por ejemplo, o compra de sofisticado material telefónico semejante al que le atribuían a Milani, aquel militar preferido de la viuda de Kirchner). A Cristina parece seguirla en la protesta social  una izquierda con utopías prerrevolucionarias y grupos vecinales al Papa que se quejan de que a Ella la persiguen tribunales condicionados por el Gobierno con el caso Nisman. Estiman que no hay fechas fijas para el reclamo social, que será un continuado en lo queda del año.

Curiosamente, entonces, volverían al enfrentamiento una Cristina del 30% como piso y un Macri con proporciones semejantes. El FMI lo hizo y, en ese dilema electoral, ambos destacan un mismo temor, se inquietan por una Justicia que los aguarda detrás de la esquina, angustia perpetua de los que no están en el poder. En eso también están juntos.

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