domingo, 20 de agosto de 2017

Macri y Cambiemos tras las PASO / Con las pilas recargadas

Por James Neilson
Las dos Argentinas, la de variantes del relato peronista que ha perdurado de un modo u otro desde mediados del siglo pasado, y la consciente de que, luego de más de setenta años de fracasos a veces catastróficos, sería mejor probar suerte con esquemas menos facilistas que los improvisados por el general y sus herederos, se enfrentaron nuevamente el domingo pasado en una especie de ensayo general para las elecciones de octubre. 

Para alivio de quienes habían temido que el gobierno de Mauricio Macri se viera debilitado por el resurgimiento del populismo K, Cambiemos se impuso en buena parte del país, aunque no le fue dado conquistar las zonas más tradicionalistas, es decir, conservadoras, del paupérrimo conurbano bonaerense que sigue siendo tierra de Cristina, lo que es un tanto irónico a la luz del desprecio que en Estados Unidos manifestó por el nivel académico de la Universidad de La Matanza. De todos modos, los resultados sirvieron para que en la bolsa de Nueva York los papeles argentinos saltaran de alegría y se fortaleciera un poco el peso.

El que el conurbano profundo siga siendo cristinista plantea un desafío a los macristas, en especial a María Eugenia Vidal que, para muchos, es una de las dos estrellas más luminosas del firmamento oficialista; la otra es Elisa Carrió que arrasó en la Capital Federal con casi el 50 por ciento de los votos, humillando al kirchnerista Daniel Filmus y, para regocijo de Horacio Rodríguez Larreta, a Martín Lousteau. La gobernadora entiende que no es cuestión sólo de la situación económica sino también del atractivo de una cultura política clientelista para quienes se han acostumbrado a vivir al borde de la indigencia. Si logra forjar vínculos emotivos más fuertes con este sector electoralmente clave, Cambiemos podría reemplazar al peronismo como vehículo de lo que David Viñas calificaba del “sentido común de los argentinos”.

Aunque los macristas hubieran preferido abolir las PASO por tratarse a su juicio de una copia molesta de las primarias norteamericanas que sí sirven para algo útil, la verdad es que tienen motivos de sobra para agradecer a Florencio Randazzo, el artífice de la ley que las posibilitó. Para sorpresa incluso de los optimistas, les fue muy bien. Ahora confían en que, merced a la reactivación económica incipiente, en octubre Cambiemos consiga una proporción aún mayor de los votos, lo que lo consolidaría como la primera minoría frente a una oposición fragmentada.

Al Gobierno ya no le asusta tanto el espectro de Cristina; por el contrario, le conviene que la señora siga desempeñando un papel central en política porque su mera presencia mantendrá dividido el peronismo que, de reunirse, estaría en condiciones de recuperar la hegemonía perdida; sumados los votos de los leales a Randazzo, Sergio Massa y la ex presidenta, además de otros miembros de la misma familia numerosa, un PJ redivivo aventajaría a Cambiemos en la provincia de Buenos Aires y muchos otros distritos del país por un margen bastante amplio.

Felizmente para Macri, en política las impresiones cuentan más que la realidad reflejada por estadísticas. La sensación de que Cambiemos está avanzando con brío en casi todo el territorio nacional a costa de los peronistas, virtualmente garantiza que continuará expandiéndose. Si bien sería prematuro suponer que el país ha experimentado una transmutación irreversible que le permitirá “normalizarse”, para entonces comenzar a recuperar el terreno que perdió a partir de la primera mitad del siglo pasado, la idea de que algo así está ocurriendo ya no parece tan extravagante como hasta hace muy poco muchos creían.

A juzgar por lo que sucedió en las urnas, a Macri no le aguarda aquel helicóptero salvador del vengativo relato kirchnerista sino la clara posibilidad de terminar como es debido el cuatrienio en el poder que le dio el electorado, estar en condiciones de prolongarlo cuatro años más y, con suerte, entregar los símbolos del mando a otro integrante de su equipo. De ser así, no habrá exagerado demasiado al rezar para que lo del domingo “sea el inicio de un proceso de crecimiento de 20 ó 30 años”, uno que, si no fuera por el estallido de violencia que desgarró el país, pudo haber comenzado hace medio siglo. Mal que nos pese, la plena recuperación, para no hablar de alcanzar “la pobreza cero”, requeriría que durante varias décadas el país quedara en manos de gobiernos inmunes a las tentaciones populistas.

De instalarse está versión del futuro en la mente colectiva, habría cada vez más políticos jóvenes y no tan jóvenes que decidirían que es de su interés afilarse a Cambiemos por ser cuestión del natural partido de Gobierno. Es lo que ocurrió con el radicalismo primero y, algunas décadas más tarde, con el peronismo. Para los deseosos de encontrar un sitio promisorio en el mundillo político, aquellos movimientos ofrecían oportunidades similares a las brindadas por una burocracia estatal jerárquica o una gran empresa con estructuras parecidas. No les resultaba difícil hacer suyas las respectivas doctrinas partidarias. Sería injusto acusarlos de oportunismo; todas las organizaciones políticas importantes del mundo, tanto las democráticas como las autoritarias, incorporan a miles de personas que, sin darse cuenta de ello, anteponen sus ambiciones profesionales a las presuntas convicciones ideológicas que, en la mayoría de los casos, adoptan porque predominan en el grupo social o partido al que pertenecen. No sorprendería mucho, pues, que Cambiemos creciera mucho en los meses y años próximos.

Superada de forma muy satisfactoria para el Gobierno la prueba supuesta por las PASO, los estrategas del oficialismo tienen los ojos puestos en los partidarios de aquellas agrupaciones que, de acuerdo común, resultaron derrotadas como la encabezada por Massa. Cuando voceros gubernamentales como Marcos Peña dicen: “queremos sumar a más argentinos y sobre todo a bonaerenses a este proceso de cambio”, están invitando a massistas e izquierdistas moderados a participar del proyecto de Cambiemos.

También quieren los oficialistas que se intensifique la polarización, que el grueso de la ciudadanía llegue a la conclusión de que, pensándolo bien, no hay más de dos alternativas, la representada por Macri y sus coequiperos por un lado y la de los fieles a Cristina por el otro. Para muchos, se trata de una simplificación un tanto grosera de la realidad política de una sociedad diversa, pero sucede que en las democracias maduras es habitual que compitan dos o, a lo sumo, tres partidos grandes acompañados por una plétora de minipartidos testimoniales que, si tienen mucha suerte, pueden aliarse coyunturalmente con uno de los gigantes a cambio de puestos en un gobierno de coalición, pero que se saben irremediablemente minoritarios. La atomización excesiva que se da aquí no es un síntoma de vigor democrático, como algunos parecen creer, sino uno de una falta de seriedad política que ha socavado las instituciones formales del país hasta tal punto que a menudo parece ingobernable.

Los macristas prevén que, en octubre, la mayoría de quienes dieron a Massa el quince por ciento y pico que el tigrense se anotó en las PASO bonaerenses, y algunos que apoyaron a candidatos menores, opten por respaldar a Esteban Bullrich, lo que le permitiría vencer cómodamente a Cristina que, por su parte, podría verse beneficiada por los escasos simpatizantes de Randazzo. En algunos distritos del interior, entre ellos el de Santa Fe, Cambiemos podría ver aumentar su caudal al resistirse los perdedores del domingo a ser aliados objetivos –como decían en su momento los comunistas–, del kirchnerismo quitando votos a la única fuerza que sería capaz de asestarle un varapalo realmente doloroso.

El Pro, el núcleo duro de Cambiemos, nació como un partido netamente porteño, pero lo que comenzó siendo una desventaja evidente a ojos de quienes ven en la “Reina del Plata” un chupasangre parasitario que se apropia de la riqueza ajena se ha transformado en una carta de triunfo. Que ello haya ocurrido es lógico. La Capital Federal es el distrito más productivo, rico y moderno del país. Gracias al avance explosivo de las comunicaciones, le está resultando relativamente fácil difundir sus prácticas y la mentalidad que las caracteriza a lo ancho y lo largo del territorio nacional.

La ciudad autónoma ya ha invadido La Matanza con el metrobús; extrañaría que, andando el tiempo, tal iniciativa y otras equiparables, no tuvieran consecuencias psicológicas y por lo tanto políticas. He aquí una razón fundamental por la que Cambiemos se siente obligado a nacionalizar todas las campañas electorales; tiene que aprovechar al máximo la gran vidriera porteña. De tal modo, podría continuar reduciendo la influencia de caciques locales no sólo del conurbano sino también de ciertas provincias feudales que manejan redes clientelares y que, con escasas excepciones, todavía adhieren a una de las distintas facciones peronistas. Según la dicotomía favorita del oficialismo, tales personajes militan en las huestes del pasado que está librando una guerra, una que hasta ahora ha sido bastante exitosa, contra el futuro acaso aburrido, pero a buen seguro mejor que la mishiadura rencorosa reivindicada por los kirchneristas, que nos prometen Macri y sus adláteres.

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