domingo, 20 de agosto de 2017

Un animal nuevo e inclasificable en la selva política

Por Jorge Fernández Díaz
Al amor exigente y también al boicot sistemático de su propio padre, debemos el extraño carácter deportivo del Presidente. Un episodio, que puede leerse en la página 17 de su sabrosa biografía (Macri), condensa otros muchos a lo largo de toda su vida y muestra de qué material está formada su capacidad de aprendizaje, su resiliencia y su íntima tenacidad. Franco llevaba a su hijo en largos viajes comerciales y lo obligaba a participar en complejas negociaciones desde edades inverosímiles.

Durante los recreos, el patriarca solía jugar en pareja al bridge mientras fumaba puros; Mauricio siempre perdía, o lo hacía perder, de manera que Franco lo humillaba y lo echaba de su lado. De adolescente, cansado de esa vergüenza y sin contarle nada a nadie, el hijo compró un manual de bridge en Nueva York y luego contrató a un profesor particular en Buenos Aires. Se entrenó febrilmente en ese ajedrez de barajas durante un año, e irrumpió por fin una noche en la mansión de Barrio Parque. Era una velada de juego, y el chico miró fijo al líder del clan y lo desafió delante de todos: "Probame". El interpelado tuvo unos segundos de duda, pero al final aceptó el reto. Dos horas después, Mauricio lo derrotaba sin atenuantes. "Te gané -le dijo con los ojos encendidos-. ¿Viste? Todo llega, viejo."

El país del hiperpresidencialismo habilitó el tiempo de un deportista y canceló la era de una actriz, y como decía Borges, ese cambio sería el primero de una serie infinita. El deportista no es verbal, no sabe de relatos ni de muecas, pero tiene una disposición orgánica a aceptar con modestia las duras correcciones de sus profesores, a recibir con templanza los abucheos, a tolerar el error y a armarse una fortaleza anímica para hacer frente a los reveses parciales y dar vuelta los partidos. La política es, para Cristina, un alucinante teatro emocional de argumentos y de máscaras: una diva no suele soportar silbidos ni tomatazos, ni críticas demoledoras. Para Macri, en cambio, la política es una fascinante cancha de tenis con un público generalmente adverso al que sólo se lo enfrenta con el cuero duro y se lo conquista con resultados. Por distintos motivos, a Cristina y a Mauricio se los ha visto como amateurs y se los ha subestimado, pero cada uno con su estilo y en su momento, ha sabido acumular y construir poder, y ejercerlo de manera efectiva. Un análisis pormenorizado de los últimos resultados comiciales permite pensar que Macri aprendió los trucos, jugó profesionalmente su partida de bridge y le ganó a su propia sombra. Debería agradecerle a Franco; los inmigrantes han forjado muchas veces a sus hijos dándolos prematuramente por perdidos.

Ese vasto sondeo que alumbró el domingo permite calibrar por primera vez a Cambiemos como una fuerza nacional. ¿Qué clase de artefacto construyó el deportista? Los informes muestran que en provincias y municipios y en villas de emergencia miles y miles de "descamisados" sufragaron por el "gobierno de los ricos". Estas evidencias le hicieron exclamar a Luis D'Elía: "Me enoja que un pobre vote a Macri". Hay dos posibilidades: o éste no es un gobierno para ricos (mito kirchnerista divulgado profusamente por Sergio Massa) o los pobres de pronto se han vuelto imbéciles, porque no comprenden a los bienhechores y avalan a sus verdugos. Sobrevuela el asunto una mirada tilinga, clásica de Palermo Hollywood, según la cual es perfectamente natural que los humildes adjudiquen la miseria actual a quien lleva gobernando diecisiete meses y olviden o indulten a quienes administraron el país durante 24 años; también que no tengan la lucidez suficiente como para valorar la lucha contra los narcos y las mafias: las principales víctimas de la inseguridad y la adicción no son los vecinos ideologizados de Palermo, sino justamente los laburantes de las calles de barro. Parece que, según los "cafés revolucionarios", los pobres no deberían apreciar las cloacas y las rutas, ni esa pavada de los metrobuses (a veces la única luz en una aterradora y gigantesca boca de lobo), ni los créditos para la vivienda y el consumo. Como los "progres" viven una vida acomodada, no aprecian ninguno de estos logros, les parecen simplemente nimios. Aunque pueden entender, como comprendemos casi todos, que muchos ciudadanos bonaerenses formulen también un voto castigo, puesto que el aumento de tarifas (perversa bomba de fragmentación dejada por la arquitecta egipcia) cerró negocios y aniquiló empleos. En la otra vereda, una tilinguería similar se queja de ese mismo electorado: no puede concebir que siga defendiendo a una millonaria sospechosa y que, aun en la lona, no se sienta atraído por el republicanismo. La estupidez no es de izquierda ni de derecha.

A propósito: persisten en hablar de esas vetustas coordenadas, cuando se sabe que entraron en crisis con la aparición del peronismo, proyecto que gozaba con ser inclasificable y que desconcertó durante décadas a los politólogos. Cambiemos también es inclasificable; tal vez haya que lucir esa ambigüedad centrista para ser argentino. Perón se inspiraba en Mussolini, pero se equivocaron quienes asimilaron su experiencia al fascismo italiano. Podríamos colegir que Macri es de derecha, si admitimos que Perón también lo era. Ni el kirchnerismo es de izquierda ni el macrismo es de derecha, camaradas: ¿aguantaremos la incertidumbre de esa doble verdad incómoda? Cambiemos es un animal nuevo en la jungla del siglo XXI, y los zoólogos y veterinarios han demostrado hasta ahora una enorme pereza intelectual para explicarlo: quisieron emparentarlo con otras especies conocidas, pero por el momento ninguna encaja. En ese frente policlasista hay peronistas, radicales, liberales, socialdemócratas, socialcristianos y hasta izquierdistas que jocosamente integran (la ocurrencia es de Lombardi) "el macrismo leninismo". Cobija a ortodoxos pero también a heterodoxos y a frondizistas, y cree secretamente que el progreso radica en la modernización. En esta sociedad devoradora de novedades, no parece prudente hacer campaña con el regreso al pasado: es como intentar venderle hoy al público la nostalgia por el iPhone 3. "La gente no vuelve atrás", traduce Urtubey. Lo más curioso es cómo lo ven ahora a Macri algunos "compañeros" de adentro y de afuera: como el macho alfa del peronismo republicano. "Viene a generar empleo privado, pero usa el dinero estatal para obra de infraestructura, defiende el rol de un Estado fuerte, tiene una visión desarrollista y apuesta a la educación pública", dicen con raro énfasis. El triunfo del domingo, las picardías postelectorales, las demostraciones de fuerza y la perspectiva de que todo esto se confirme en las urnas de octubre los hacen dudar a algunos justicialistas clásicos, que admiran en otros las mañas propias y que confiesan por lo bajo: "A Macri lo teníamos por un boludo (sic), lo queríamos para que hiciera el ajuste y pusiera presa a la señora; después veníamos nosotros de nuevo y restituíamos la normalidad. Pero ahora resulta que el boludo no le hace caso al círculo rojo y que nosotros no levantamos cabeza. Claudio Poggi no nos tuvo paciencia, no esperó la renovación, se metió en Cambiemos y les dobló el brazo a los Rodríguez Saá". Ese ejemplo exitoso les pone los pelos de punta, sobre todo en el marco de la visión descarnada de Pichetto: "Tal vez nos espere el llano en 2019". Demasiado tiempo a la intemperie. El chico del bridge juega cartas también con esa avidez peronista, y parece que no se va al mazo.

© La Nación

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