viernes, 28 de julio de 2017

Liderazgos hegemónicos que enfrentan un futuro incierto

Por Natalio Botana
Los temas dominantes en la opinión son nuestras próximas elecciones y el drama político y humanitario que sacude Venezuela. Ambos episodios están vinculados por una misma pregunta: ¿qué destino tendrán los liderazgos que, con pretensión hegemónica, reinaron a partir de los noventa del último siglo en gran parte de América del Sur?

La respuesta, aparentemente obvia, señalaría el crepúsculo de aquellas experiencias y acaso un oscurecimiento que muchos desean definitivo.

En el combate ideológico armado en torno a dos palabras que se disparan como proyectiles, el denostado populismo estaría pues cediendo posiciones frente al también denostado neoliberalismo.

Es una lucha de contrarios equipada con conceptos tan amplios que dicen muy poco para explicar y mucho para agraviar. En busca de alguna explicación podríamos constatar que los liderazgos hegemónicos transitan por dos caminos. Por un lado, el derrotero que los llevaría a la dictadura; por otro, el rumbo para alcanzar una revancha electoral. En el primero se debate Venezuela en un charco de violencia; en el segundo se juegan las apuestas electorales de la Argentina y Brasil.

Diferencias y coincidencias: en Venezuela las acciones diplomáticas no han logrado contener una degradación que marcha hacia la dictadura; en la Argentina y en Brasil, en cambio, el combate habrá de dirimirse entre este año y el próximo en el terreno electoral. Pese a las diferencias, sobre los dos caminos se proyecta la sombra de la sucesión entre regímenes opuestos.

En Venezuela este antagonismo es extremo. Dos regímenes se enfrentan en el espacio público con estructuras institucionales opuestas. Un gobierno heredero de Chávez, en el cual el componente militar y cubano es determinante, y una oposición atrincherada en una Asamblea Legislativa que acaba de designar su propio tribunal supremo de justicia. Para avasallar estos reductos, pasado mañana se designará una asamblea constituyente impulsada por Maduro, en contra de la opinión espontánea de casi siete millones de votos que, en un referéndum improvisado con apoyo de la Iglesia, rechazaron ese proyecto.

Mientras desde el campo diplomático se invocan sin cesar el diálogo y la negociación, en el campo que controla Maduro se responde con esta escalada. Poca utilidad han tenido esas acciones en la OEA o en el Mercosur debido a las divisiones entre países que condenan y otros que muestran un respaldo más o menos firme. Las dos naciones con mayor peso, Cuba y Estados Unidos, por ahora callan o lanzan bravuconadas al estilo de Trump. ¿Sacudirán los comicios del próximo domingo la molicie que embarga a la comunidad regional e internacional? ¿O acaso podrían suspenderse en aras de una concordia aún lejana?

Hasta prueba en contrario, el mensaje que Maduro ha dirigido al mundo se engarza con el destino histórico de las dictaduras: a mayor capacidad de coacción y de unidad en las fuerzas armadas, menores oportunidades de que las oposiciones hagan valer sus demandas de libertad y restitución del Estado de Derecho. La capacidad de coacción, tan débil en la represión del delito común (Venezuela tiene una de las tasas de homicidio más altas de la región, después de El Salvador y Honduras), aumenta en el plano político en la medida en que la corrupción ligada al narcotráfico y al manejo de los resortes del Estado tenga bien atadas, por las peores razones, a las fuerzas armadas.

En Venezuela el tiempo ha devorado las mejores intenciones de reconciliación. En Brasil y en la Argentina, el tiempo no tiene la característica de chapotear en la ilegitimidad, sino que se encarrila a través de los procesos electorales. Es un rasgo que, si bien nos coloca en las antípodas de Venezuela, no ha disipado la incertidumbre acerca de lo que vendrá. Ciertamente ésta es una nota distintiva de las democracias, pero, tanto en Brasil como en la Argentina, esas dudas tienen que ver con las reservas de popularidad que conservan los líderes derrotados.

Esta derrota fue tributaria de una falla en el mecanismo del control de la sucesión. La sucesora de Lula fue destituida en Brasil por el Congreso y los sucesores de CFK fueron derrotados en las urnas en 2015. Más allá de la impronta personalista, las hegemonías cayeron por no montar una sucesión que pudiese prolongarlas en el tiempo y permitiera a los líderes volver al poder luego de un período de ocho o cuatro años. Lo que se imaginó en nuestro país mediante una hipotética rotación matrimonial, frustrada por la muerte de uno de los consortes, fue suplantado, ante la necesidad, por una fórmula presidencial fracasada.

Ésta es la línea que nos separa de Venezuela: en la Argentina se respetó la regla básica de la democracia que consiste en la voluntad libre del ciudadano expresada en elecciones competitivas; en Venezuela esa regla podría ser eliminada el próximo domingo y en su reemplazo regiría otra al arbitrario servicio del Poder Ejecutivo. Se consumaría así el entierro de una Constitución que, paradójicamente, impulsó Hugo Chávez. Como se ve, hacer del carisma fundador una rutina no es nada fácil.

Sin embargo, aun cuando el control de la sucesión haya sucumbido por incompetencia o por hechos de corrupción, la popularidad de los líderes no decrece del todo. Este desconcierto proviene de la resistencia de las raíces hegemónicas en nuestras sociedades. Gracias a una coincidencia de tendencias positivas a principios de este siglo, que empujaron el crecimiento y el consumo popular, dos creencias apuntalan aquella vigencia: la creencia de que el pasado próximo fue mejor y la creencia del que el presente no resuelve nada y produce más daño. Esto se debe a que los gobiernos que suceden ese pasado pagan el costo de la pretendida fiesta popular.

Se trata de creencias en las cuales, como decía Ortega, la gente está instalada, y actúan como un velo que oculta otras realidades, entre ellas la más evidente de la corrupción. A ello se agrega otro factor relevante: ¿es acaso posible disponer de una justicia en forma, con calidad ética y procesal, y con la autoridad suficiente para combatir el flagelo de la corrupción? En Brasil, esa justicia existe y responde; en la Argentina, no. Lo cual demostraría que la querella de las creencias ha invadido también los estrados judiciales.

Estos combates son potenciados por el sistema electoral que combina PASO y elecciones cada dos años, y por el papel protagónico que en los comicios representa la provincia de Buenos Aires. Una mezcla que hace dudar a los inversores y pone en suspenso sus proyectos. Se comparan encuestas como si todo dependiese de unas opciones electorales circunscriptas a la megalópolis del conurbano.

No es así. Si observamos el panorama del país entero, es factible que ninguno de los regímenes en disputa -el que feneció en 2015 y el que procura afirmarse a partir de esa fecha- termine por prevalecer. Con vistas a 2019, el pronóstico es de un empate, sin mayorías en el Congreso, en que se pondría a prueba la voluntad de consenso entre fuerzas no contaminadas por la corrupción.

Se verá si esa voluntad existe y si los vínculos constructivos entre el Congreso y el Poder Ejecutivo podrán quebrar ese empate y superar el conflicto entre creencias antagónicas.

© La Nación

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