domingo, 2 de julio de 2017

La venganza de los humildes

Por James Neilson
Para los macristas, la pregunta clave es: ¿está dispuesta la gente a entregar el país a una banda de ladrones mentirosos, o preferiría que quedara en manos de personas honestas que saben cómo funciona el mundo moderno? Para los kirchneristas, es: ¿puede permitirse que una gavilla de ricachones desalmados siga depauperando a los humildes, como a buen seguro sucederá a menos que Cristina logre poner fin al reinado de terror de Mauricio Macri?

Aunque la mayoría contestara como quisiera el Gobierno, sus opiniones importarían menos que las de quienes luchan por sobrevivir en las zonas más fétidas del inmenso conurbano bonaerense. De estos dependerá el desenlace del prolongado torneo electoral que podría determinar el futuro del país.

Con razón o sin ella, casi todos tomarán las elecciones de octubre por un referéndum sobre Cristina. Creen que, si cosecha muchos votos, no sólo se salvará de la cárcel sino que, por un rato tal vez bastante largo, continuará desempeñando un papel preponderante en el gran culebrón político nacional, pero que si consigue menos de lo esperado, no tardará en verse consignada al calabozo de la historia como representante de un pasado vergonzoso.

En política, quienes apuestan a la racionalidad suelen perder. En octubre, habrá mucho más en juego que el destino personal de una señora que se las arregló para convertirse en el símbolo viviente de la corrupción sistemática y que, para más señas, simpatiza con personajes como el autócrata venezolano Nicolás Maduro, los asesinos seriales cubanos y los ayatolás iraníes, pero pocos lo ven así. El asunto sería otro si, además de robar, los kirchneristas hubieran gobernado bien, pero ocurre que, mientras duró “la década ganada”, estaban tan ocupados con sus propios negocios que apenas se esforzaban por administrar el país con un mínimo de eficacia. Por el contrario, en la fase final de su gestión, se dedicaron a armar una bomba de tiempo que, esperaban, estallaría antes de que sus sucesores pudieran desactivarla, un percance que les brindaría una oportunidad para regresar como salvadores de la Patria.

Si bien aún no se ha producido la explosión devastadora prevista, ello no quiere decir que haya fracasado el operativo retorno ideado por Cristina y sus cortesanos. Dejaron a los macristas una “herencia” socioeconómica tan pesada que no les ha sido posible concretar las muchas reformas que a su entender serían necesarias para que el país se pusiera en marcha; por razones tanto políticas como humanitarias, se han sentido obligados a mantener muy alto el gasto social y aplastante la presión impositiva. Asimismo, la conciencia de que aquí escasean empresas internacionalmente competitivas los ha hecho demorar el eventual desmantelamiento de barreras proteccionistas erigidas por gobiernos anteriores. En cuanto a la “lucha contra la inflación”, aquel flagelo que desde mediados del siglo pasado debilita al país, hasta ahora los resultados de los esfuerzos de Federico Sturzenegger por frenarla han sido decepcionantes; estamos atravesando otro año electoral en el que ser acusado de estar resuelto a aplicar un ajuste podría tener consecuencias nefastas para el oficialismo de turno.

Cristina dista de ser el único dirigente político que está procurando aprovechar en beneficio propio la triste realidad económica imputándola al salvajismo macrista. Con matices, también lo están haciendo Sergio Massa, Florencio Randazzo y sus respectivos compañeros que, lo mismo que la ex presidenta, quieren apoderarse de una parte mayor de la torta peronista. Como en todos los países democráticos del mundo, los opositores se ven constreñidos a tratar de convencer al electorado de que son mucho más sensibles, más humanos que los oficialistas que, por razones inconfesables o, quizás, por ineptitud congénita, se niegan a repartir dinero entre los pobres. Así y todo, a Massa y Randazzo no les es dado ser tan vehementes como Cristina; quieren hacer pensar que no son populistas clásicos sino personas responsables, Aunque es probable que, en el fondo, sus ideas en torno al manejo de la economía se asemejen mucho a las de Macri, la lógica electoral, además de cierta lealtad tribal, los obligan a subrayar las presuntas diferencias.

En lugares de tradiciones menos permisivas, Cristina, que se enfrenta con una multitud impresionante de causas judiciales muy graves, ya estaría entre rejas. El que, a pesar de tal inconveniente, siga cumpliendo un rol clave en la política nacional, hace comprensible la negativa de los observadores extranjeros a sacar el país del grupo de parias “de frontera” para incluirlo en el de los “emergentes”. Huelga decir que la situación sería muy distinta si, luego de enterarse de las hazañas cleptocráticas de la familia Kirchner, más bonaerenses optaran por abandonarla a su suerte, pero la verdad es que, para un sector numéricamente muy significante y bien ubicado del electorado, tales detalles carecen de importancia.

No será que, como aconseja Fernanda Vallejos, la elegida por Cristina para encabezar la lista de diputados en potencia en la provincia de Buenos Aires, los decididos a votar a favor de la señora crean que la corrupción K es “algo que inventan los medios”, sino que muchos ven en el robo un buen modo de vengarse de la sociedad cruel que los ha marginado. Para quienes piensan así, el aura de corrupción que rodea a Cristina y sus adláteres es un atractivo más.

Reaccionan frente a las denuncias que en teoría deberían hundirlos como hicieron sus antecesores ante las joyas coleccionadas por Evita; lejos de indignarse por las revelaciones acerca de los gustos carísimos de “la abanderada de los pobres”, se sintieron reconfortados y reivindicados cuando les informaron que en tal ámbito había logrado hacer sombra a muchas ricas.

Para amortiguar el impacto que en otros sectores tendría la evidencia contundente de corrupción, Cristina y sus fieles insisten en que, por razones ideológicas, el macrismo es peor. Dan a entender que, si bien a veces podrían apropiarse de algunos pesitos indebidos para financiar actividades políticas que en última instancia beneficiarían a las víctimas de la injusticia social, lo que quieren sus enemigos es imponer un orden neoliberal saqueador que es estructuralmente perverso. En una sociedad en que los empresarios no figuran entre las personas más admiradas, está resultando ser muy difícil persuadir a la mayoría de que a todos les convendría que la Argentina adoptara con entusiasmo el sistema económico, y los valores que le son propios, que en otras partes del mundo como Asia oriental e India está reduciendo con rapidez fenomenal el nivel de pobreza extrema. Mal que les pese a los macristas, un planteo emotivo casi siempre derrotará a los basados en nada más que la razón.

Lo saben muy bien los peronistas. Se ha esfumado tanto el credo que fue improvisado por el general carismático que lo único que aún permanece de él es un “sentimiento”; es como la sonrisa del gato de Cheshire que encontró Alicia en el país de las maravillas que quedaba flotando en el aire cuando el gato mismo había desaparecido. Así y todo, quienes dicen compartir aquel sentimiento que les es tan entrañable siguen dominando una franja amplia del espectro político nacional. Puesto que la fortaleza del peronismo se debe precisamente a su condición de “movimiento”, la voluntad de Cristina y Massa de dar la espalda al Partido Justicialista formal, dejándolo en manos de Randazzo, cambia muy poco. Si el hombre de los trenes logra privar de votos a los dos que se animaron a poner los pies fuera del plato, será gracias a sus cualidades personales, no al derecho a hacer uso de emblemas partidarios que a esta altura no sirven para mucho.

Dice Massa que Cristina se postula para una senaduría porque necesita los fueros parlamentarios para protegerse de la Justicia. Estará en lo cierto el tigrense, aunque es de suponer que la ex presidenta se atribuye motivos que sean mucho más respetables que el deseo de hacer del Congreso un aguantadero aprovechando medidas que fueron pensadas para garantizar la libertad de expresión de los legisladores pero que, andando el tiempo, se parecerían cada vez más a patentes de corso para malhechores.

Con todo, es por lo menos posible que Cristina realmente crea en su propio relato y que esté sinceramente convencida de que, con la ayuda de las recetas económicas que le entregan heterodoxos como Axel Kiciloff, pudo haber hecho de la Argentina un dechado de justicia social hiperproductivo pero que, desgraciadamente para todos, la frustró una alianza non sancta de imperialistas foráneos, periodistas malignos y traidores de su propio entorno. Asimismo, sorprendería que entre los kirchneristas más fanatizados no hubiera algunas personas honestas e inteligentes que, por odio al statu quo, se resisten a tomar en serio lo dicho acerca de su jefa espiritual y las deficiencias del “modelo de matriz diversificada con inclusión social”. A juzgar por la relación de tantos intelectuales venerados con el stalinismo, el maoísmo, y, antes de 1945, el nazismo hitleriano y el fascismo de Mussolini, los disconformes con el mundo tal y como es son capaces de creer en la superioridad de virtualmente cualquier alternativa, por fantasiosa que sea a ojos de los demás.

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