sábado, 29 de abril de 2017

CRUZADA OFICIAL / Ganar para cambiar

El Gobierno cree indispensable el triunfo electoral para actuar sobre la economía. Octubre, primer objetivo.

Por Roberto García
Hay segundo tiempo, la vida por delante. Como dirían en España. Y, exista o no un Plan B, se rezaga cualquier cambio económico para esa etapa final: la que comienza después de las elecciones. Se impuso este criterio dentro del Gobierno: la prioridad es la victoria del domingo 22 de octubre, una consolidación del poder macrista en todo el país, hasta supremacía de marca dentro del propio Cambiemos a través del PRO. Aspiración única, cruzada oficial.

Aun cuando el resultado general difícilmente altere las condiciones legislativas o la cantidad de bancas en las dos cámaras, mayorías o minorías. Pero el oficialismo entiende que no se trata de una anécdota electoral. Ha elevado el torneo de medio término electoral –y lo dice– a una ramplona cuestión de vida o muerte, de agonía o éxtasis. Ni siquiera pensaba igual María Eugenia Vidal hace pocos meses, cuando expuso su discrepancia en público por convertir en tragedia una pugna de medio término de imprecisa medición. ¿Acaso no perdieron Néstor con De Narváez o Cristina con Massa, y renacieron ambos mandatarios sin dificultades? ¿No ganó Cafiero un día y de jefe pasó a subalterno en la general con Menem? Hoy, claro, la gobernadora no reitera esa idea sensata, debe ir a la batalla como si fuera a la guerra por orden superior, le harán poner el pellejo más de lo que hubiese deseado, endosar innominados para ser dos años después de nuevo gobernadora. En fin, demasiado esfuerzo. 


Supone la Casa Rosada, para justificar su criterio maximalista, que la volátil sensación del triunfo le permitirá ejercer otro dominio político, sepultar “capas geológicas” de la oposición peronista y sindical y, en el segundo tiempo anunciado, propiciar cambios para un ordenamiento económico que el vulgo calificará de “ajuste” y los rivales políticos convertirán en campaña como el “segundo ajuste” que vendrá después de los comicios. Justo cuando cualquier estudiante de economía podrá decir que no hubo ningún ajuste con el actual gobierno. Curioso fenómeno de percepción: hoy empresarios y cátedra económica señalan que el Gobierno aumentó los gastos mientras gran parte de la sociedad, por la modificación del costo de la cartera familiar (alimentos, tarifas e inflación), estima que nada alcanza al podarle ingresos substanciales. Otra grieta, dirían los diarios.

Optimistas. Esta imposición de suspender medidas elementales describe otra característica del curso oficialista: no contempla la pérdida en las urnas, se nutre de un obstinado optimismo, monta un credo. Lo acaba de repetir el mismo Macri en los Estados Unidos, al sostener que dispone de un sólido respaldo popular a su administración, una lectura que se ampara en el acontecimiento del l° de marzo (*), cuando una masiva movilización improvisada, casi repentina, se le acercó a la Casa Rosada para fortalecerlo sin que se diera cuenta. Desde entonces ha magnificado esa expresión de clase media, tan infrecuente en su historia personal, casi considera el episodio como un plagio del 17 de octubre de l945 o la manifestación de la Libertadora del 55. O sabrá, tal vez, lo que no saben otros.

Un ortodoxo de la economía, vencido en la polémica interna, angustiado por acosar la inflación sólo con restricciones monetarias, confesó que él tolera la postergación de los recortes presupuestarios hasta después de las elecciones porque confía en el manejo de los tiempos por parte del Presidente. Era obvia, entonces, la pregunta: ¿Le parece que Macri, si gana, luego realizará los cambios que usted demanda? ¿No cree que la inmediatez de diciembre, siempre convulso por la protesta, le impedirá cumplir? ¿O que, tentado por una buena performance, supondrá que el gradualismo ha sido un éxito y que no vale la pena cambiar pensando en la reelección de 2019? Respuesta: “Yo le creo a Macri, en lo que dijo y reitera. En la Ciudad, hay que recordarlo, hizo lo que prometió en materia de presupuesto. Por esa razon, me quedé con él. Le creo”.

También debe creerle el ávido buscador de créditos Luis Caputo, a quien en la misma sintonía le atribuyen haber argumentado en el exterior que se aplazaban los cambios hasta después de las elecciones para no soportar agitación social, piquetes o desbordes. Algo semejante insinuó Dujovne en sus últimos viajes. Palabras de compromiso para responder las consultas habituales de empresarios extranjeros: ¿hasta cuándo acompañan los inversores cobrando tasas inauditas?, ¿no toman precauciones para retirarse luego de haber ganado mucho dinero?, ¿habrá cambios en el sistema tributario?, ¿pueden controlar la disparada de gastos en las provincias?, ¿se modificará el régimen laboral?, ¿no se han excedido en el gasto público?, ¿es viable un país con el actual tipo de cambio?, y el repetido ¿podrá volver Cristina a través del voto?, ¿el populismo ya es una cultura insalvable de la Argentina?

Si uno se limita al credo Macri, entonces, una mayor racionalidad económica imperará luego de las elecciones, un nuevo Plan B o el boceto actual corregido. Siempre y cuando, claro, salga airoso de la contienda en la que jura victoria por estar mejor preparado y sostenido que rivales y socios. Zanahoria para esperar el segundo tiempo y no contrariarlo. Aunque esos comicios con interpretaciones diversas sobre la cantidad de votos, totales o por distritos, un legislador más o menos, no le cambien la vida a nadie, como ya ocurrió en porfías pasadas. Salvo al ego de los protagonistas, ocultos o descubiertos, que competirán en octubre.

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(*) Aclaración de Agensur.info: Seguramente el autor se refiere a la movilización del 1 de abril.

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