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| Por Carmen Posadas |
Todos los años, a medida que se acerca el verano y por tanto mi cumpleaños, les doy todos ustedes la tabarra con mis neuras sobre el paso del tiempo, la pérdida de la belleza, la aceptación de la vejez y todo eso. Para alguien que como yo quería morir a los treinta (pensaba que nada muy interesante podía ocurrirle a uno pasada esa edad), haber llegado hasta los setenta y tres añazos que me caen en agosto, supone una sorpresa, también una victoria. Miro hacia atrás y pienso que no me ha ido mal del todo así que, al estilo Violeta Parra, diré gracias a la vida que me ha dado tanto. Pero lo malo es que ahora llega el tramo de vida más peliagudo. Por mucho que tantos digan que todo es cuestión de actitud, que la vejez no existe, que la edad no está en el DNI sino en mi espíritu y todas esas proclamas que tantos likes cosechan en Instagram, lo cierto es las palabras van por un lado y la biología por otro.








