![]() |
| Por Arturo Pérez-Reverte |
Hubo un tiempo —lo viví— en que para cruzar Europa hacía falta un pasaporte. Luego bastó un billete de avión. Hoy vale una aplicación móvil y la convicción de que Florencia existe para hacerse selfis delante de una estatua cuyo nombre importa un carajo. Pero quizá haya llegado el momento de invertir el proceso. Modestia aparte, he dado con la solución.
La Unión Europea, esa maraña burocrática capaz de convertir un envase de yogur en directiva de trescientas páginas, dedica informes, negociaciones y debates parlamentarios a los grandes problemas que atormentan a la civilización occidental: si los tapones de agua mineral deben girar a la izquierda o la derecha, si una ciruela ha de venderse en el súper con rabito o sin él, o si las compañías de bajo coste pueden vender vuelos-trampa por el precio de un café y luego cobrar extras por cada cremallera, cada bolsillo y cada molécula de aire que el incauto viajero —ahora llamado cliente— se atreve a respirar.








