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| Por Guillermo Piro |
El Papa es una cara. El Vaticano, en cambio, tiene memoria, archivos, bancos, diplomáticos, abogados, teólogos, espías de sotana y una paciencia que las democracias desconocen. Conviene no confundir una cosa con la otra.
El Papa aparece. El Vaticano actúa. Cada tanto se abre una puerta, sale un hombre vestido de blanco y el mundo se precipita a interpretar sus gestos. Si sonríe, hay apertura. Si frunce el ceño, preocupación. Si abraza a alguien, acercamiento histórico. Si no lo abraza, crisis. Se estudian sus manos, sus silencios, sus zapatos, el lugar donde se sienta y hasta la cantidad de segundos que dura una audiencia. La política internacional convertida en lectura de borra de café. Mientras tanto, el Vaticano trabaja.








