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| Por Jorge Fernández Díaz |
“El león no puede protegerse de las trampas, y el zorro no puede defenderse de los lobos”, advertía famosamente Nicolás Maquiavelo: el realismo político y la buena gobernanza se basan en la flexibilidad y en la adaptación a la cambiante coyuntura y al contexto histórico; la rigidez ideológica, por el contrario, enceguece y cristaliza al gobernante, y entonces el fanatismo que erróneamente alienta se vuelve un salitre del liderazgo, una paradójica emboscada mortal: “Hay que ser un zorro para reconocer las trampas y un león para ahuyentar a los lobos”, concluía el teórico florentino aludiendo al buen arte de esa dualidad.








