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| Por Jorge Fernández Díaz |
“Las cadenas del hábito son generalmente demasiado débiles para que las sintamos, hasta que son demasiado fuertes para que podamos romperlas”, advertía el polígrafo Samuel Johnson. Se ha hecho hábito en nuestro país -está aceptado como cultura política- un conjunto de patologías: la logorrea atrabiliaria, la grosería histérica, la destemplanza insultante, la exaltación de la discordia, el egoísmo más descarado, la manipulación más flagrante y la extravagancia más ridícula. Estos malos hábitos, que hoy se despliegan casi sin freno alguno, forman callos en la degradada conciencia colectiva, que permanece bajo anestesia creciente, y derivan menos de una estrategia deliberada e importada que del temperamento personal de un líder místico y populista propenso al dislate, y a quien el aparato oficial debe salir todo el tiempo a respaldar, justificar o traducir, a veces con ciclópeo esfuerzo.








