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| Por Jorge Fernández Díaz |
Algo que realmente me dolía e irritaba de mi padre -asturiano, mozo de bar e hincha de San Lorenzo- era que en la intimidad de nuestra casa nunca alentaba a la selección argentina -no importa contra quién jugara- como hacían otros paisanos. Tardé muchos años en comprender que, particularmente ante cualquier triunfo, algunos de sus parroquianos se volvían soberbios y agresivos; le enrostraban la superioridad nacional, buscaban humillarlo y le dedicaban, de paso, alguno de aquellos chistes tan simpáticos que durante décadas definían a los españoles como los seres más brutos e imbéciles del país. Qué risa, ¿no? Los “gallegos” nunca se victimizaron por esa “cariñosa” costumbre nacional que los estigmatizaba; la aceptaban con hidalguía.








