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| Por James Neilson (*) |
La Argentina es un país de instintos monárquicos en que muchos que habían fantaseado con destronar al rey Javier ya están procurando convencerlo de que en verdad son sujetos leales en que puede confiar. El fracaso de la rebelión en su contra obligó a revisar sus opciones no sólo a los barones provinciales y a aquellos legisladores que les responden, sino también a muchos otros.
Entre ellos están los que no tardaron en entender que, por ahora, no les convendría apostar al amorfo maremágnum peronista cuyos líderes no han conseguido idear una alternativa aceptable al “rumbo” propuesto por el gobierno nacional, pero saben que si deciden que sería de su interés volver a ser el movimiento que apoyaba a Carlos Menem, podrían terminar ocupando lugares incómodos en el furgón de cola del nuevo oficialismo. En cambio, si eligen oponerse frontalmente a la estrategia gubernamental, se verán acusados de querer que la Argentina siga siendo una cleptocracia dominada por una “casta” que es tan corrupta como inoperante.







