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| Por Jorge Fernández Díaz |
“Veo con preocupación esta deriva psicológica tan desajustada”, dijo Julio María Sanguinetti con dolida sinceridad y con su reconocida sensatez. Aludía, obviamente, al carácter desorbitado que mostró Javier Milei durante sus últimas incursiones mediáticas por España y también en sus peripecias surrealistas por la Argentina, donde pasó de la praxis del insulto abyecto a una nueva fase de graves acusaciones infundadas sobre extorsiones fantasmales y golpismos conspiranoicos.
Sanguinetti se refería, de un modo prudente y elegante, a un punto ciego de todo el análisis político: la tormentosa mente del León, lugar al que nadie puede acceder y por lo tanto desentrañar, lo que es todo un problema en un sistema hiperpresidencialista.








