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| Por Arturo Pérez-Reverte |
Lo siento, pero no. Puestos a setas o a Rolex, a hoteles de lujo cuando las circunstancias lo imponen, esto se nos va de las manos. Hasta los grandes establecimientos de toda la vida, que mantenían el decoro y maneras serenas de la noble hotelería europea, practican hoy una mal entendida modernidad. Anduve más de medio siglo por esos mundos, y sé lo que digo. Antes llegabas a un hotel habitual, el que fuera, y el mozo, el recepcionista, el conserje a los que conocías de siempre, saludaban con sobria y amable corrección, haciéndote sentir como en casa. Envejecían contigo, por así decirlo, con una complicidad hecha de años, conversaciones y propinas adecuadas. Más que empleados eran tus amigos.








