![]() |
| Por Arturo Pérez-Reverte |
Hay una guerra que no ocupa titulares de prensa: el mundo actual está en guerra contra la Ilustración y buena parte de lo que ella hizo posible. Porque hubo un tiempo en que Europa, con sus matanzas, sus hipocresías, sus impulsos depredadores y su talento para predicar virtud mientras limpiaba la sangre de la espada en el mantel del banquete, quiso también comprender el mundo. Buscó poner orden en el caos, sustituir el dogma por la duda, el privilegio por la ley, la obediencia ciega por el imperio de la razón. Casi tres mil años invirtió en esa idea y no siempre lo hizo con nobleza: a menudo la traicionó y otras la prostituyó; pero durante algún tiempo reconoció la existencia de un ideal superior a la tribu, el altar y el cadalso. Ese ideal fue la Ilustración y lo que ésta, a partir del siglo XVIII, hizo posible. Una Ilustración que Europa, su heredera, deja hoy morir con la misma estolidez satisfecha de quien vende la biblioteca del abuelo para irse una semana de vacaciones a Bali o al Caribe.








