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| Por Guillermo Piro |
Hay comparaciones que no se buscan: aparecen solas, como esas rimas involuntarias que uno detecta tarde, cuando el verso ya pasó y ya no hay forma de corregirlo. La política exterior, que presume de realismo, suele funcionar mejor cuando se la lee como literatura menor: exagerada, repetitiva, poblada de malas metáforas y de giros que se repiten hasta volverse eslóganes vacíos. En ese registro, ciertos episodios separados por décadas empiezan a dialogar entre sí, no porque sean idénticos, sino porque comparten una lógica torcida: la justificación del exceso cuando el exceso conviene. Lo excepcional, con el tiempo, deja de ser una anomalía y empieza a comportarse como método. Y cuando el método se estabiliza, deja de ser defendido: se da por sentado.







