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| Por Carlos Fara (*) |
Como lo señalamos en más de una oportunidad en esta columna, el problema de las derrotas políticas no es solo lo que no se gana, sino que también devela las falencias estratégicas del vencido (todo el mundo volvió a ver dónde renguea el perro). El gobierno que quería mostrar “el Congreso más reformista de la historia” se complicó innecesariamente por exceso de ambición. Los votos que necesita para mantener su impulso de cambio salen más caros ahora, después de esta semana de contratiempos.








