![]() |
| Por Guillermo Piro |
Hay libros que envejecen como las máquinas: se oxidan, hacen ruido, se vuelven incomprensibles. Y hay otros que envejecen como ciertas heridas: no se cierran, apenas cambian de forma, siguen doliendo en los mismos lugares, crujen en las mismas ocasiones. El talón de hierro pertenece sin dudas a esta segunda especie. Leerlo hoy no es un ejercicio arqueológico ni una curiosidad histórica; es una experiencia incómoda, casi física, que obliga a aceptar una evidencia desagradable que el siglo XX no solo lo confirmó, sino que perfeccionó.








