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| Por Arturo Pérez-Reverte |
El lenguaje es una trampa elegante, una máquina de poder disfrazada de diccionario. Lo dijo un fulano con acento francés y barba de catedrático: quien nombra, manda. Porque las palabras no solo describen, sino que deciden a quién aplaudir y a quién llevar al paredón. Y en esa tómbola del idioma español pocas palabras son tan significativas de lo que somos, fuimos o nunca dejamos de ser, como ninfómana y pichabrava. Las dos calcan con precisión quirúrgica nuestra moral sexual de toda la vida. La primera viene del griego —nýmphē, ninfa; manía, locura—. O sea, una ninfa loca. El término viajó con toga romana, pasó por los conventos medievales y aterrizó en el siglo XIX, donde los médicos de entonces, entre cigarro y cloroformo, diagnosticaban ninfomanía a cualquier mujer que demostrara más apetito sexual del que su esposo estaba dispuesto a conceder. Era el tiempo en que la histeria femenina se curaba con masajes pélvicos y duchas de agua fría, y el deseo femenino se clasificaba como patología nerviosa. Freud hizo negocio con eso. Si goza, está reprimida; y si no goza, también, dijo el muy cabrón. Ciencia moderna, la llamaban.







