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| Por Arturo Pérez-Reverte |
Hace veinticinco años escribí un artículo titulado La mochila y el currículum, tras cruzarme con un joven que buscaba trabajo repartiendo fotocopias con su título universitario; y me pregunté cuándo, en vez de currículum, ese chico
llevaría en la mochila un cóctel molotov. Ahora ya lo sé. Con frecuencia arden coches, destrozan escaparates y hay calles convertidas en sucursal del caos: policías, jóvenes encapuchados, violencia extrema y políticos
oportunistas: unos piden mano dura, otros quieren apropiarse del desparrame, aquéllos descubren una conspiración internacional o señalan a los inmigrantes, a la ultraizquierda, a la ultraderecha… Cada uno elige culpables
y se adorna con media verónica de superioridad moral. Al día siguiente barren los restos, los comerciantes se quejan, las aseguradoras buscan la letra pequeña y la tele anuncia el retorno de la normalidad. Una más, y hasta
la próxima. Lo extraordinario a estas alturas no es que jóvenes airados destrocen la ciudad donde viven. Lo raro es que nos sorprenda.