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| Por Arturo Pérez-Reverte |
Entre otras costumbres desagradables —en Venecia no todas lo son— esta ciudad tiene la de cerrar hoteles por obras, reformas y cosas así. El Danieli, refugio de viajeros fatigados, amantes, conspiradores y novelistas en busca de atmósfera, está envuelto en andamios. El Bauer, con su puntito más sofisticado —menos millonetis rusos, quiero decir—, también languidece entre albañiles y restauradores. Así que, como cuando los marinos eligen puerto según sople el viento, acabas recalando en el Gritti. Desde la ventana de la habitación donde trabajas puedes ver la Salute, blanca y solemne al otro lado del canal. Sobre la mesa está el manuscrito de la última novela para su corrección final: días intensos de trabajo, teléfono en modo avión, el mundo fuera, nadie que dé la barrila y tu restaurante de pasta favorito a diez minutos y tres puentes. Con cierta edad, eso se parece bastante a una fatigada felicidad.








