Por Andrés Vallone
Las protestas que atraviesan distintas sociedades europeas merecen una lectura que vaya más allá de las imágenes de manifestantes enfrentándose con la policía. Lo que está en discusión es algo mucho más profundo: la relación entre los ciudadanos, sus expectativas de futuro y la capacidad de la política para responder a sus demandas. Durante décadas, Europa construyó un modelo de bienestar basado en la estabilidad económica, la protección social y una promesa que parecía indiscutible: que cada generación viviría mejor que la anterior. Hoy esa certeza comienza a resquebrajarse. El costo de la vivienda, el deterioro del poder adquisitivo, las dificultades laborales de los jóvenes y la incertidumbre sobre el futuro están modificando el humor social. El problema ya no es exclusivamente económico. Es también una crisis de credibilidad institucional.








