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| Por James Neilson |
Hoy en día, pocas personas toman en serio la idea de Blaise Pascal de que, si la nariz de Cleopatra hubiera sido un poco más corta, el rostro de la tierra sería ahora distinto, ya que ella no habría logrado atraer a Julio César primero y, después de su muerte, a Marco Antonio, una aventura que terminó muy mal para ella y para su país que se vio incorporado al Imperio Romano. Al igual que la “teoría de los grandes hombres” de la historia decimonónica que fue formulada por Thomas Carlyle, tales nociones parecen demasiado elitistas. En cambio, en la “era de las masas” en que aún vivimos, está de moda asumir, como hizo León Tolstoi en un capítulo singular de su gran novela Guerra y paz, que el destino de un país depende mucho menos de las decisiones tomadas por individuos prominentes que de fuerzas sociales oscuras que son difíciles de detectar o medir pero que determinan prácticamente todo.








