![]() |
| Por Jorge Fernández Díaz |
“No es un presidente, es un profeta”, escribió Eduardo Bolsonaro sobre Javier Milei, celebrando su última clarividencia: el León había pronosticado el triunfo electoral de su hermano sobre Lula da Silva. Esa mera expresión de deseos lo transformó de pronto en un consumado adivino. La lisonja del hijo de Jair encierra, sin embargo, un significado más profundo: todos saben que a Milei le gusta menos su rol de jefe de Estado que el papel de augur de la “buena nueva”. Mark Twain, que era muy irónico e insidioso, decía que “un profeta no necesita mucho cerebro, es una profesión descansada”.








