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| Por Jorge Fernández Díaz |
Abraham Lincoln fue un presidente sin soberbia: dormía poco, visitaba hospitales, escribía cartas de consuelo a madres de soldados y soportaba las críticas con serenidad; nunca permitió que la guerra le robara el alma y, cuando sus partidarios le pedían venganza, se negó y dijo: “Con malicia hacia nadie, con caridad para todos”. Comprendió que el futuro de una nación no se construye sobre el rencor, sino sobre la misericordia. Es por todo esto, y también por la legendaria modestia de Lincoln, que Esteban Bullrich -un estudioso de su obra y de su biografía- lo elige como emblemático ejemplo de “liderazgo espiritual”. Así se denomina, precisamente, el último libro de Esteban, que publica Aguilar y que lleva una bajada emotiva: “Mi legado político”.








