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| Por Carlos Ares |
Te Leo Messi, como un cuento. Érase una vez un pibe jugador de fútbol tan chiquito que cuando corría detrás de la pelota sólo se le veía la cara. Los defensores, más altos, más robustos, se asomaban para intuir la intención del cuerpo oculto. Entonces la pelota, como si tuviera vida propia, hacía un semicírculo, los eludía, o pasaba entre sus piernas. El arquero, desesperado, tejía una tela invisible con los brazos, pero ese hombre araña no podía evitar que el gol se envolviera girando en su red.








