Por David Toscana
En una de sus cartas, el cura y escritor del siglo XVIII, José Francisco de Isla, termina diciendo que dirige sus oraciones “precisamente al único fin de que Dios me dé una buena muerte”. Si esta Nochevieja yo hubiese estado brindando con él, en el momento en que llegan las campanadas y se dan los abrazos y los buenos deseos, me habría costado trabajo decirle: “Querido José Francisco, ojalá este año te mueras bien”. No podría hacerlo aun entendiendo que sus deseos son los de un creyente, que se ajustan al adagio: “Quien bien muere, la mejor tumba tiene; quien muere pecador, tiene la peor”.








