![]() |
| Por Jorge Fernández Díaz |
El penúltimo diciembre pasamos una tarde en la isla Soledad bajo estricto protocolo militar y con ciento treinta deudos de la guerra de Malvinas. Después de haber escrito tantas crónicas y relatos sobre aquellos héroes ninguneados llegaba por estepas heladas al mítico cementerio de Darwin en compañía del hermano de un marino muerto durante el hundimiento del crucero General Belgrano. No era la primera vez que el hombre formaba parte de aquella misión humanitaria: acompañar a los familiares de los combatientes en ese último peregrinaje a las tumbas blancas. El Equipo de Antropología Forense, con técnicas modernas, fue rescatando e identificando uno por uno los cadáveres que figuraban en el limbo y bajo el poético pero triste lema “Soldado argentino solo conocido por Dios”.








