Por Guillermo E. Pintos
Se ha contado muchas veces, pero no está de más una vez más. Era 1987 y Miles Davis estaba en la Casa Blanca. Ronald Reagan lo había invitado a una cena de gala, uno de esos eventos donde el poder político se viste de cultura para darse un barniz de sofisticación. El problema era que casi ninguno de los presentes sabía quién era el hombre de traje impecable que sostenía su copa con la misma indiferencia con que solía darle la espalda al público en sus conciertos.








