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| Por Guillermo Piro |
Una novela puede ser cualquier cosa, cualquier calamidad, y algunas existen menos como obras que como gestos. Meow, por ejemplo, de Sam Austen, pertenece a esa zona incómoda donde la literatura se vuelve una pregunta dirigida al lector más que un objeto para ser consumido. Y conviene empezar por lo literal: meow no es una palabra cualquiera, es la descripción fonética en inglés de nuestro “miau”. Es decir: no nombra al gato, intenta reproducir el sonido del gato según el oído y la ortografía de la lengua inglesa. En esa mínima operación ya hay una poética: lo animal filtrado por lo humano, lo inmediato convertido en escritura.








