domingo, 1 de marzo de 2026

Ni compasión ni piedad

 Mauricio Macri. Según expresó el expresidente los pobres hoy viven mejor
que los reyes de ayer.

Por Sergio Sinay (*)

Existe una diferencia entre la piedad y la compasión, advierte la filósofa francesa Myriam Revault D’Allones en su libro El hombre compasional. Autora de trabajos que investigan los mecanismos del mal y de la autoridad en la política, D’Allones señala que mientras la compasión radica en sentir con el otro, compartiendo en carne propia su sufrimiento, la piedad consiste en observar ese dolor, y quizás entenderlo, aunque sin asumirlo. Sólo se siente piedad por el otro, subraya, si se teme sufrir su misma suerte. No se piensa en él, sino en uno mismo. 

En ese sentido la compasión iguala, en tanto la piedad establece diferencias o mantiene las ya existentes. El olvido de la identificación con el padecimiento ajeno, apunta la pensadora, es de reyes que se creen protegidos por designios divinos o de ricos que jamás temen volverse pobres. Hasta la Revolución Francesa los pobres no estaban incluidos en la perspectiva política. Y una vez producida aquella los jacobinos (el sector revolucionario más radicalizado y fundamentalista, que en nombre de la antimonarquía y la República lideró lo que se conoce como Reinado del Terror) inauguraron la política de la piedad o lo que D’Allones describe también como populismo de la piedad. Simulacro de compasión por el sufrimiento ajeno para usarlo, en nombre del “pueblo”, con fines y beneficios propios.

Entre la indiferencia de quienes, blindados por poder y riquezas, ignoran la presencia de amplias capas de desfavorecidos y la perversión de aquellos que los manipulan mientras mienten compadecerlos, los pobres son despreciados y, como escribió la pensadora alemana Hannah Arendt en su ensayo titulado Sobre la revolución, “no los censuran, no les reprochan nada, simplemente no los ven”. Su padecimiento, reflexiona D’Allones, es doble. Por su indigencia y porque, ocultos en la sombra, sus calvarios no ingresan en la memoria colectiva. En el caso puntual de la Argentina la deriva de los pobres va oscilando a través de los años entre el obsceno populismo de la piedad de unos gobiernos y la indiferencia inmoral de otros gobiernos que funcionan como oficinas de gestiones financieras, basadas en extravagantes teorías económicas, en las que los números remplazan a las personas.

De acuerdo con diferentes mediciones existen en el país más de 15 millones de seres humanos que viven la pobreza y más de 6 millones que sobreviven en la indigencia, es decir sin techo, sin comida y sin familia. Más un número indefinido, pero creciente de personas que batalla penosamente cada día para no engrosar aquellas cifras. La compasión está ausente en todas las propuestas políticas, sean oficialistas u opositoras, que (entre transas y escaramuzas subterráneas) niegan a las personas las condiciones para ejercer las tres capacidades que el filósofo y antropólogo francés Paul Ricoeur (1913-2005) consideraba esenciales para ser ciudadano en una democracia: poder hacer, poder decir, poder relatar y relatarse. Cuando, en vista del panorama y las cifras expuestas aquí, nada menos que un expresidente, como Mauricio Macri, dice que los pobres de hoy viven mejor que los reyes de ayer o un ministro de Economía en funciones aconseja a la población que compre ropa en Nueva York, como lo hace él “desde hace años”, no hablan sólo por sí mismos, sino como emergentes de una clase dirigente (casta que incluye a los unos y los otros, no olvidemos el amor de Cristina Fernández por Louis Vuitton, sin ir más lejos) que no sólo se ha vacunado contra la compasión, sino que ya parece también a resguardo de la piedad. Perdieron lo que Ricoeur llamaba la capacidad de ser afectados por el sufrimiento del otro. Y sin eso toda política es miserable.

(*) Escritor y periodista

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