lunes, 4 de julio de 2022

El alto el fuego de un Presidente más frágil y un Gobierno más débil


Por Claudio Jacquelin

El futuro sigue siendo una inconmensurable incógnita. La tregua en la cima del poder es solo eso. Un alto el fuego que no saldó las diferencias más profundas, personales ni políticas. Apenas un paracaídas remendado, abierto en medio de la caída libre.

Alberto Fernández es hoy un presidente aún más débil que ayer y el Gobierno, una ruina en proceso incierto de reconstrucción sobre cimientos inestables, con mayor incidencia del cristicamporismo de lo que pretendía el Presidente hasta unas horas antes de la definición.

Las casi 30 horas horas sin ministro de Economía fueron, en realidad, 30 horas de desgobierno y alienación, que no terminaron de cauterizarse y abren un horizonte de extrema complejidad. Todo es forzado y precario en la alianza oficialista. Hasta las soluciones.

La designación de Silvina Batakis como ministra de Economía es un cambio mucho más módico que el que las dificultades de la hora parecían demandar y fruto de una complicada y demorada negociación con Cristina Kirchner. Una negociación, que dejó a muchos candidatos de mayor peso propio en el camino y también afuera del Gobierno al presidente de la Cámara de Diputados, Sergio Massa. Con ellos se pretendía darle sustentabilidad política a la malherida gestión de Fernández, pero los terminaron arrastrando también en el proceso de desgaste general. Un tortuoso sistema de toma de decisiones que casi siempre termina logrando lo contrario de lo que se propone.

El salto de Silvina Batakis de subordinada de Wado de Pedro a ministra se parece demasiado a una tardía concesión de Fernández para lograr al final del día la tregua con Cristina Kirchner, con quien mantuvo una difícil conversación en etapas, interrumpida varias veces para abrir negociaciones paralelas ante las diferencias que costaba saldar, según varias fuentes.

También fue una singular forma de Fernández de preservar a algunos funcionarios y mantener resortes que hubiera debido ceder a Massa. La jefatura de Gabinete y el control de todas las áreas económicas eran las condiciones que el presidente de Diputados había puesto para sumarse al debilitado Gobierno. Demasiadas demandas para un Presidente cuya mayor audacia consiste en postergar las definiciones.

La flamante sucesora de Martín Guzmán en Hacienda tiene en su currículum un hecho que en estas horas cobra singular relevancia. Ella es la ideóloga del recorte de la coparticipación a la enemiga ciudad de Buenos Aires, adoptada en septiembre de 2020, para darle más fondos a la gestión de Axel Kicillof. “Eso la convirtió en una ídola de Cristina y La Cámpora”, reveló una fuente con acceso privilegiado al Instituto Patria. Esa medida significó la primera rendición de Fernández al cristicamporismo, que le exigía romper la sociedad pandémica establecida con Horacio Rodríguez Larreta.

Desde la Casa Rosada se esmeran por subrayar que llega por decisión de Fernández y destacan entre los atributos de la ministra su experiencia en la gestión pública, en la que sobresale su pasado como ministra de Hacienda bonaerense con Daniel Scioli, y el vínculo que en esta gestión estableció con los gobernadores peronistas, a los que asiste con los recursos que discrecionalmente maneja el gobierno nacional.

Esas dos actuaciones permiten mostrarla como una conocedora de la administración de fondos públicos y con buen diálogo con sus interlocutores, sobre todo si son amigos. En la gestión Scioli, Batakis oficiaba de enlace con el gobierno de Cristina Kirchner para destrabar el arbitrario giro de aportes con el que el kirchnerismo sometía al gobernador.

En cambio, el Gobierno no puede exhibirla como una ministra con el peso específico propio, la trayectoria y el reconocimiento técnico que la crisis económica financiera parecía requerir y que sí reunían otros candidatos, cuyos nombres el Gobierno meneó con escasa discreción. Los operadores económicos miran ahora con escepticismo y más que moderadas expectativas la nueva etapa que se abre. Esperaban otra cosa, sobre todo porque las fuentes oficiales con las que se relacionan los habían ilusionado con que así sería. Otra decepción que abre un nuevo período de incertidumbre agravada. Es lo que había y lo que hay.

La nueva arquitectura de la administración es ahora apenas un remedo de reconfiguración forzada del oficialismo, en el que el empate interno que trabó hasta ahora la gestión no queda tan claro que se haya destrabado. O, peor aún, que solo se haya resuelto con una concesión a desgano de Fernández para mostrar que la nueva ministra cuenta con el apoyo presidencial y vicepresidencial. Una resolución a la que llegó luego de haber intentado muchas salidas contradictorias, en las que terminó enredado y reforzando la imagen de un Presidente confundida y sin rumbo.

El sistemático trabajo de demolición conjunta del Gobierno que hicieron Fernández y Cristina Kirchner, coronado por el portazo de Guzmán, deja un Gobierno al que no es fácil de reparar ahora. Menos darle sustentabilidad. Y todavía quedan 15 meses de mandato por delante.

Para el Presidente, el fin de semana no pudo ser peor y no le augura un futuro más venturoso para su imagen, al menos en lo inmediato. Todo dependerá de los resultados que logre. Hoy tendrá su primera prueba de fuego en los mercados.

La negociación que Fernández se negó a establecer con su vicepresidenta durante más de un día terminó viéndose lo que justamente él no quería que fuera era: una rendición. Una resistencia más autodestructiva que inútil. Otra más de una larga lista que empezó con su mandato.

El Presidente se opuso a reunirse o hablar con quien lo llevó al “poder” (y se lo licuó) hasta que quedó con su intransigencia en la más absoluta de las soledades. Ni los que les habían sido fieles hasta casi la inmolación personal lo acompañaron en su tozudez hasta el final. Todos le pedían que dialogara. Ninguno quería entrar en el infierno. Y nadie puede responder con certeza qué buscaba Fernández sin tener que llegar a especular con la presencia en su ánimo de una pulsión casi suicida. Solo podría explicarlo que quizá el Presidente siente que sobre él pesa una condena sin indulto posible, que arrastrará durante el tiempo que dure al frente del Poder Ejecutivo.

Nada de lo que se acaba de inaugurar parece sencillo. Las últimas manifestaciones de una Cristina Kirchner revitalizada por las defecciones de Fernández delinearon un rumbo económico que parece difícil de compatibilizar con lo que pretendía hasta anoche el Presidente. Aunque la propensión a la negación de Fernández y la capacidad de autoabsolverse en sus contradicciones que tiene la vicepresidenta podrían resolver ese conflicto.

Las rotundas definiciones de la expresidenta y los suyos en contra de políticas de racionalización (para no decir ajuste) del gasto del Estado o de reducción del déficit fiscal deben matizarse a la luz del objetivo superior que ella misma persigue y que con obscenidad admitieron los intendentes que la escoltaron en el acto de Ensenada, mientras Guzmán renunciaba. Si lo único que de verdad importa es no perder las próximas elecciones, todo es posible.

Batakis le da la tranquilidad de que no habrá ningún giro abrupto hacia una reducción severa del gasto. Y, como dijo Andrés “Cuervo” Larroque, le permitirá a ella oficiar de garante. La mayoría de los economistas descree de que esa pueda ser una salida viable y exitosa dada la profundidad de los desequilibrios económico-financieros. Para estos, todo se parece a una solución provisional, incapaz de restablecer la confianza.

De todas maneras, ante alguna medida indeseada la vicepresidenta estaría dispuesta hacer silencio como graciosa concesión si es que en el mediando plazo sirviera para mejorar las chances electorales, pero siempre sin bajar ninguna de las banderas que sostienen su capital simbólico. Sería un nuevo desdoblamiento escénico entre la pretendida mujer de Estado y la jefa política. La urgencia puede satisfacerle provisionalmente esas aspiraciones. Pero será difícil sostenerla en el tiempo. Y mucho más alcanzar el éxito final.

Por lo pronto, Cristina consiguió su primer objetivo: reducir casi hasta la inexistencia cualquier vestigio de albertismo, recobrar la centralidad absoluta en el oficialismo y lograr la rendición, al menos temporal, de los peronistas que hasta hace unos pocos menos meses intentaban dar por superada la hegemonía cristicamporista. Aún así, sigue atada a la suerte de Fernández y nada le asegura que quedará a salvo.

Si los problemas de la economía tenían hasta anoche su raíz causal más profunda en la política, por las extravagancias y contradicciones de la colisión gobernante, nada parece haberse solucionado de fondo.

La alianza oficialista es un nuevo intríngulis. Sergio Massa, que durante 24horas apareció apareció como el conductor designado de un barco averiado, que tenía en el puente de mando a dos capitanes peleados y embriagados de internismo, terminó en tierra sin premio alguno. Si nunca había tenido demasiada fe en el arrojo de Fernández y en todo momento se movió con enorme cautela, la definición lo deja más lejos del Presidente y un poco más gastado que cuando el sainete empezó con la salida de Guzmán.

Todo es producto de un intento desesperado y precario de evitar (o postergar) el choque inminente al que se encaminaba el Gobierno, precipitado por la aceleración que le imprimió a la crisis la sorpresiva renuncia del ministro de Economía. La solución es tan original como el gobierno que engendraron los Fernández. Todo es provisional.

© La Nación

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