jueves, 13 de mayo de 2021

Psicópatas

 Por Juan Manuel De Prada

Son muchas las películas y novelas de diverso fuste y pelaje que han popularizado la figura del psicópata, convirtiéndolo en un emblema de nuestra época; y, en ocasiones, en el héroe o antihéroe de un tiempo oscuro que, a la vez que se horroriza, se regodea en su figura, con una fascinación creciente (hasta el extremo de que, en muchas series televisivas recientes, los psicópatas se convierten en personajes diseñados para provocar la ‘empatía’ de las audiencias cretinizadas).

Por otro lado, a través de los medios de comunicación, es cada vez más frecuente tropezarnos con casos que hielen la sangre en nuestras venas de psicópatas que perpetran los crímenes más abominables, con pasmosa frialdad, con ensañada premeditación y absoluta falta de remordimiento.

La psicopatía no es un trastorno mental (como lo es, por ejemplo, la esquizofrenia), sino un trastorno de la personalidad que no implica necesariamente incurrir en un comportamiento criminal. A los psicópatas la psiquiatría los describe como individuos pragmáticos, manipuladores, mentirosos, egocéntricos, antisociales (pese a gozar con frecuencia de un magnetismo innegable), impulsivos por naturaleza (pero en ningún caso nerviosos), carentes de empatía, irregulares en sus estados de ánimo, con una vida sexual deshilachada y deshumanizada y unas relaciones sentimentales inconsistentes que –en caso de existir– son un cúmulo de fingimientos. El psiquiatra alemán Kurt Schneider, que se dedicó a diseccionar y clasificar las diversas personalidades psicopáticas, destacó que existen psicópatas hipertímicos (es decir, eufóricos e hiperactivos), depresivos, inseguros, fanáticos, necesitados de estima, abúlicos, asténicos… Aunque el elemento unificador de su conducta sea siempre la ausencia completa de sentimiento de culpa o de remordimiento.

El análisis de los rasgos de carácter y la descripción de los modelos de conducta propios de la psicopatía nos confronta con una realidad pavorosa. ¿No son, acaso, los rasgos de carácter y los modelos de conducta que nuestra época ha consagrado? ¿No podríamos, acaso, describir a muchos de nuestros políticos y a nuestros ídolos mediáticos (los que mayor aclamación popular provocan) como individuos manipuladores, mentirosos compulsivos y egomaníacos furibundos que disfrazan su odio al género humano con un magnetismo acaramelado? ¿No son las relaciones sexuales despersonalizadas y la falta de vínculos afectivos las propias de la era Tinder? ¿Acaso la hipertimia y la depresión, la inseguridad y el fanatismo, la abulia y la astenia, no son afecciones propias de un tiempo hipertecnologizado en el que la vida ha perdido sustancia y trascendencia? Y, sobre todo, la ausencia completa de culpa o de remordimiento ¿no se ha convertido en la característica más notoria del Homo democraticus, incapaz de hacer un discernimiento moral de sus acciones? El gran inquisidor de Dostoievski lo explicaba maravillosamente bien: «Les permitiremos pecar, ya que son débiles, y por esta concesión nos profesarán un amor infantil. Les diremos que todos los pecados se redimen si se cometen con nuestro permiso. Y ellos nos mirarán como bienhechores, al ver que nos hacemos responsables de sus pecados ante Dios».

Hasta el momento no se ha encontrado una cura para el trastorno psicopático, ni tampoco rehabilitación posible. Y, entretanto, los crímenes de naturaleza psicopática son cada vez más frecuentes. Nadie, sin embargo, se atreve a explicar las causas de su proliferación. Y tampoco nos atrevemos a explicar las razones por las que sus crímenes sombríos nos despiertan tanta fascinación. No tenemos valor para designar la enfermedad moral que anida detrás de esa fascinación, ni la causa de la proliferación de las conductas psicopáticas, porque íntimamente sabemos que nuestra época es el vivero perfecto para este tipo de trastorno; porque íntimamente sabemos que tales monstruos –aunque nos repitan hasta la extenuación que están determinados por un código genético que los configura fatalmente– son hijos de un determinado clima social y espiritual. Y ese clima que contribuye a la floración de caracteres psicopáticos es el que promueve nuestra época, con sus nuevas formas de vida desvinculadas y artificiosas, con su abandono de Dios, con su negación de los frenos morales, con su dependencia tecnológica, con su solipsismo incapaz de ver en el prójimo otra cosa que no sea un instrumento para la satisfacción de sus intereses egoístas. Los psicópatas –como el lector hipócrita de Baudelaire– son nuestros semejantes, nuestros hermanos, hijos de las fuentes envenenadas de las que todos bebemos con fruición. Hijos de un tiempo podrido que es el nuestro.

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