sábado, 29 de mayo de 2021

La pandemia y la crisis, en sus horas más oscuras


Por Sergio Suppo

La ola de Covid que un mes atrás estremeció los indicadores sanitarios de la zona más poblada de la Argentina ahora golpea el interior profundo del país.

La foto de la agonía de Lara Arreguiz en el hospital Iturraspe de la ciudad de Santa Fe retrató el instante más indeseado y temido de la pandemia. La imagen de una chica de 22 años que aguarda la muerte tirada en una sala de espera resume una situación que empieza a replicarse.

El sistema de salud de muchas ciudades y pueblos ya fue superado o, en el mejor de los casos, está en el límite que separa la atención posible de la muerte sin asistencia. Desde las terapias intensivas ya resuena un pedido de los héroes que luchan contra el coronavirus desde hace más de un año: reclaman garantías para seguir trabajando y las salvaguardas necesarias para el momento de las decisiones más extremas. Dicho sin eufemismos: los médicos ven llegar el momento en el que tendrán que decidir a quién le sacan el respirador.

En esos lugares apartados de las guerras políticas, la carencia suele ser un dato mudo y sordo salvo cuando estalla el latigazo de una imagen viralizada en las redes sociales, como la que anunció la muerte de Lara.

En esta hora límite, el colapso sanitario no está solo. Inquietantes signos de desobediencia social se advirtieron en las protestas del 25 de Mayo, sobre todo las que involucraron a pequeños comerciantes. Los datos de ese resquebrajamiento son palpables en extendidas zonas del conurbano bonaerense, donde los intendentes hacen que no ven que muchos negocios siguen abiertos pese al encierro estricto.

Lo que se está jugando ahí es la propia subsistencia de pequeños emprendimientos que incluyen a miles de trabajadores que acompañan a sus empleadores en el desafío de abrir para vender, aunque sea lo mínimo.

Por anunciado, el momento carcome viejas relaciones y esquemas elementales de poder hasta en las comunidades más pequeñas. Ahí, en ese interior alejado de la Capital Federal, se multiplicaron esta semana las manifestaciones frente a los domicilios particulares de intendentes y las airadas protestas en concejos deliberantes. Grupos significativos en ciudades y pueblos que viven de lejos las peleas en el poder nacional podrían estar también reconfigurando sus relaciones con las autoridades más próximas. No todas las olas nacen en los puertos, pero terminan impactando en ese lugar central de las decisiones.

La desesperación nubla las decisiones y provoca la negación irracional de hechos irrefutables, como que el sistema de salud está colapsado. Hay quienes, en forma temeraria, eligen el riesgo de trabajar antes que exponerse a perderlo todo por no haber intentado seguir produciendo.

El “yo les avisé” que Alberto Fernández proclamó cuando anunció la nacionalización de las medidas adoptadas para la ciudad de Buenos Aires y el conurbano suena, en ese contexto, como un nuevo acto de desprecio para las víctimas de la asfixia económica que provoca la pandemia. Es extraño que el responsable de evitar las desgracias se vanaglorie de que finalmente estén ocurriendo.

¿Nada pudo hacer Fernández para conseguir más vacunas sin dejarse arrastrar por las veleidades geopolíticas de su jefa? ¿No es acaso el agotamiento de miles de empresas el resultado de una larguísima cuarentena que tampoco resultó eficiente para evitar una segunda ola? Mejor no recordar el vacunatorio vip, cuya secuela continúa. Los jóvenes militantes kirchneristas ya no suben sus dosis haciendo la V en Instagram, pero se multiplican los grupos sindicales y piqueteros que piden y obtienen el beneficio de ser inmunizados antes que el resto. Es desde el kirchnerismo, antes que desde los comerciantes desesperados, que se activó un sálvese quien pueda que fue registrado por las víctimas de esas maniobras despreciativas.

Cristina defiende su clientela concentrada en las zonas más pobres del conurbano. Y eso genera consecuencias que el resto del país observa y lamenta.

Ejemplos: un obrero de Rosario paga el doble un boleto de colectivo que un trabajador de La Matanza, solo porque Cristina y Alberto decidieron que la proporción de subsidios al transporte sea de 10 a 1 a favor del conurbano y en desmedro del resto del país. Alberto pegó un golpe en la mesa durante una entrevista para decir que el aumento de la electricidad será del 9%. Le falta decir que solo para el AMBA; el resto del país ya tiene acumuladas subas de más del 20 y se espera que nuevos ajustes acompañen la inflación.

No hay que ser economista para saber quién y a qué costo unos les pagan a otros el boleto y la luz.

Nada es gratis. Fernández y Cristina Kirchner reciben antes que nadie el desprecio agregado a sus desatinos en el manejo de la pandemia en las zonas del país donde el esfuerzo del trabajo privado predomina por sobre la hegemonía del empleo estatal o las ayudas masivas a millones de argentinos empobrecidos.

No hay sondeo nacional que no verifique la caída hacia niveles mínimos de la imagen de la gestión del gobierno nacional. Bien mirado, esos indicadores muestran que al binomio lo respalda solo el núcleo duro del kirchnerismo original y que han tomado una distancia por ahora provisoria los sectores medios y medio bajos que huyeron de Macri por el fracaso de su gestión económica.

Mal de muchos, los indicadores que en el promedio de todo el país reducen el apoyo al oficialismo también muestran un considerable desdén hacia la gran mayoría del resto de la dirigencia política. Los punteros en mejor imagen están arriba con porcentaje que en circunstancias normales tendría un equipo de mitad de tabla.

Nada nuevo ocurre en la Argentina si se mira con un poco de detalle el rechazo a los sistemas políticos que detona fuertes crisis políticas en toda la región, de Chile a Colombia, de Brasil a Perú.

La celebración de los logros en el manejo de la pandemia desde donde se despeña la imagen de Fernández terminó enredada en explicaciones sobre las vacunas que llegan tarde. Y expuso el error de cálculo de ya no contar con recursos sanitarios y de tener que prevenir la llegada de la segunda ola con nuevos encierros que liquidan empresas y empleos.

Las horas más oscuras han llegado. La ruindad y las miserias serán ahora más visibles que nunca.

© La Nación

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