viernes, 12 de marzo de 2021

De vuelta

 Por Isabel Coixet

Hay momentos en que hasta me hace gracia estar de vuelta de muchas cosas. Cuando alguien, por enésima vez, intenta explicarme algo que yo he argumentado por activa y por pasiva desde hace décadas. Cuando siento que no hay tantas cosas que me produzcan una ilusión extática y desmesurada (eso a veces me entristece). Cuando veo que todo lo que he defendido a lo largo de mi vida y mi carrera es vilipendiado e insultado por algún mequetrefe descerebrado que ni siquiera sabe quién soy o qué he hecho. 

Cuando me veo escuchando y viendo cómo copian, sin ningún reparo, cosas que he escrito y he filmado, sin citar la fuente, y, encima, copiándolo mal, que ya tiene delito (cuento aquí todas las veces que he recibido cortos y manuscritos titulados La vida sin mí). Supongo que es inevitable en la vida de un autor que, cuando has desarrollado una larga carrera, te salgan detractores y falsos admiradores y exégetas exagerados y personas que se toman demasiado en serio cosas que ni tú misma te tomas en serio. Sé que ese escaparme continuamente de clasificaciones y etiquetas y cajitas tiene un precio, aunque no sé dónde está escrito que todas las cosas buenas de la vida tengan que tener un precio. Supongo que es de las pocas cosas que he conseguido: que soy consciente del trabajo que he realizado y, a la vez, capaz de reírme de mi sombra, algo que aconsejo siempre que puedo y tengo ocasión, y es probablemente el mejor consejo que puedo dar para mantener el equilibrio y la salud mental. Las personas que se toman demasiado en serio acaban siendo parodias de sí mismas, como los personajes de un gran guiñol, triste, solitario y final. Como Norma Desmond acercándose a la cámara de Erich von Stroheim al final de Sunset Boulevard.

Pero lo cierto es que, aunque no quiera, estoy de vuelta. De muchas cosas. De las palabras vacías, refritos de otras palabras no menos vacías. De los discursos huecos. Del buenismo, pero también del ‘malismo’, esa infantil obsesión por enaltecer a los malos de la película. De los que descubren la sopa de ajo, haciéndola pasar por crema de tupinambur. De percibir el miedo general a decir lo que se piensa y disfrazarlo de palabras rimbombantes que sólo esconden la falta total de criterio propio y las ganas (que en otro tiempo yo tuve) de que te acepten, de pertenecer. De todas esas cosas que constituyen el noventa y cinco por ciento de lo que escuchamos en los telediarios y leemos en los periódicos. A veces, escuchando o leyendo ciertas cosas, me sorprendo interpelando a una pantalla o a una portada de periódico con un silencioso «¿pero estáis tontos o qué?». Sé que voy a ser una vieja cascarrabias y deslenguada y ya me relamo con el momento en que no sólo podré decir que estoy de vuelta, sino que mi «¿pero estáis tontos o qué?» resonará atronador en las calles de mi castigada ciudad, donde la gente se llena la boca con ese gran concepto de la ‘libertad de expresión’ mientras queman magnolios (ya se han aburrido de los contenedores), roban chándales de Versace o patinetes eléctricos o tabaco o no hacen el mínimo esfuerzo por entender qué es la libertad y qué es la expresión.

Podría decir que estoy de vuelta o también podría decir que estoy harta. Igual la hartura conoce límites y estar de vuelta no. En todo caso, si escucháis una voz trémula, algún día en cualquier esquina, gritando «¿pero estáis tontos o qué?», seguramente seré yo.

© XLSemanal

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