domingo, 20 de diciembre de 2020

Todavía en 2020

 Por Javier Marías

Hace no demasiado —quizá en 2018— establecí una comparación entre los años transcurridos de este siglo y los correspondientes del pasado, y, admitiendo cuán mal nos pintaba todo, me daba con un canto en los dientes por no haber padecido nada equiparable a la Primera Guerra Mundial y a la gripe de 1918-1920, que mató entre 50 y 100 millones de personas. No podíamos imaginar que algo semejante a aquella epidemia se iba a abatir sobre el mundo en 2020. Confiemos en que los fallecidos por coronavirus, con ser ya muchos, no se aproximen a los de 100 años atrás, aunque ahora la Tierra esté abarrotada de la gente más atolondrada, egoísta y temeraria de la historia.

La incapacidad de renunciar a nada se está viendo ya en la temporada “prenavideña”. El primerísimo fin de semana de este mes las calles céntricas y comerciales se atestaron como si aquí nada ocurriera. Se advirtió que las próximas semanas son cruciales y que, lejos de relajarlas, hay que extremar las precauciones si no queremos una tercera ola brutal en enero. Ha sido en vano: “Ay, es que tenemos que salir a comprar y a tomar algo con amigos”; “Ay, cómo vamos a quedarnos sin fiestas”; “Ay, cómo no vamos a besarnos en Nochevieja”. Uno se pregunta qué más necesitan para entender, demasiados individuos. Si un año no hay eso, tampoco es grave, y el perjuicio de que lo haya es descomunal, para el país y para cada uno. ¿Semanas de hospital, si no algo peor, por trasiegos familiares con achuchones o unas copitas amistosas? En verdad carece de parangón el grado de tontería y de intolerancia a mínimas frustraciones. A la vez, las autoridades prohíben y hacen cuanto está en su mano para que se desobedezcan las prohibiciones. Si la iluminación de las calles, los mercadillos, los horrendos árboles falsos y los belenes atraen a las masas y las incitan a aglomerarse, ¿por qué diablos los han colocado? Los alcaldes que han incurrido en eso —los de Madrid y Vigo a la cabeza— deberían ser llevados ante el juzgado de guardia, por imprudencia con probabilidad homicida.

Ha sido un año raro y triste, obviedad insoslayable. Saber que de aquí a un tiempo la epidemia habrá pasado —como ocurrió con las de siglos peor preparados— no consuela mientras dura, porque nadie sabe a quién le tocará sufrirla antes de su cura o su marcha. Comprendo los anhelos de normalidad, tras once meses de temor, pena, incomodidades, sin ver a los nuestros, confinados en casa o saliendo poco, buscando qué hacer con nosotros mismos. Las ansiedades y depresiones se han disparado, el insomnio y las pesadillas, el ánimo está agotado. Pero hay que aguantar algo más. Cierto que en marzo confiábamos en que ese “más” fuera breve. Cada mes que transcurre confiamos en lo mismo. Pero es que es así como se sale adelante. Han enfermado o muerto personas que apreciaba enormemente (no todas por el virus, en absoluto), y a los demás les habrá sucedido otro tanto. Sé de gente que lleva todo este tiempo sin concentrarse en nada, pasando las horas, esperando inactiva o semiparalizada. También sé de otra con gran entereza, que, sabiéndolo o no, ha seguido la recomendación de Burke que con anterioridad he citado: “No desesperéis jamás. Y si desesperáis, continuad trabajando”. He procurado aplicármela: en 2020 he escrito 403 páginas de Tomás Nevinson, que, como conté, terminé a finales de octubre, y además 58 artículos o similares. No me basta, con todo, para darme por contento: una de nuestras maldiciones, supongo que como especie, es que nos cuesta decirnos: “Con esto he cumplido. Voy a descansar, o a jubilarme”. Ese es mi caso al menos.

Pero no se me escapa que debería congratularme un poco, si pienso en los que se han sentido sencillamente superados o impotentes. He permanecido activo, he logrado abstraerme a ratos, he alcanzado un leve equilibrio. He vuelto a ver películas inolvidables que tenía borrosas. He leído bueno y malo, he oído música —las escasas obras de Jean Gilles con insistencia, que aún suenan a los 315 años de su muerte, entre las que hay un Réquiem alegre—. He paseado por una ciudad más agradable y humana de lo que venía siéndolo, con la demente invasión turística. Sé que eso ha dañado a incontables negocios, pero hay que encontrar modestas ventajas a lo que no tiene ninguna. He hablado más con las pocas personas que veo, mi excelente ayudante Mercedes, mi “housekeeper” Aurora (mucho más que una asistenta), la portera Lola, la panadera Fanny, el fotocopista Arturo, que habrá de cerrar a fin de año, mi amigo Tano, mi editora Pilar, mi médico y compañero José Manuel, atentísimo; y por supuesto mi mujer, Carme, con la que pasé confinado 4 meses y a la que ahora hace 3 largos que no veo… Todos me han dado alegría, y sentido a mi día a día. Uno se conforma con lo que tiene, en todas las circunstancias. Y, por absurdo que suene, sé que, cuando esto acabe, habrá aspectos de este infausto periodo que echaré de menos. Como me considero corriente, estoy seguro de que no serán pocos los que pensarán: “En algunos sentidos no estábamos tan mal, después de todo”. Respiré aliviado cuando 2019 llegó a su fin, para mí no fue buen año. Espero que esta vez el alivio al despedir 2020 nos resulte a todos justificado…

© El País (España) 

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