sábado, 31 de octubre de 2020

Un presidente para usar y descartar


Por Héctor M. Guyot

La escena política cambió esta semana. La Justicia impuso la ley en sentencias que fueron acatadas. Las usurpaciones en Guernica y en el campo de la familia Etchevehere eran casos testigo de un fenómeno anárquico que se multiplica en el país con la anuencia de una parte del oficialismo (o con su protagónico, ya que Juan Grabois es un aliado de la vicepresidenta). 

Con esos fallos, la Justicia dijo que no convalida el delito aun en los casos en que el poder lo promueva o apañe. En un país en que la ley y el relato pulsean con resultado abierto y sin lugar para el empate, no es poca cosa. Es cierto, falta que la racionalidad del Estado de Derecho se extienda de la misma forma a otras tomas, como las de Villa Mascardi, y sobre todo falta la definitoria sentencia de la Corte Suprema sobre el caso de los jueces Bruglia, Bertuzzi y Castelli, pero hoy el músculo del brazo de la ley parece un poco más firme.

La pulseada en la que se juega la suerte de la Argentina tiene resultado impredecible. La carta de Cristina Kirchner lo confirma. Aunque omnipresente, la vice ocupó con ella el centro de la escena para recuperar, desde allí, el control. Actúa sin pausa desde el Senado, apoyada en la verticalidad que desde la cima ejerce sobre los suyos, pero la efectividad de ese ejército disciplinado estaba reclamando un cambio de lubricante; es decir, una reorientación estratégica del relato. De allí la carta. Cristina no aparece, no se muestra. Ella es solo su voz y con eso domina. Relato puro. La carta es más de lo mismo. Allí se martiriza, rehúsa hacerse cargo de sus actos, marca y demoniza al enemigo, humilla a los suyos. También, con astucia, le dice a cada cual lo que quiere escuchar y hasta logra que sus palabras expresen lo contrario de lo que su literalidad enuncia. Así, el Presidente agradece la misiva como un acto de apoyo cuando sabe que le están soltando la mano.

Como llegada de Marte, la vice se horroriza de "la incertidumbre generalizada agobiante" que se ha adueñado del país. La pandemia provoca estragos y desbarata las certezas, qué duda cabe, pero la desconfianza y la zozobra cotidiana en la que hoy vivimos están determinadas por su decisión de aprovechar este estado de fragilidad para colonizar las instituciones de la democracia a fin de imponerles su capricho y consagrar su impunidad. Ya subordinó al Poder Ejecutivo, maneja el Senado a su antojo desde una botonera y avanza sobre la Justicia desde varios frentes.

Ella no tolera otra voz que no sea la suya, pero llama al diálogo. La convocatoria a un gran acuerdo sectorial no es sino la trampa de siempre en la que, una y otra vez, tantos han caído. Nadie pone en duda la necesidad de acuerdos para salir del pantano, pero sería de una ingenuidad supina sentarse a una mesa sin exigir y comprobar en los hechos que el kirchnerismo ha puesto freno a su voraz avance sobre la división de poderes y la ley, perpetrado hoy desde el mismo poder político. No va a ocurrir. El "vamos por todo" es el mandato de esa pulsión mesiánica que no cejará hasta imponer la hegemonía o resultar derrotada, ya sea por la ley o por las urnas. Si hubiera una posibilidad de diálogo con el kirchnerismo, el país no estaría donde está.

A pesar de incinerar la investidura y la credibilidad presidencial con sus exigencias, en su carta Cristina Kirchner se refiere al Gobierno como si no formara parte de él. Primera en la línea de sucesión, se preserva como la redentora que, ante el reclamo de las circunstancias, tomará la antorcha y corregirá el rumbo. La crueldad de la vice cosifica al Presidente como objeto de uso y descarte. Quien llevó a Alberto Fernández a la primera magistratura y después lo dejó anémico, ahora lo toma de la mano para acompañarlo hasta el borde del abismo y soltarlo allí. La voracidad de la vice se está tragando al Presidente y también al viejo peronismo, que con mansedumbre no muestra reacción y se deja deglutir. Alberto Fernández nada en medio del río. ¿Hacia qué orilla acudirá? Por más que la ha buscado, la orilla del kirchnerismo se le aleja cada vez que bracea con esfuerzo hacia allí. ¿Buscará entonces la del otro peronismo, que aún no se atreve a emanciparse de la vicepresidenta? Sin caja, con el país en estado crítico, la rancia maquinaria de poder del PJ se muestra dividida y desconcertada.

"Cada vez que tengo que tomar una decisión me pregunto qué haría Néstor", dijo el Presidente en soledad frente a la estatua recién inaugurada del expresidente santacruceño, aferrándose a lo único que permanece quieto a su alrededor. Sin embargo, haría bien en dejar la sombra de esa tutela que, al tiempo que le concede una legitimación vicaria y dudosa, lo ata a un mito mejor usufructuado por aquella que con toda lozanía ahora se desmarca de sus desventuras. Un mito, además, que lo condena a la insignificancia y lo devuelve a su condición de jefe de Gabinete. ¿No es hora de que el Presidente empiece a pensar por sí mismo, sin preguntarse a cada paso qué harían o quieren hacer los Kirchner?

© La Nación 

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