lunes, 5 de octubre de 2020

Tanta estricta gobernanta

Por Javier Marías

No entiendo cómo todavía hay individuos, desconocidos o famosos, que se empeñan en lanzar mensajes y vídeos por Twitter, Facebook, Instagram y demás, porque está demostrado que siempre se la cargan —­por emplear un verbo infantil de mi época— y no hay manera de acertar. No importa lo que se diga o se deje de decir, ni las buenas intenciones, ni el afán de solidaridad, “empatía” y todo eso. Da igual si uno se preocupa por el sufrimiento ajeno o por las injusticias pasadas y presentes, porque hoy el mundo está plagado de “estrictas gobernantas” que no pasan una, dedicadas a censurar y culpar. 

Si utilizo esa expresión en femenino es porque está reservada —bueno, cuando existían— a las mujeres severas que llevaban la intendencia de una casa o un hotel, aunque por extensión se aplicara también a las institutrices que tenían a sus pupilos más tiesos que un palo.

Hoy quienes ejercen una función equivalente en las redes son mujeres y varones indistintamente, a demasiada gente le chifla controlar y vigilar a los demás como miembros de la Stasi celosos de su deber; o aún peor, como guardianes iraníes o saudíes que patrullan las calles y reprimen a las jóvenes a las que les asoma un mechón bajo el hiyab o niqab o incluso las detienen si consideran grave la infracción. En España tuvimos a las mismas personas durante la dictadura: a las nuevas generaciones les sonará a ciencia-ficción, pero no hace tanto de los años 60, en los que proliferaban las denuncias contra quienes osaban bañarse en bikini; a menudo denuncias espontáneas de señoras y señores beatones que se indignaban al contemplar un vientre, una cintura, un ombligo. A eso hemos regresado, sólo que lo “pecaminoso” y las “buenas costumbres” son distintos, han cambiado (un poco). Lo más grave es que las reglas ni siquiera están claras, y nadie sabe a qué atenerse para salir sin castigo tras una opinión o un vídeo.

Leo que varias celebridades de Hollywood han sido despellejadas porque durante el confinamiento enviaron mensajes de aliento y buenos deseos. Se la cargaron por hacerlo desde sus mansiones, cuando tanta gente estaba encerrada en condiciones penosas, en pisos chicos con poca ventilación. Uno se pregunta qué tenían que hacer: ¿acercarse a un cubo de la basura y emitir desde allí, para no ofender? Si han ganado dinero con su trabajo o su suerte y viven bien, quizá deberían haberse abstenido de decir nada, pero en ese caso se les habría reprochado no acordarse de sus compatriotas y no animar. Hoy el silencio también es una falta.

Otro tanto ocurre con los apoyos al justo movimiento Black Lives Matter. Si uno no lo respalda a las claras, será anotado como racista, por no pronunciarse. Ahora bien, si uno es blanco o asiático y lo apoya vehemente y explícitamente, lo pueden poner a caldo por condescendiente o paternalista, o, más intolerable, por “apropiarse” de una causa negra. También han sido legión los blancos —policías incluidos— que han hecho el gesto de “hincar la rodilla”, símbolo de protesta contra el racismo desde que el deportista Kaepernick se arrodilló mientras sonaba el himno de su país antes de los partidos. Así que ahora anda todo cristo rodilla en tierra, venga o no a cuento, para que no se lo tache de indiferente o pasivo. Pero ay, al parecer hay blancos que no la hincan como es debido (no me pregunten cuál es la manera adecuada; ni idea) y a los que se insulta por eso. Más de uno se habrá arrepentido de apuntarse al ademán. Pero, si se hubiera privado, le habría caído una reconvención más bestial.

La pobre J. K. Rowling se ha convertido en objeto de grandes iras, al igual que muchas feministas de pro, por haber cuestionado no sé qué reivindicación del colectivo LGTBIQ. Me ha faltado paciencia para enterarme del fondo del asunto, porque no entiendo esa insólita disputa entre feministas históricas y LGTBIQ, ni sé quién llevará razón (y tampoco me atañe, la verdad). Pero tanto da: que alguien universalmente admirada y querida como la creadora de Harry Potter pase a ser persona non grata para numerosos admiradores por verter una opinión, es un signo de que los tiempos no consienten la disensión ni respetan la libertad de expresión. Aquí, el incongruentemente llamado Ministerio de Igualdad ha publicado una gran encuesta sobre la violencia contra la mujer, con conclusiones desastrosas y deprimentes, los hombres aparecen como una patulea de desaprensivos, aún hoy. Lo que no se ha destacado en el editorial de este diario es que entre las agresiones machistas se incluían las “miradas lascivas”, que, francamente, son interpretables, difíciles de reconocer y no digamos de medir; y me temo que, salvo clamorosas excepciones, responden a la subjetividad de quien es mirada o mirado. Es decir, hemos pasado a juzgar las intenciones supuestas y no los hechos objetivos y comprobables, lo cual es el colmo del autoritarismo y la persecución. Menos mal que no uso las redes sociales, tras escribir lo que acabo de escribir. Pero, con tanta estricta gobernanta atemorizando, a menudo me pregunto cómo todavía me atrevo a decir nada en esta página, aquí.

© El País (España) 

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