martes, 6 de octubre de 2020

Boca de ganso

"Los medios no son abstracciones, sino organizaciones integradas por personas
que, como tales, tienen sus propias miradas y opiniones" 

Por Sergio Sinay (*)

En el caso de que resultase provechoso hablar de montañas, no lo sería por el simple motivo de que a alguien se le ocurra hacerlo. Primero debe haber montañas. No se puede hablar de lo que no existe, porque si no existe no hay modo de nombrarlo. Hay una íntima relación entre lenguaje y realidad.

“Una de las verdades obvias sobre las montañas es que estaban allí antes de que habláramos de ellas”. El filósofo estadounidense Richard Rorty (1931-2007) expresaba esto en un artículo que escribiera en 1994 para la revista Academe, órgano de la Asociación Americana de Profesores Universitarios (AAUP por sus siglas en inglés). Parece obvio, pero en la realidad no siempre lo es. Rorty, cuya obra incluye títulos como Filosofía y futuro, Una ética para laicos, Cuidar la libertad y Contra los jefes, contra las oligarquías, fue un pensador interesado en la cuestión de la verdad y la objetividad. Dudaba de que esta última fuera posible y sostenía que el acercamiento a lo que consideramos verdad es una manera de justificar nuestras creencias y no una representación exacta de la realidad. Es decir, las montañas están ahí y quizás sea rentable hablar de ellas, pero nadie tiene la verdad absoluta acerca de ese accidente geográfico. Cada persona las observa desde un lugar, una perspectiva, una historia, un sistema de creencias.

Dado que posturas como las de Rorty se aproximan al relativismo moral (“todo es según el cristal con que se mira”, “no se debe juzgar”, etcétera), ¿dónde estaría entonces la verdad?

¿O es que no existe? Acaso la verdad esté en reconocer y aceptar por un lado la existencia de las montañas y por otro el hecho de que cada uno tiene su propia mirada sobre ellas. Un ejercicio complejo que requiere la aplicación del pensamiento crítico, herramienta esencial a la hora de discernir, reflexionar, investigar, fundamentar. Sin este, eliminadas las montañas, todas las opiniones serían delirios.

Cuando recurrentes relatos y discursos oficiales (no solo de este gobierno y no solo de los gobiernos de este país) repiten la muletilla de que todos los problemas se deben a inventos de los medios y no a su propia mala praxis y a menudo a su propia perversión política, pareciera que se pretende negar la existencia de la montaña, pese a que está allí. Se rechaza la posibilidad de discutir sobre ella, de cotejar miradas sobre su existencia. La realidad se torna más esquiva y confusa cuando esa afirmación es retomada y repetida con fe fanática en redes sociales, en conversaciones y discusiones en ámbitos familiares, sociales o académicos, y cuando ciudadanos de a pie se convierten en cruzados de esa convicción. Se llega así una paradójica situación en la cual quienes sostienen que los medios crean esas realidades que son opuestas a sus ideas o a sus creencias, hacen lo que critican en otros. Hablan o escriben por boca de ganso. El origen de esta expresión pareciera provenir, según estudiosos del lenguaje, de que en la antigüedad los hijos de ricos eran educados por una persona que les inculcaba conocimientos, ideas y creencias, y a la cual se la llamaba “ganso”. El “ganso” impartía su instrucción de modo rígido, inflexible y dogmático y los pequeños alumnos terminaban repitiendo lo que este les decía, aunque no entendieran ni una letra de la lección. Los alumnos no eran culpables, sino víctimas. Pero el ganso no era inocente. Cuando un funcionario (pongamos por caso un presidente, un ministro o un jefe de gabinete) salen a decir que los males del país y los padecimientos de la sociedad son inventos de los medios parecen actuar como aquellos severos instructores.

El eco de sus graznidos reverbera en numerosos temas. La inflación, la pobreza, la disparada del dólar, la inseguridad, la herencia recibida, etcétera. Uno de los últimos ecos repite que el impulso a emigrar que está empujando a familias, profesionales y jóvenes desalentados y desesperanzados a irse del país, o a fantasear con hacerlo, es otra fantástica superproducción de los medios y no una dolorosa imagen de la vida real. No una montaña que está allí.

Los medios no son abstracciones, sino organizaciones integradas por personas que, como tales, tienen sus propias miradas, opiniones y aproximaciones a la montaña y las reflejan en su trabajo.

Esas personas tienen derecho a no ser censuradas y a no ser obligadas a opinar o informar contra sus ideas y creencias. Cuanto más se respete esto en un medio más rico será el contenido que ofrezca a sus lectores, oyentes o televidentes, y más profundo el respeto hacia ellos. Un respeto que no muestran quienes, sobre todo desde el poder, desprecian la capacidad de las personas de pensar por cuenta propia. Todo ciudadano tiene derecho a elegir su canal informativo. Puede rechazar a unos y optar por otros.

Pero debe saber que aquellos que elige también le estarán mostrando una perspectiva de la montaña y no una verdad absoluta. La solución, en todo caso, está en que todos nos esforcemos en ejercitar el pensamiento crítico, en mirar la montaña con los ojos propios y en no hablar de ella por boca de ganso.

(*) Escritor y periodista

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