jueves, 24 de septiembre de 2020

Voces

Por Fernando Savater

En tiempos pandémicos cada día trae una nueva alarma. Leo la de hoy en mi diario local: “Preocupa la pérdida del euskera entre los niños tras seis meses sin clases”. Por lo visto, alejados de la escuela, los más jóvenes no utilizan el euskera para comunicarse. Desde luego seguro que no se han pasado medio año callados, por mucho que les asustase el virus, ni tampoco han recurrido al gascón o al inglés para entenderse con la familia y los amigos. Han hablado, hasta por los codos, en castellano. 

Y no por mala intención o desafío, sino sencillamente porque es su lengua materna. El euskera lo estudian pero el castellano lo saben, de modo que recurren a él espontáneamente cuando salen del aula. Esto debilita su dominio de una de las lenguas de nuestra comunidad en beneficio de la otra e inquieta a sus educadores oficiales, que proyectan mil actividades lúdicas o no tanto para evitar este desfase. 

Kontseilua, la plataforma de asociaciones pro euskera, ya ha solicitado a las autoridades que la lengua vasca (o sea, una de ellas) sea el “eje” de este curso escolar tan atípico. Hay que convencer a los alumnos de que debe ser más importante la que aprenden que la que ya saben...

Por supuesto, nada que objetar a que los niños estudien euskera entre otras materias necesarias..., pero sin sacrificar a ese aprendizaje los demás. Y sin olvidar que la mayoría de ellos tienen ya otra lengua también propia de su país y de la democracia en que viven. Con ella pueden integrarse social y laboralmente, salvo que alguien los coaccione con mecanismos discriminatorios para hacerles abandonar su voz cultural. Hay que repetirlo: las lenguas tienen dos enemigos, el que las prohíbe y el que las impone.

© El País (España)

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