sábado, 12 de septiembre de 2020

El Gobierno, radicalizado, quema los puentes


Por Héctor M. Guyot

Antes de darle una estocada a traición al jefe de gobierno porteño en medio de la protesta de la policía bonaerense, el Presidente volvió a recitar su mantra. "Soy un hombre de diálogo", repitió con el tono íntimo y cansado del que está más allá de todo. Le imprime a la frase una convicción cada vez mayor, como el actor veterano que depone los trucos y abre su alma.

El problema es que en cada uno de sus actos demuestra lo contrario. Esa contradicción entre las palabras y los hechos, constitutiva del kirchnerismo, está disolviendo su figura. Habilitar un diálogo genuino supondría, a un tiempo, romper su sociedad con la vicepresidenta, algo que no parece dispuesto a hacer. Por eso Alberto Fernández está condenado a convertirse en la caricatura que supo ser Daniel Scioli cuando, en un intento fallido, fue llamado a ocupar el cargo y el rol que ahora ocupa él. Cuando Cristina Kirchner maneja los hilos, da lo mismo que proclames a los cuatro vientos tu fe y tu esperanza o que declares sin pestañear tu amor por el diálogo. Cada vez que abras la boca, no saldrá de allí mucho más que aire.

Pero el asunto va más allá del espectáculo de un presidente que se inmola en público cada vez que habla. Porque el diálogo, que es lo que la Argentina necesita ante la pandemia y sus consecuencias, es precisamente lo que el Gobierno dinamita para alcanzar los objetivos de la vicepresidenta. La razón es obvia: el sometimiento del Poder Judicial y del Congreso para consagrar la impunidad y quebrar el sistema democrático reclama la violencia propia de todo asalto. Es decir, lo opuesto al diálogo.

El manotazo intempestivo con que el Presidente le quitó a la ciudad de Buenos Aires parte de la coparticipación para dársela a la provincia es otra prueba del "vamos por todo" y un síntoma de la enajenación de un gobierno cada vez más sordo a las necesidades de la sociedad, que aprovecha la pandemia en beneficio propio. Para la vicepresidenta no hay otra agenda que la suya y la impone a toda la administración. Conducido por fanáticos y cínicos, o por políticos temerosos que no se atreven a contrariar a la gran jefa, el país va a la deriva mientras los males que inflige el coronavirus se agravan y el golpe a las instituciones pergeñado desde el mismo Gobierno avanza sin pausa.

La mordida en los fondos de la ciudad refleja la radicalización que impone Cristina Kirchner desde el Senado. Por donde se la mire, la decisión responde a la estrategia de choque de la vicepresidenta. Por un lado, lleva a su molino la caja que le birla a quien considera su enemigo. Por el otro, refuerza la confrontación y la grieta, que la gestión articulada de la pandemia había morigerado (más que un problema, para ella el virus es una oportunidad). También alimenta el relato: la pobreza y el atraso del conurbano nada tienen que ver con las mafias instaladas en décadas de administraciones peronistas, sino con la codicia de los porteños. La medida reduce además el capital político de quien la anunció. Es decir, del Presidente, brazo ejecutor, quien no aprende todavía un principio básico del juego en el que parece atrapado: para fortalecerse ella, para alimentar su poder, Cristina Kirchner se aprovecha de las debilidades del otro y acaba devorándose a los que la rodean.

Tiene razón Elisa Carrió: la vicepresidenta no puede parar. La pulsión que la habita la devora también a ella. Cuanto más poder concentra para lograr sus objetivos, más se aleja de la realidad, que impone su propia agenda. Y más se distancia de la mayor parte de la sociedad, que quiere otra cosa. En su cerrazón ideológica, en su fanatismo, el kirchnerismo no advierte cómo ha crecido la indignación social. "Estamos hartos de la falta de justicia y del atropello. Todos somos iguales ante la ley. Necesitamos que los jueces se pongan los pantalones y actúen", reclamaba una mujer la noche en que los vecinos se opusieron al ingreso del excarcelado Lázaro Báez al country Ayres del Pilar."Esto no tiene bandería política. Tiene que ver con la sanidad espiritual", decía un vecino. Todo un síntoma. Las evidencias pornográficas de corrupción y la falta de condenas judiciales han generado un hartazgo moral que ahora la gente expresa en la esfera pública de la calle. Esto es lo que se observa en los banderazos que el Presidente se ha encargado de demonizar. Ante la resistencia que opone este actor social que crece al ritmo de la radicalización del Gobierno, surge la pregunta: ¿qué espacio hay en la sociedad argentina para consagrar la impunidad que persigue la vicepresidenta?

En su conferencia de prensa, el traicionado sintonizó mejor con lo que hoy demanda la sociedad. Sin dejar de mostrar firmeza, lejos del buenismo ingenuo, Rodríguez Larreta parece haber encontrado el equilibrio entre la necesidad de denunciar los atropellos y el ánimo constructivo y dialoguista que necesita el país. Su figura creció ante un gobierno que parece perdido en sus propias contradicciones.

© La Nación

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