lunes, 20 de julio de 2020

La vieja normalidad

Dichos. Se proclamó cuidar a los mayores pero se los hizo hacer fila una fría madrugada.

Por Sergio Sinay (*)

La “nueva normalidad” se ha convertido en una poderosa herramienta de marketing político, económico y social en los tiempos de coronavirus. Nadie sabe de qué se trata, pero sirve para vender promesas, para desenfundar excusas, para rescindir contratos, para descartar compromisos adquiridos, para cambiar discursos y decir lo contrario de lo que se decía, y seguramente no tardará en ser argumento publicitario para variopinta cantidad de productos y servicios. 

Normalidad refiere a norma, es decir a lo establecido, que no necesariamente es lo natural ni responde a leyes universales e inamovibles. A su vez, la palabra norma desciende del latín y define a la regla o escuadra del carpintero. Normalidad es aquello que se basa en la cualidad de una norma.

Para hablar de “nueva normalidad” tiene que aparecer una masa crítica de nuevas normas en todos los órdenes de la vida individual y colectiva. Y esas normas tienen que echar raíces, perdurar, convertirse en hábitos y tradiciones, adherirse con fuerza al inconsciente colectivo. Toda normalidad necesita tiempo, repetición, experiencias, continuidad para adquirir esa calidad. De manera que hablar ya de “nueva normalidad” parece más bien un síntoma de lo que hace tiempo es una pandemia de la vida moderna: la ansiedad. La necesidad de domar el futuro antes de que aparezca y se desboque, antes de que despliegue su gama de imprevisibilidad, de imponderables e incertidumbre.

Por ahora en la Argentina, salvo la alteración en ciertas rutinas a causa de las cuarentenas seriales, parece prevalecer la normalidad tradicional. Es decir, la normalidad “normal”. En los 120 días de cuarentena se proclamó cuidar a las “personas mayores” (el pensamiento correcto impide decir viejos o ancianos) pero se los amontonó en una fría madrugada a la intemperie para cobrar su jubilación. Se confinó a la población en sus casas mientras se liberaba a todo tipo de delincuentes para cuidarles la salud y que retomaran sus actividades (las mismas que se prohibieron a comerciantes, profesionales y otros trabajadores). Se hicieron negociados turbios con alimentos y barbijos. El poder judicial se auto obsequió una feria interminable que privó de sus necesarios y obligatorios servicios a la ciudadanía, pero no impidió que los corruptos encarcelados recuperaran el aire libre y alguno hasta reclamara cuantiosas jubilaciones, al tiempo que empezaban a prescribir o cajonearse causas urticantes para el poder y sus allegados. Esto mientras millones de jubilados, a quienes como artimaña de campaña se les había prometido mejoras en sus dádivas (¿cómo llamarlas, si no?), terminaban cobrando proporcionalmente menos que antes, sobre todo en relación con la inflación. Murieron testigos claves en causas graves. Las actividades al aire libre eran consideradas de riesgo durante el día, pero pasaban a ser milagrosamente saludables en un horario, entre la noche y la madrugada, en que el cuerpo pide reposo y las calles son peligrosas. El aspecto sanitario de las cuarentenas pasó pronto a segundo plano y el confinamiento serial devino en un nuevo motivo de choques fundamentalistas, enriqueciendo de esa manera el rico catálogo de grietas de una sociedad en donde la descalificación y la diatriba remplazan al razonamiento y el respeto. El propio presidente, que teóricamente venía a pacificar, se sumaba entusiastamente a muchos de esos enfrentamientos desde su incansable participación en twitter, en entrevistas radiales y en conferencias de prensa. El segundo semestre (como en todos los gobiernos) volvía a anunciarse como el de la recuperación y la refundación. Todo normal.

En un país donde la proliferación de dobles mensajes hace que permanecer cuerdo sea por momentos más difícil que sobrevivir, una nueva normalidad solo puede crearse desde las actitudes y las acciones, no desde los deseos y las declaraciones. Ninguna normalidad (nueva o vieja) viene hecha, se construye día a día, en cada hogar, en cada barrio, en cada puesto de trabajo, en cada relación entre las personas, en cada acto individual o colectivo. La pandemia cambió el barniz de la normalidad argentina, pero, al menos hasta aquí, la vieja se resiste a morir y la nueva no aparece.

(*) Escritor y periodista

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