lunes, 20 de julio de 2020

¡Salud!

Si quiero saber algo sobre la mitocondria o el ADN, acudo 
la ciencia, pero decido ignorarla por completo cuando 
me sirvo una copa de vino

Por David Toscana

Cuando la ciencia me habla de lo que ocurre a millones de kilómetros de la tierra, incluso a millones de años luz, le creo. Si quiero conocer la composición de los anillos de Saturno o de los fenómenos lumínicos en un agujero negro, consulto lo que dice la ciencia. 

Si me da curiosidad por saber algo sobre la mitocondria o el ADN, consulto algún texto científico. Lo mismo en caso de tener cosquillas sobre la mecánica cuántica, que sé que no llegaré a comprender, pero podré maravillarme con su complejidad.

Me quedan algunos huecos de ignorancia que también tiene la propia ciencia cuando se habla del origen del universo o del origen y evolución de las especies. También sé que debo darle algún tiempo razonable a los científicos para que obtengan respuestas a tantas dudas sobre el coronavirus y, quizá, vacunas o remedios.

Pero cuando incurro en el acto antediluviano y cotidiano de sentarme a la mesa y servir una copa de vino, mi escepticismo hacia la ciencia es tal, que decido ignorarla por completo.

Hace unos días, leí en la prensa: “Un nuevo estudio realizado en Canadá y publicado en el Journal of Studies on Alcohol and Drugs ha demostrado que, aunque sea en cantidades ínfimas, el alcohol acaba aumentando la probabilidad de morir prematuramente o de desarrollar enfermedades tan graves como el cáncer”.

Me bebí media botella de vino para celebrar tal estudio que contradice al estudio anterior que contradice al anterior que… Es difícil dar con los cientos y quizás miles de estudios que tratan de demostrar un efecto o el contrario sobre el alcohol.

Leo otro estudio que asegura que consumir media botella de vino tinto al día disminuye el riesgo de enfermedades cardiacas, así como Alzheimer y Parkinson, además de beneficiar la salud mental y la longevidad.

Richard Peto, de la universidad de Oxford, asegura que realizaron un estudio con veintiocho millones de sujetos en el cual se demostró que el daño de beber es mayor que sus posibles beneficios. Los riesgos comienzan con apenas un trago al día y se incrementan si se elevan los tragos.

Poco antes, los científicos del Instituto Neurológico del Mediterráneo determinaron que medio litro de cerveza al día reduce en un 25 % el riesgo de sufrir un infarto, pero no tiene efectos positivos o negativos en la probabilidad de padecer demencia.

La clínica Mayo dice que una copa de vino, un tarro de cerveza o un trago de destilado reduce el riesgo de infarto y de diabetes. Pero el efecto se revierte si uno se excede de tal cantidad. Entonces se aumenta el riesgo de cáncer, pancreatitis, daño cerebral, alta presión arterial y suicidio.

Los Evangelios aseguran que beber el vino correcto da la vida eterna. El Corán sugiere lo contrario.

Pero la ciencia no solo se involucra en los efectos de las bebidas alcohólicas, sino en su producción. Leí lo siguiente en un libro titulado Los vinos de España, de 1971, allá cuando éramos más sabios: “Los norteamericanos han descubierto la técnica para fabricar los vinos de Jerez en siete días. En la universidad de Davis, la sección de Enología encontró la fórmula. El doctor James A. Cook, jefe del Departamento de Viticultura y Enología, asegura que producen un jerez que puede competir con el género europeo. Para ello bombardean el mosto con ondas ultrasónicas; lo irradian con cobalto y llegan al tratamiento con los rayos atómicos para terminar de una vez. Todo muy sencillo, rapidísimo, para conseguir lo que supone una larga elaboración y muchos años de crianza. Pero el doctor James A. Cook es abstemio. Y ya está dicho todo”.

Por eso, hace mucho que desterré la ciencia de mi mesa. En esa superficie, redonda, ovalada o rectangular, con comida, bebida y buena compañía, tradición mata ciencia. ¡Salud!

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