lunes, 9 de marzo de 2020

Los latidos de esa mente

Por Javier Marías
La sensación es subjetiva y por lo tanto sesgada o falsa, pero la que me domina en estos primeros meses del año es melancólica: se están muriendo personas admirables, o por lo menos estimables. Cada vez temo más mirar las necrológicas. De hecho no me gusta que desaparezca nadie —por así decir— “de mi época”, lo cual significa sólo que eran individuos que estaban ahí desde que guardo memoria, o desde mi juventud.

Hasta quienes me caían mal lamento que dejen de estar en el mundo “acostumbrado” (no lo lamento si se trataba de dictadores que han hecho sufrir a demasiados, o de asesinos sin escrúpulos, o de seres venenosos y dañinos). Pero si se esfuman quienes me han provocado placer o iluminaciones o emoción, o me han ayudado a pensar o me han divertido, la desolación se me impone y sé que me va a faltar su “compañía”. Y que algunos hayan gozado de muy larga vida no es sino un muy leve consuelo, expresado en este simple pensamiento: “Sí, podía haber sido peor. Sin embargo, no deja de ser un desastre”.

Recientemente me ha ocurrido con George Steiner y con Kirk Douglas, que alcanzaron respectivamente 90 y 103 años. El primero deja sus brillantes ideas y reflexiones para siempre, y el segundo sus vibrantes interpretaciones. Claro que “para siempre” es una expresión cada vez más absurda, habida cuenta de la celeridad con que hoy se suprimen los hechos y los recuerdos. En numerosas ocasiones he dicho que la posteridad pertenece al pasado. Es un concepto anticuado, carente de sentido en un tiempo que devora las huellas de quienes ya no están presentes para renovarlas. La tierra no fue nunca tanto de los vivos, acaparadores y egoístas. Reclaman para sí todo el espacio, no consienten que unos difuntos les resten un ápice de protagonismo, salvo cuando es hora de conmemorar un centenario y cosas así, porque éstas se prestan a su lucimiento, a que exhiban cuánto saben de Galdós o de quien toque.

A George Steiner le escribí hacia 1979, deslumbrado por su Después de Babel, ensayo fundamental para cualquier escritor o traductor, y yo entonces aún traducía. Me contestó con cortesía y no quise molestarlo más. Más tarde, en 1987, me parece, le oí una conferencia en un seminario de Cambridge en el que también intervinieron unos aún jóvenes McEwan e Ishiguro, P. D. James y Angela Carter. Creo que hablé de la ocasión en un breve artículo de 1991, pero nadie va a acordarse de eso. Versó su charla sobre los libros no escritos, o perdidos, o quemados. Mi recuerdo es por fuerza tenue, pero Steiner afirmó que la escasa obra del alemán Georg Büchner, muerto a los 23, permitía conjeturar que, de haber llegado a los 52 de Shakespeare, habría superado a éste. Y que no era ocioso imaginar lo que Büchner no había escrito: una de las probables cumbres de la literatura universal yacía en el reino de lo inexistente, de lo malogrado, en un territorio fantasma al que me he referido a veces como “la negra espalda del tiempo”, adaptación de una cita de Shakespeare. También habló de la primera versión de Los siete pilares de la sabiduría de T. E. Lawrence o Lawrence de Arabia, que éste apoyó en la repisa de una cabina telefónica de la estación de Paddington y olvidó allí tras su llamada, el tipo de cosa que nos ha sucedido a todos, aunque con objetos no tan irreemplazables. Cuando se dio cuenta y volvió sobre sus pasos, no había rastro de la copia única, y los poquísimos que la habían leído aseguraban que era muy, muy superior a la que hubo de reescribir y conocemos.

Lo extraordinario de aquella conferencia es que Steiner, que disertaba sobre lo nunca escrito y lo nunca legible, sobre lo que no puede formar parte de nuestra herencia en modo alguno, lo que ya no está ni estará o no fue jamás, nos mantuvo a los oyentes en una especie de trance durante una hora. Lo que contaba y cómo lo hacía, sus digresiones y especulaciones eran tan apasionantes que tuve la sensación de estar asistiendo a una revelación sobre el carácter profundo de la literatura y de la escritura, y por lo tanto también de la lectura, esa actividad que no pocos desdeñan hoy y que es la que nos hace medio inteligentes y no del todo primitivos, y que, como ya dijo Quevedo (parafraseo, no cito), nos regala envidiables conversaciones con los muertos y con los lejanos o inaccesibles, y aprender de ellos y pasar silenciosos ratos en su compañía. Steiner vivió muchos años y los utilizó sin desperdicio, y podemos seguir conversando con él indefinidamente, es una suerte incomparable. Hizo un libro, precisamente, sobre los que no escribió, por falta de tiempo o de fuerzas o de atrevimiento. Pero lo que sí nos legó es mucho más amplio, no debemos quejarnos en ese aspecto. Tanto da, sin embargo: que su mente ya no esté por aquí y se haya parado definitivamente, algunos lo vivimos como una desgracia y un abandono. Para nosotros el mundo ha quedado un poco mutilado, aunque la mayoría de la población no sepa ni vaya a saber de Steiner, y le traigan sin cuidado los latidos de esa mente, y jamás vaya a aprovecharlos.

Mis disculpas por el tono crepuscular de esta columna, pero qué quieren en las circunstancias.

© El País Semanal

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