domingo, 20 de octubre de 2019

La maldita cola de cigala

Por Arturo Pérez-Reverte
La verdad es que no soy gran aficionado a la comida, pero me gusta despacharla a solas: hacerme un plato de pasta en casa, o una tortilla francesa, o lo que sea, y comerlo sin protocolos mientras echo un vistazo al Hola o a los periódicos del día. Sin estar pendiente de nadie. Y eso incluye los restaurantes: sentarte a una mesa tranquila, abrir un libro y comer a tu aire mientras lees El diamante de Moonfleet, por ejemplo. O El prisionero de Zenda, que se acaba de reeditar en una edición estupenda.

Incluso, si el sitio y la clientela son adecuados, pedir un aguamanil con una rodaja de limón dentro y unas chuletillas de cordero levemente churruscadas y zampártelas cogiéndolas con los dedos, como debe ser, para disfrutarlas de verdad. Sin protocolos y sin darle conversación a nadie. Comer sin Dios ni amo.

La excepción es la familia, claro. Y los amigos. Eso es otra cosa, y las comidas con ellos son agradables. Aunque tampoco es bueno abusar de los afectos. Sobre todo cuando, como en mi caso, no eres aficionado a sobremesas largas excepto en casos singulares. Ahí, la ventaja de cuando algunos compadres vienen a cenar a casa (recuérdenme que un día cuente lo de Jabois con la botella de ginebra Plymouth de mi frigorífico, o cómo Antonio Lucas me vacía sin escrúpulos las botellas de vodka Beluga) es que cuando a las dos de la madrugada me entra sueño, hay confianza de sobra para decir «a la calle, cabrones, que os llamo un taxi», y todos, con Edu, Gistau, Raúl, Juan Eslava y las legítimas, cuando vienen, se levantan y se largan sin protestar ni enfadarse.

Con todo y con eso, lo que no soporto, ni en los amigos, ni en los enemigos, ni en los que me dan lo mismo, es lo de compartir platos. Sobre todo en los restaurantes. Ahí me llevan los diablos. Eso de llegar, sentarnos varios y que cuando se acercan el maître o el camarero alguien proponga «algo en el centro para compartir, ¿no?», me repatea los higadillos. Lo del jamón ibérico o unas gambas tiene su pase, pero alto ahí. Poco más. Del resto, prefiero meter cuchara o tenedor en mi propio plato. Así que cuando alguien sugiere el picoteo común –el pintor de batallas Ferrer Dalmau es muy de eso–, me pongo en plan Scrooge gruñón y digo «yo no comparto nada, lo mío lo pido para mí». Entonces siempre hay alguien que me mira extrañado y pregunta: «¿Y los demás?». A lo que suelo responder: «Los demás podéis iros a hacer puñetas».

Pero el colmo de los colmos, lo que altera mis sentimientos gastronómicos hasta convertirlos en impulsos homicidas, llega cuando estás sentado a la mesa con más gente y alguien que come a tu lado, hembra o varón, dice esa enorme chorrada de «prueba de lo mío, que está buenísimo», ofreciéndote meter el tenedor en su plato. Y da igual que digas que no con toda cortesía, porque algunos pelmazos insisten en el asunto. «No, en serio, prueba», dicen, e incluso pinchan algo y lo ponen en el borde de tu plato para obligarte a catarlo, te apetezca o no. Sin contar los que, no contentos con eso, y sin que los disuadan tus negativas reiteradas, tu reticencia manifiesta ni tus miradas entre furibundas y criminales, tienen los santos huevos de meter el tenedor en tu plato y pinchar algo. «A ver, déjame ver qué tal está lo tuyo», dicen. Los grandísimos cantamañanas.

A veces, alguno llega a casos extremos. De entre todas las experiencias penosas que recuerdo sobre ese particular, hay una que sigue royéndome la memoria. Me encontraba en una comida razonablemente formal, con la desgracia de que a mi derecha se hallaba una señora de buenas intenciones pero más pesada y plasta que una novela de Belén Gopegui. Y la señora se empeñaba en que probase las colas de cigala al curry de su plato. «Están maravillosas», decía la prójima. Yo me negaba, defendiendo mi territorio. «No me apetece –le repetía–. Gracias, pero no me apetece». Sin embargo, inasequible al desaliento, ella insistía. Y como al final yo, desesperado, ponía los brazos en torno a mi territorio para protegerlo de su empeño, a la buena mujer no se le ocurrió otra cosa que, con un movimiento rápido, pinchar una de sus cigalas y echármela en el plato por encima del brazo, de manera que al caer en la salsa de mi estofado me salpicó la camisa. «Huy, perdón», dijo la tía. Y acto seguido, con su servilleta, queriendo limpiarme, acabó de restregar las manchas por toda mi pechera mientras yo, paralizado por el asombro, dudaba entre darle un puñetazo a ella –violencia machista, ruina absoluta– o al marido, que estaba sentado enfrente y sonreía bobalicón y aprobador. El muy gilipollas.

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