sábado, 20 de abril de 2019

Lo que ardía en Notre Dame


Por Héctor M. Guyot

La anécdota me gusta mucho, aunque no recuerdo dónde la leí ni puedo garantizar que sea cierta. Por justicia poética, debería serlo. Según la recuerdo, un Hemingway en el pico de su fama respondía preguntas de unos periodistas sobre El viejo y el mar, novela que en 1953 apareció en la revista Life y luego, ya en forma de libro, se mantuvo 26 semanas en la lista de best sellers de The New York Times.

Intrigado por esa fábula en apariencia simple y de clave alegórica, un cronista le preguntó al escritor, que ganaría el Nobel al año siguiente, qué representaban los personajes de su historia. Hemingway, que de tonto tenía poco, lo pensó un segundo y dio su respuesta: el pescador representa un pescador; el chico, un chico; el barco, un barco, y el tiburón, un tiburón. De allí en más, todo corre por cuenta del lector.

La fuerza de lo no dicho descansa en el carácter inagotable de lo real, que habilita la metáfora casi por defecto. Hacía bien Hemingway en no explicar nada. La metáfora es al mismo tiempo parte inescindible de la mirada, lo más personal que tenemos. No hay dos iguales. Por eso el incendio de la catedral de Notre Dame, esta semana, fue tanto un fuego concreto que destruyó parte de uno de los grandes monumentos de la humanidad como un cataclismo silencioso que se desarrolló en el interior de quienes, desde distintas partes del mundo, asistían con pasmo al avance de las llamas.

Cuando se desataba el incendio, yo estaba dando clase, de modo que una de las primeras imágenes que vi por la tele, ya en la Redacción del diario, fue la de la aguja carbonizada desplomándose desde las alturas. Esa caída en medio de las llamas me produjo un sentimiento difícil de definir, cercano al miedo y al desvalimiento, que iba más allá de la tragedia que tenía ante mis ojos. Se estaba quemando algo que amaba. ¿La catedral de Notre Dame? No tanto. Era más bien aquello que la catedral de pronto representó para mí en el peor momento del incendio, cuando el fuego amenazaba con consumirla entera. A muchos les habrá pasado lo mismo: cuando cayó la aguja, la distancia entre lo real y lo simbólico se volvió inexistente.

Disculpen la exageración, pero en ese instante y por un segundo sentí que la cultura que me sostenía se tambaleaba y se venía abajo como la famosa aguja. Más aún, que el incendio voraz que estaba acabando con aquella catedral milenaria era el síntoma inevitable de un desastre todavía mayor, ya consumado. Allí se estaba quemando un modo de entender el mundo y de vivir. Y con él, una parte de mí. En esas cenizas vi esa parte mía que no logra ni quiere integrarse al imperativo tecnológico que hoy marca el ritmo de la vida. Con esas maderas carbonizadas que caían del techo de Notre Dame caían también las creencias y los valores que de algún modo -siempre imperfecto- nos constituyeron durante más de dos siglos, resquebrajados ahora por la fuerza de un imparable tecnocapitalismo global que los eliminaba tal como un niño, al jugar, destruye con su energía inocente y depredadora las reliquias y los muebles de la casa.

Junto con ese monumento de siglos se quemaba la historia, o el sentido de la historia, que hoy se disuelve en el presente instantáneo de las redes. Pero sin duda lo que más me conmovió fue la sensación de que la inesperada fragilidad de Notre Dame reflejaba mi propia fragilidad ante los cambios de paradigma en los que estamos inmersos.

Con el aval de Hemingway, reclamo el derecho de haber sentido así. Lo que obviamente habla mucho más de mí que de Notre Dame. Pero si cuento lo que me pasó por dentro mientras esta maravilla del gótico ardía es porque parecen ser mayoría quienes sintieron que, junto con la catedral, estaban perdiendo algo intangible tanto o más valioso que ella. Y esa pérdida no la sufría un sujeto abstracto como la Iglesia, la humanidad u Occidente, sino personas concretas a las que algo muy importante se les iba en ese espectáculo de la destrucción que nos fue dado contemplar el lunes. Por algo fueron tantos los que se congregaron a rezar a la luz de las velas mientras los bomberos trabajaban para apagar el fuego, en una suerte de vigilia donde había muchos jóvenes.

El orden de la catedral amenazado por el caos destructivo de las llamas. El orden del viejo mundo desplazado por el caos -creativo, dirán algunos- del nuevo. En síntesis, el diálogo sin tiempo entre los dos opuestos en el que estamos, de alguna manera, todos implicados. Algo de esto se escenificó en París el lunes. Para alivio de todos, la estructura de Notre Dame resistió. Aunque llevará muchos años restaurarla, la catedral sigue en pie. ¿Qué significa eso? Cada uno sabrá.

© La Nación

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