jueves, 28 de febrero de 2019

Los lectores deseados

Siempre que escribimos lo hacemos teniendo en la cabeza, 
de manera consciente o inconsciente, unos lectores 
hipóteticos.

Por Cristian Vázquez

1
¿Para quién escribo? Toda persona que se haya dado a la tarea de juntar palabras en un papel o en una pantalla se lo ha preguntado en infinidad de ocasiones. ¿Quién está del otro lado? ¿Quién me lee?

Sea cual fuere la respuesta real, quien escribe siempre tiene en la cabeza un lector hipotético. Y todo el tiempo toma decisiones en función de ese receptor conjetural: hasta dónde explica algo y a partir de dónde lo da por sabido, si debe o no emplear este o aquel localismo, qué clase de alusiones o de guiños puede hacer sin riesgo de resultar críptico pero tampoco demasiado obvio. Incluso aunque no sea consciente de ello, da forma a ese lector modelo en cada ocasión en que se pone a escribir.

Pero, claro, luego el texto se publica y sigue caminos inescrutables. El autor pierde el control sobre él. A menudo este hecho le reporta beneficios: sus palabras llegan a destinos que ni siquiera imaginaba en el momento de escribirlas, surgen lecturas e interpretaciones nuevas, el texto se enriquece gracias a esas otras miradas, a veces incluso el camino del autor se cruza con el de algún lector y entonces no solo se enriquece el texto, sino también su vida. Pero también hay posibles efectos negativos: las referencias en muchos casos no se entienden, ciertos giros lingüísticos puestos ahí para allanar la lectura lo único que logran es llenarla de oscuridad, las ironías se leen literalmente y por lo tanto se malinterpretan, el autor es repudiado por algo que no escribió jamás.

El gran objetivo es ofrecer los datos justos, exactos. Ni tan escasos que hagan del texto algo confuso e inaccesible, ni tan abundantes que se tornen excesivos y parezcan subestimar o desmerecer al lector. Y además hacerlo de una forma bella. Y en muchos casos ni siquiera eso garantiza nada. Escribir, a veces, es un deporte de riesgo.

2
Una pequeña anécdota, contada por el escritor argentino Ignacio Molina. El cuarto deseo, su última novela, fue publicada por una editorial pequeña y por lo tanto su distribución es casi artesanal. Hace poco el autor estuvo en Pinamar, la pequeña ciudad de la costa atlántica bonaerense donde se desarrolla la trama de la novela, y vendió varios ejemplares. Entre ellos, uno “a una señora de unos sesenta y cinco años con la que me encontré en la playa —dice Molina— y al enterarse de que yo era el autor […] y al ver que el libro tiene 96 páginas puso cara fea y dijo que le parecía demasiado caro; yo le dije que 200 pesos me parecía un regalo para un libro, que era menos de lo que costaba una docena de churros en la playa […] Ella me dijo: ‘Te lo digo yo que soy lectora; he comprado libros de 800 pesos, pero eran bien grandes, este es chiquito’. Yo le dije que para ciertas cosas el tamaño era lo de menos, que de todas maneras no estaba obligada a comprarlo si no quería, pero al final ella abrió la billetera y me pasó dos billetes de 100, casi como si me estuviera haciendo un favor o dándome una limosna”.

Aquí es cuando debo aclarar, porque debo ofrecer los datos suficientes, que 200 pesos argentinos equivalen, hoy por hoy, a unos cinco dólares. Lo dejo a Molina terminar su relato:

“Le entregué el libro y volví por la orilla y bajo el sol pensando que hay lectores que no sirven para mucho, que —salvo por el detalle de la facturación— ser best seller debe ser un fiasco, porque la inmensa mayoría de los lectores deben manejar las nociones y las lógicas de esa señora, y cuando encontré a Euge y a Julia nos patinamos esos 200 pesos en tres choclos enmantecados (tuvimos que poner 10 más porque cada uno salía 70) que comimos con mucha felicidad mirando hacia el mar”.

3
Es como si quienes escribimos quisiéramos que nuestros textos lleguen solo a nuestros lectores deseados. Esos que se parecen mucho al lector hipotético que tenemos en la cabeza mientras escribimos, y que nos gusta pensar que son una multitud, cuando lo más probable es que no sean más que un puñado, si es que hay alguno. Dicen que el Ulises de Joyce está tan lleno de referencias veladas e indirectas a la Dublín de principios del siglo XX y a las propias experiencias del autor que para entenderlas todas habría que tener exactamente los mismos conocimientos de Joyce, es decir, habría que ser Joyce.

Hasta podemos llegar al punto de pensar en los lectores que no se parecen a los deseados como lectores equivocados. Y podemos sentir que cada ejemplar que se lleva un lector equivocado es un libro perdido. Sobre todo cuando la tirada de la edición es pequeña y suponemos que cada ejemplar cuenta, y que ese ejemplar que se lleva un lector equivocado es el que vamos a anhelar cuando un lector deseado lo quiera tener y no pueda porque la edición se haya agotado.

En este punto podemos plantearnos, en términos de un koan zen: cuando un libro está agotado, es decir, cuando alguien sabe de un libro y quiere leerlo pero no tiene forma de acceder a él, ¿ese libro existe? Sí, respondemos, pero de alguna manera su existencia se torna fantasmal. El diccionario recoge para el término existencias la acepción de “mercancías destinadas a la venta, guardadas en un almacén o tienda”. Cuando un producto está agotado, en un sentido, ha dejado de existir. Es como si el libro existiera y no existiera a la vez. Una especie de paradoja cuántica. El libro de Schrödinger.

Mercancías, dice el diccionario: eso es —también, entre tantas otras cosas— en lo que se convierte el libro cuando se incorpora al circuito comercial. Aparece en escena, entonces, eso que Ignacio Molina llamó con sutileza “el detalle de la facturación” al hablar de los best sellers. Se me ocurre que para los best sellers, en realidad, debe ser más fácil encontrar a sus lectores deseados, porque venden tanto que, además de un montón de personas como la mujer de la playa que se quejaba por los 200 pesos, los deben comprar muchos lectores muy parecidos a aquel que el autor, mientras escribía, tenía en la cabeza.

Y se me ocurre también, sobre todo, que es terriblemente arrogante sentir como perdido un libro porque se lo lleva alguien que creo que no se parece al lector que imaginé, al lector deseado. ¿Quién soy yo para pretender decidir quiénes me van a leer? A duras penas puedo escribir mis textos: difícilmente podría determinar a sus lectores. Si, como explicó Borges sobre Los viajes de Gulliver, “Swift se había propuesto enjuiciar al género humano y dejó un libro de lectura infantil”, ¿por qué pensar que yo sí puedo elegir? Mi tarea es escribir y después dejar que mis textos se vayan por ahí, como quien arroja una botella al mar. Y a lo sumo desearles buena suerte, mientras los miro desde la playa comiendo un choclo enmantecado, por qué no, con mucha felicidad.

© Letras Libres

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