jueves, 24 de enero de 2019

México y el papa Francisco: un nuevo encuentro

Andrés Manuel López Obrador y el papa Francisco
Por Loris Zanatta (*)

Se disparó el amor entre Andrés Manuel López Obrador y el papa Francisco. No hay día en que la Santa Sede y el gobierno mexicano no intercambien palabras dulces, no se prometan fidelidad, no renueven su promesa. Cada uno encontró la mitad que buscaba: se completan. Debe estar la gracia de Dios de por medio.

Una gran metáfora histórica se oculta detrás de este emocionante encuentro. Recuerda la parábola del hijo pródigo: México, hijo predilecto de la Iglesia Romana, la había renegado al convertirse en adulto. ¡Pregúntenle a Benito Juárez! Conflictos, violencias, ríos de sangre. Durante décadas, la ficción continuó: un pueblo entre los más católicos de la tierra encuadrado en uno de los regímenes políticos más seculares del mundo. ¿Gracioso, no? O farisaico, quien sabe. C'est fini: solamente un heredero de esa misma tradición nacionalista podía cerrar el círculo y volver al redil. Y se requería un latino en el Vaticano, para olfatear el retorno de las "ovejas", como llama a los bienaventurados.

No hay nada de que sorprenderse. Dan muchas vueltas, pero siempre ahí vuelven los "revolucionarios" latinoamericanos. Pasan por el fascismo como con Perón o el marxismo como con Castro, por el indigenismo con Morales o por el laicismo con López Obrador. Pero todos regresan al punto de partida: entre los brazos acogedores de la Iglesia Católica. Ella los recibe materna, como soldados de la eterna cruzada contra el enemigo liberal y capitalista que inocula la corrupción en el alma cristiana del pueblo.

Se dirá: ¡cosas viejas, palabras antiguas! Tendría cuidado: a menudo estamos tan absorbidos por el presente, que nos creemos libres del peso del pasado. Grave error: no hay hoy sin ayer. Los temas vuelven: política y religión, comunidad e individuo, fe y razón, moral y riqueza. Bien: acerca de todos estos temas, el Papa y AMLO pertenecen a la misma familia de linaje antiguo. Aspiran a una comunidad paternalista, pedagógica, moralizadora, sobre la cual vigila un estado ético que combate la tentación del dinero y distribuye los panes y los peces, erradica el egoísmo y el individualismo, siembra la planta de la solidaridad. ¿Cómo no amar parecido orden, tan parecido a una reducción jesuita de los tiempos modernos?

Un día Fidel Castro intentó construirla en un pueblo cubano; un famoso director de cine europeo fue a filmarla. El experimento murió joven y de muerte natural. De buenas intenciones, se sabe, está pavimentado el camino del infierno. ¿Cuántas veces ya ha ocurrido que, en nombre de valores tan nobles, la comunidad aplastara al individuo, el estado convirtiera a garrotazos, los nuevos sacerdotes se volvieran una casta privilegiada, panes y peces desaparecieran porque nadie tenía incentivos para producirlos? ¿Cuántas veces el sueño del Reino de los Cielos se ha revelado el infierno en la tierra? ¿Cuántas veces la moralidad se ha vuelto hipocresía, la igualdad miseria, la honestidad corrupción, la fe dogma, la democracia dictadura? ¿Habrá una razón?

No haría tantas preguntas retóricas si no fuera por los últimos casos bajo nuestras narices: uno se llama Venezuela, el otro Nicaragua; habría un tercero, papá de ambos. Y si no fuera que en los casos de Venezuela y Nicaragua, el Papa y AMLO se pasaron la antorcha, encontraron las razones de su comunión afectiva. No me sorprende: ambos regímenes, aunque tengan manos sucias de sangre, son ovejas de su rebaño. Ellos también nacieron para redimir a los pecadores, luchar contra el capital, incluir a los últimos, servir al bien común, transformar al lobo en hermano; invocaron a Cristo y lucharon contra el demonio liberal. Por milésima vez en la historia: aquellos que dicen poseer el bien absoluto, usarán en su nombre la violencia absoluta.

Así es como AMLO repite, tres años después, el mismo guión del Papa Francisco, uno de los pasos menos felices de su pontificado. ¿Alguien lo recuerda? Fue cuando recibió a Nicolás Maduro en el Vaticano mientras más precaria era su posición. Para dialogar, reconciliar, mediar, dijo urbi et orbi. ¿Resultados? Ninguno. El tiempo pasaba, la gente preguntaba, él respondió: estamos trabajando, no todo se puede hacer a la luz del sol, la diplomacia está construyendo puentes. Hoy Maduro está firme en su trono defendido por las bayonetas de los militares, los venezolanos se están escapando por doquier, su régimen está sentado en el cadáver de la democracia. Resumamos: el salvavidas del Papa lo ayudó. De su mediación no se volvió a hablar. La iglesia venezolana, al igual que la iglesia nicaragüense, predica en el desierto: ni el Papa las escucha.

Ahora el gobierno mexicano hace lo mismo: empuñada la bandera panlatina, se dijo "preocupado" por la situación en Nicaragua y Venezuela. ¡Vaya eufemismo! ¿Solución? Dialogar, reconciliar, mediar, dijo urbi et orbi. No hay víctimas y verdugos; "los últimos" no son tales si no "saben a oveja". Así que AMLO le dio la espalda al grupo de Lima y a las sanciones contra Maduro y Ortega: comienza una nueva "mediación" ¿Con qué medios y con qué fines? Quién sabe. ¿No será otro salvavidas?

Para justificarse, invocó la doctrina Estrada: ¡ay de cuestionar el régimen político de un país soberano! Es una doctrina enunciada en 1930. En ese momento, era un intento de frenar el intervencionismo: era una práctica común de Estados Unidos y ninguna organización internacional tenía la fuerza y el prestigio para ponerle límites. Sirvió para negar al poderoso el arma del no reconocimiento para derribar gobiernos. ¿Tiene sentido hoy? Casi un siglo después, el derecho internacional se ha desarrollado, el multilateralismo es la norma, las organizaciones internacionales tienen más credibilidad. Invocar hoy la soberanía como fetiche es como decir: cada uno en su casa hace lo que quiere; es un poco como cuando al código civil se le negaba el ingreso al hogar, a menudo escena de violencias inauditas. ¿Es eso lo que quiere México? Mediar entre los que tienen todo el poder y los que no tienen nada como si fueran la misma cosa? ¿Entre quién mata y quién muere? Felicidades. Pero de las dos, una: o adhiere a la doctrina Estrada o a la carta democrática interamericana. Un pie en dos zapatos no entra.

(*) Ensayista y profesor de Historia en la Univesidad de Bolonia, Italia

© La Nación

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