viernes, 11 de enero de 2019

El mejor amigo del hombre

Por Carmen Posadas
Estoy leyendo, entre fascinada y consternada, la biografía de Ramón Mercader, el asesino de Trotski. Siempre me ha llamado la atención ver cómo personas preparadas e inteligentes eligen abrazar una causa convirtiéndose para siempre en rehenes de esa decisión, aun cuando más tarde descubren lo indefendible o absurda que es. Hablo no solo de Mercader, también de los famosos espías de Cambridge Philby, Burgess, Maclean, Blunt o John Cairncross, cautivos todos de una romántica idea de juventud a la que se mantuvieron fieles hasta su muerte.

Podría argumentarse que, cuando fueron captados por los servicios secretos soviéticos, nadie conocía las purgas y asesinatos en masa que estaba llevando a cabo Stalin. Pero lo cierto es que ninguno de ellos, incluidos Blunt y Cairncross, que no fueron desenmascarados hasta 1979 y 1990, abjuró jamás de sus creencias. Más incomprensible aún es el caso de Philby, Burgess y Maclean, que se vieron obligados a refugiarse en la Unión Soviética tras ser descubiertos. Los tres continuaron siendo fervorosos comunistas, a pesar de vivir allí y disfrutar de las delicias de aquel paraíso proletario, como las infinitas colas para hacerse con medio kilo de pepinos o una pastilla de jabón y otras rutinas que formaban parte de la vida diaria en la antigua URSS. A pesar también de vivir perpetuamente amenazados por las sospechas de la KGB, que nunca acabó de fiarse de ellos y que los espiaba a todas horas, convirtiéndolos en incómodos huéspedes a los que se arrincona y olvida.

Si recuerdo ahora a estos esforzados héroes de una quimera inexistente es por una frase que leí en la biografía de Ramón Mercader que tengo entre manos. En los años treinta Mercader se encontraba en una escuela de adiestramiento de espías. Según él cuenta, este largo aprendizaje (que incluía durísimas pruebas de resistencia al dolor y a los interrogatorios, amén de «reeducación» y «adoctrinamiento» del candidato) comprendía, por fortuna, un pequeño asueto anual: disfrutar un fin de semana en Moscú. En un momento dado, Mercader, que siempre estaba acompañado por su instructor, pidió y le fue concedido permiso para dar un corto paseo a solas alrededor de la manzana. Eran los tiempos de las grandes purgas, aquellas que Stalin organizaba para sembrar el terror y, de paso, librarse de competidores dentro del partido. Tiempos en los que hombres como el temible Bujarin, uno de los colaboradores más cercanos del jefe supremo, acababan confesando ‘voluntariamente’ todo tipo de crímenes horrendos, creyendo que así se librarían si no de la muerte, que esa sí era segura, al menos de peores tormentos.

Recuerda Mercader que en su paseo, mientras la radio retransmitía en directo las confesiones de Bujarin y otros desdichados, encontró la ciudad «indignada y contenta». «Durante aquellos días terribles -dice- los viandantes parecían menos preocupados por la pésima calidad del pan, en el que la mitad era serrín, y notaban menos la falta de zapatos, cuya carencia los obligaba a envolverse los pies con trapos. Se los veía felices al saber que Stalin había conseguido desarmar otra conspiración y prometía nuevos y más severos castigos». Leer esto me ha hecho recordar cierta frase feliz que siempre repite mi amigo Carlos Rodríguez Braun, la que sostiene que el mejor amigo del hombre no es el perro, sino el chivo expiatorio. En especial, el de todos aquellos líderes que necesitan distraer la atención de problemas muy graves que preocupan a la ciudadanía y que de inmediato quedan difuminados o incluso olvidados gracias al mejor amigo de Homo politicus.

El amigo preferido de Maduro, por ejemplo, de Kim Jong-un, también de Salvini, de Trump y de todos los que conocen el valor único de una coartada, de buscar un cabeza de turco, sea este el capitalismo opresor, como en el caso de los dos primeros, o los emigrantes, en el de los dos últimos. O el famoso  «Madrid nos roba», como en el de los independentistas catalanes. ¿Que la sanidad no funciona, tampoco la universidad ni los servicios públicos? Es muy sencillo, quememos unas cuantas banderas españolas y un par de fotos del Rey, yÿ así, abracadabra, todo se olvida.

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