sábado, 19 de enero de 2019

Cuando en política se corta la mayonesa


Por Graciela Guadalupe

Imponderables. Así llamaba la vecina chusma a las cosas impredecibles que pasaban en aquel barrio de la infancia donde las tardes se vivían tomando mate, en la vereda. Lo imponderable para ella era lo absolutamente excepcional. No cualquier asunto. No era mujer de asombrarse por pavadas. Lo imponderable era una catástrofe, una eventualidad no exenta de riesgos, una jugada sucia del azar.

Se llamaba Berta, pero le decían "Ponde". No hace falta explicar por qué. Se había ganado el mote. Cuando ella calificaba un suceso de imponderable, era el fin, el apocalipsis.

Después, Berta se vino grande y empezó a conceder matices. Ni lo negro le parecía tan negro ni lo blanco tan puro. Siguió hablando de imponderables, pero se lo achacaba a cosas cotidianas: una estufa que no encendía; el octavo hijo varón de la sobrina obsesionada en seguir "buscando la nena"; la muerte de Capitán, el caniche con ínfulas de rottweiler, o la mayonesa, de la que empezaba a aceptar que se cortaba por el mal estado de los huevos y no porque alguien la hubiera mirado fijo.

Berta partió antes de que la política empezara a ser una suma de imponderables. Y mucho antes de que esas excepcionalidades se potenciaran por las redes sociales. Ni qué decir de la era de las fake news. De haber escuchado hablar de ellas las hubiera confundido con el Fanci-Full, aquel "matizador instantáneo para el cabello" con el que intentaba disimular sus canas, allá por los 70.

Algunos de los que la conocimos nos entretenemos imaginando qué pensaría Berta de la Argentina de hoy, de las crisis a repetición, de los espejismos políticos, del transfuguismo electoral, de los chamanes que ofrecen soluciones mágicas. Acaso, de la grieta y de los cavadores compulsivos para que el pozo divisorio nunca se tape porque, abierto, da más ganancia que pérdida política.

Hay quienes dicen que la campaña 2019 todavía no arrancó. En lo formal, es cierto, pero nadie podrá negar que muchos dirigentes hace rato que vienen ensayando su puesta en escena electoral. El stand-up del peronismo es, como siempre, el más activo. Es un escenario de mil puertas donde los que entran por una salen por otra y vuelven a entrar por cualquier abertura que les muestre alguna mínima posibilidad de retomar el poder y, con él, el manejo de la batuta, la distribución de cargos y el látigo parlamentario y judicial. Es un número importante de actores y, juntos, componen un elenco atractivamente fuerte. Tanto, que no pocos de los que habían abjurado de él hoy se muestran dispuestos a compartir libreto, pasar letra y cobijarse en el mismo teatro, amuchados bajo las mismas luces.

"Para ganarle a Macri hay que conformar un grandísimo frente", dijo Pino Solanas, hoy cerca de Cristina Kirchner, al igual que los Rodríguez Saá, que la defenestraban. Empujando para hacerse un lugar en ese redil se apiñan, entre muchos otros, los excríticos Hugo Moyano, Felipe Solá, Victoria Donda... Van detrás de la supuesta "Cristina herbívora", de la que no se come la cancha pateando dirigentes, sino que llama a la conciliación, una estrategia que la actual senadora ya había ensayado para los comicios de 2017 con buenos resultados, aunque no los suficientes como para ganarle al "imponderable" macrista Esteban Bullrich.

Cambiemos fue el imponderable más fuerte padecido por el cristinismo en las presidenciales de 2015. Cristina, el de Macri, cuando se negó a traspasarle los atributos del mando. Gabriela Michetti, también de Macri cuando se anotó en la carrera por la Jefatura de Gobierno para competir con Rodríguez Larreta, candidato macrista por excelencia. Ricardo Alfonsín, de Cambiemos, cuando critica a la coalición, pero discute internas. Néstor Kirchner fue el imponderable de Duhalde, al desconocerle su paternidad, y Menem de Néstor, al cederle la paternidad, huyendo del ballottage. Y vaya si lo fueron aquel viejo salto borocotiano en el Congreso, Lilita diciendo: "Mi límite es Macri", o el propio Macri en spots de campaña prometiendo bajar los impuestos, la inflación y la pobreza.

Seguramente, la Berta joven estaría tratando en análisis el derrotero de la carrera política de Lousteau; los asesoramientos de Grosso y de Corach a Cambiemos, y el último espectáculo de Midachi, con el exembajador de Panamá, en minifalda, de vuelta en el papel de La Tota. Estaría también preguntando cuál fue el imponderable que llevó a Margarita Stolbizer a aliarse primero con Massa y, después, a acusar a Pro de haber sanciona-do la ley para que los vecinos "le financien la campaña pintando sus veredas de amarillo", cuando el proyecto para delimitar los garajes particulares había sido presentado por un legislador de su propio sector. Margarita dijo que fue un mal chiste. ¿Fue un chiste?

Cuando los dirigentes cambian de sector político, ¿cambian realmente de ideología? Cuando se borocotizan, ¿no están rompiendo el contrato tácito que los electores hicieron con ellos a la hora de elegirlos? ¿Qué grado de responsabilidad tenemos los electores que aceptamos que lo vuelvan a hacer?

En esas disquisiciones andaría la Berta joven, la que detestaba a los que confunden las bases de Alberdi con las postas del albedrío. La anciana, la más condescendiente, apenas si estaría lamentándose ante el corte de la mayonesa.

© La Nación

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