jueves, 27 de diciembre de 2018

Herbívoros

Por Isabel Coixet
La pastelería está en el séptimo piso de los grandes almacenes Isetan, en pleno centro del distrito de Shinjuku, en Tokio. Los pasteles, intrincadas creaciones en colores crema y rosa, servidos por ceremoniosas camareras con guantes blancos, son devorados por grupos de mujeres, los mismos alegres grupos de mujeres que pueblan las cafeterías de todo el planeta, sin miedo al colesterol ni a la diabetes.

Pero hay algo más: junto a los grupos de señoras de impecable aspecto hay mesas de chicos solos, con las cejas depiladas y el pelo lacio, que sorben tazas de té y saborean con parsimonia delicados Mont-Blanc de castañas y porciones de tiramisú al té matcha.

Confieso que no me había percatado de la presencia de estos, fascinada como estaba por la presencia de las señoras, que me recuerdan a mi propia madre y sus amigas. La amiga japonesa que me ha traído hasta aquí me señala las mesas de los chicos y me dice que hace diez años a ningún hombre japonés se le hubiera ocurrido estar en un lugar así y pedirse un pedazo de tarta, y que esos chicos forman parte de un creciente movimiento llamado Herbívoros; en japonés, Ohitorisama.

Le digo que lo único que sabía del tema es que los Herbívoros rechazan cualquier contacto sexual. «Es mucho más que eso –me dice–. La semana pasada el primer ministro, Shinzo Abe, los nombró como la gran amenaza del futuro de Japón». «¿Y eso? Chicos a los que les gustan los dulces y no quieren follar no me parecen tan amenazadores…».

«Verás, el año pasado nacieron un millón de personas en Japón y murieron un millón trescientas mil, la población de Japón disminuye más que la de cualquier otro lugar del mundo, pero es que los Herbívoros no quieren tener las responsabilidades de sus padres; no quieren ser propietarios ni de casas ni de coches; ni quieren trabajar ochenta horas semanales ni quieren viajar fuera de Japón ni quieren tener familias. Son la reacción a la cultura de los salary man y la apropiación de los atributos femeninos que hasta ahora les estaban vedados. Rechazan frontalmente la masculinidad tóxica, pero rechazan también a las mujeres con personalidad propia, a las que consideran agresivas e intimidantes. Quieren hacer punto, hornear pasteles, llevar sujetadores, peinar muñecas, crear abalorios, llevar las cejas depiladas… Hoy en día son el grupo social con más crecimiento en la sociedad japonesa. Tienen asociaciones, prensa propia y hasta una serie de televisión, Girly men, en la que un experto en artes marciales lleva una vida secreta haciendo crochet para su colección de animales disecados».

«Pues no tiene que ser muy divertido ser mujer en Japón en estos tiempos». «No, lo cierto es que no –dice mi amiga mirando tristemente a su alrededor, buscando a la camarera. ¿Quieres otro pedazo de tarta?
No hemos probado el cheese cake de mango».

© XLSemanal

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