domingo, 16 de diciembre de 2018

Cuando se apaga el interés por las cosas y todo da lo mismo

Por Santiago Kovadloff
Comencemos por lo evidente: quien se aburre se sabe apático, desinteresado, indiferente. La curiosidad en él se ha extinguido. Nada lo convoca. El aburrido siente que está de más o, peor aún, se siente de menos, meramente residual. Más espectral que carnal, solo palpa su inconsistencia. Una inconsistencia que impregna todo lo que toca, todo lo que mira, todo lo que ve.

Y estar o no estar se reduce para él a una única evidencia: esa nada que lo retrata oprimido por el tedio.

De modo que al aburrido todo le da igual y ello es así porque en ese todo nada resalta, nada doblega la compacta homogeneidad del conjunto. Vaya adonde vaya, se vuelva hacia donde se vuelva, solo lo aguarda la uniformidad de lo indistinto. Los estímulos externos no son tales para él. Quien se aburre no tarda en descubrir que ni siquiera él mismo está a salvo de su indiferencia.

Aburrirse equivale a ser un peso muerto para la propia conciencia. Se dice yo y no hay eco. Un largo bostezo corona todo contacto. Se camina y en nada se imprime nuestra huella. Puesto que da lo mismo cuanto se haga, movilidad e inmovilidad se equivalen; se equivalen callar y hablar. Lo diurno y lo nocturno deparan un mismo paisaje sin encanto.

Yo solía, siendo niño, aburrirme los días de lluvia. Se me prohibía salir a jugar a la vereda. Las horas, literalmente, me aplastaban, como se aplastaban las gotas de agua contra el ventanal.

A los 15 años me aburría los domingos almorzando con mis padres. No deseaba otra cosa que correr a reunirme con mis amigos y dejar atrás esa mesa de rituales previsibles donde los temas y el tedio se equivalían.

Me aburría a los 19 en las horas desiertas en que el deseo de escribir me abandonaba. O cuando buscaba sin suerte qué leer. La inspiración, creía yo, me había olvidado. Era demasiado joven para admitir que los amores oscilan y los dones son tambaleantes. Despojado para siempre, como suponía, de mi vocación incipiente, iba y venía sin rumbo, inconsolable. Y cuanto hacía solo adensaba mi aburrimiento.

Aburrido se dice también de alguien o de algo que no logra interesar. De una presencia que en nosotros no alcanza relieve. De un film que nos impacienta o nos duerme. De un libro que, con cada nueva página, echa a perder más y más la curiosidad inicial que pudo habernos despertado.

Nos aburre igualmente nuestra vida cuando en ella la rutina tiene la última palabra. Sin previsibilidad, es innegable, no podemos vivir. Pero con ella únicamente, tampoco. Donde está abolida la expectativa, donde no circula el aire refrescante de alguna incertidumbre, no hay lugar para el porvenir. El aburrimiento contamina el horizonte. Si reina, no nos espera sino lo que ya sucedió. Tedium vitae sentenciaban los romanos, víctimas como también fueron de la monotonía y no solo protagonistas de la gloria.

¿Y qué decir de la imagen de nuestra cara en el espejo cuando en ella no vemos otra cosa que la preeminencia inalterable de una celda de la que no sabemos cómo escapar? Solo el afecto de un amigo, el amor que se nos brinda o que brindamos, o bien el entusiasmo de la creación, cuando vuelven a asomar entre las ruinas sembradas por el aburrimiento, nos ponen a salvo de ese veredicto cruel que nos sentencia incluso a cansarnos de ser quienes somos.

Vacilantes, pendulares siempre, pasamos de la fe al escepticismo, del júbilo a la angustia, de la esperanza a la incredulidad, del entusiasmo al aburrimiento. Ninguno de nosotros es dueño de su alma y ella va por donde quiere, solo obediente a los vientos que le impone su propia demanda.

Del aburrimiento se sale como se entra: por obra del azar antes que del propósito. Siempre me hizo reír aquel amigo de la juventud que al encontrarnos me decía:

-¡Hoy me voy a enamorar!

El riesgo de aburrir es tan usual como el de aburrirse, sobre todo cuando se presume que se tiene algo original para decir. Aburre, cuando no apena, el hombre desangelado. El jactancioso que se cree interesante y en verdad hace el ridículo. Aburre el desprovisto de humor que insiste en hacernos reír con sus tonterías. Aburren los muy seguros e incapaces de dudar. Y el vulgar cuando cree que no lo es.

Al aburrido se lo reconoce, además, por su tono de voz. A él se traslada, fatalmente, el efecto de su desánimo y no solo a lo que dice. Su alma está a merced de una aplanadora de pasiones, de venturas e inquietudes. El tono de su voz condensa esa multitud de desencantos, ya sea como epílogo o preámbulo de todo lo que le ocurre. Quien sepa escucharlo sabrá qué le sucede aunque ignore todavía lo que le pasa.

Nuestra época cree haber encontrado un buen atajo para escapar al acoso del aburrimiento. De ese aburrimiento que compromete la consistencia del consumidor en que el mercado necesita convertir a quien debe o debió ser, ante todo, un ciudadano.

La abundancia de entretenimientos públicos que ofrece la televisión y multiplica Internet busca básicamente distraer, accionar el afán de compra, impedir, en suma, el aburrimiento, presumiendo que es posible lo que jamás sucederá: exterminar de raíz el aburrimiento como si fuera un obstáculo externo y no uno de nuestros rasgos distintivos; ese rasgo que cada tanto insiste en subordinarnos a su influjo.

La sobreestimulación del capitalismo de mercado, con su arsenal de ofertas aluvionales y motivaciones sin término, busca eliminar los riesgos del aburrimiento, esa emoción corrosiva que disuelve el interés y el deseo sin freno de tener, de comprar, de acumular.

Si "el tiempo tiene sentido, concebido como progreso hacia una meta", como escribe Byung-Chul Han, el aburrimiento detiene el tiempo, lo congela, pone fin a lo progresivo. Opera en sentido inverso al del tiempo. Por eso, el sistema necesita entretener, avivar la sed de consumo, perforar el aburrimiento y desafiarlo siempre con alguna provocación. A la monotonía se la debe mantener a raya mediante el flujo de novedades: la renovación de la curiosidad, de lo insólito, de la moda. Entroncado como está en la indiferencia, el aburrimiento priva de sentido a la publicidad, ese maestro mayor de obras del consumismo. Desbaratarlo es, pues, vital para el buen funcionamiento del mercado.

Así como nadie decide aburrirse, tampoco está en manos de nadie terminar de una buena vez con su aburrimiento. El azar y una íntima disposición juegan aquí su papel. Y es mejor no ignorar que de la misma forma en que un día se cae en el pantano del aburrimiento, así también se sale de él, cuando algo más hondo que el mero voluntarismo nos empuja a hacerlo.

Cuando renace la vivacidad y el entusiasmo se recupera, cuando el deseo vuelve a obrar y a orientar nuestra conducta, es posible situarse de otro modo ante el semblante rugoso y gris del aburrimiento. Ya no como su víctima sino como su interlocutor. Y acaso sea ese el momento para hacerle saber que, conscientes de que nunca habremos de derrotarlo de una vez por todas, también lo somos de no estar condenados a vivir entre sus rejas. De manera que si es cierto que no nos pertenecemos, también lo es el hecho de que no somos sus esclavos.

Sin dejar de ser una desdicha, el aburrimiento puede convertirse al unísono en ocasión propicia para entender qué nos pasa. En una señal emitida por nuestro espíritu que viene a evidenciar que algo hay en lo que hacemos o dejamos de hacer, en lo que pensamos o dejamos de pensar, que nos impide estar razonablemente a gusto con nosotros mismos.

En tal sentido el aburrimiento es una advertencia, un síntoma capaz de preludiar un cambio oportuno.

Si en el aburrimiento todo da lo mismo, si bajo su intendencia nada en especial logra atraernos, bien se puede, en ese escenario, hacer lugar a las preguntas que tal vez pugnan por ser oídas ante el desgaste evidente de las respuestas disponibles. Ante ese desgaste que le allana el terreno al aburrimiento, y que, superado, se llama libertad.

© La Nación

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