lunes, 15 de octubre de 2018

En busca de orden, el macrismo se pone en modo electoral


Por Claudio Jacquelin

El Gobierno busca cualquier remanso para tratar de enfocarse en el juego que mejor juega y que más le gusta, pero la realidad se empeña en desbaratarle los planes. La economía primero, las disputas internas de Cambiemos y los traspiés de los últimos días conspiran con su objetivo de ponerse en "modo electoral". Pero no deja de intentarlo.

El foco en las elecciones del año próximo permite explicar muchas de las acciones adoptadas en los últimos días. Jaime Durán Barba fue explícito en las jornadas realizadas el martes pasado con la consigna "Argentina, cambio cultural". El gurú macrista refutó allí los cuestionamientos de sus socios de la coalición oficialista, y también de varios oriundos de Pro, sobre la necesidad de diferenciar la comunicación electoral de la comunicación gubernamental.

Aunque al núcleo más duro del macrismo lo irrite cualquier paralelismo con el gobierno kirchnerista, la estrategia de la campaña permanente, que instaló Néstor Kirchner apenas asumió la presidencia, está en el centro del ideario duranbarbista, abrazado con fervor tanto por el jefe de Gabinete, Marcos Peña , como por el propio presidente Macri.

El lema que reunió a la dirigencia de Cambiemos no solo es el leitmotiv que inspira al oficialismo, sino que el "cambio cultural" es el argumento central para explicar políticas, justificar dificultades y relativizar errores en estos meses en los que la gestión económica reporta sinsabores. Lo refuerzan los voceros gubernamentales, que suelen quejarse de quienes no se lo reconocen. Y lo hacen aun en estos días en los que la "superioridad ética" de Cambiemos fue puesta en duda por la propia Lilita Carrió la garante de la transparencia del espacio.

Los sondeos siguen mostrando que la imagen del Gobierno, la popularidad de Macri y la opinión sobre la mayoría de la dirigencia oficialista siguen en descenso, aunque mucho menos de lo que podría suponerse gracias a la polarización dominante entre Macri y Cristina Kirchner . Esa tendencia de las encuestas ayuda a que todo se interprete en clave de elecciones. Lo hizo Carrió cuando creyó ver en algunas de las acciones del Gobierno y en declaraciones de funcionarios, como el ministro de Justicia, la confirmación de una estrategia para sostener el universo binario y evitar que la Justicia ponga en riesgo una nueva candidatura de Cristina. Al menos antes de tiempo.

Para los comunicadores del Gobierno, lo que no puede tolerarse es que se ponga en duda que el gobierno de Macri ha emprendido un camino destinado a cambiar una cultura (política, económica y social) causante de que la Argentina acumule siete décadas de retroceso. A esa batalla dedican todos sus esfuerzos.

Los discursos motivadores, puertas adentro, se complementaron la semana pasada con una sucesión de anuncios tendientes a recuperar las expectativas y el apoyo de las clases medias y la pequeña burguesía, tanto en materia de vivienda como de estímulo a la mediana y pequeña empresa. Allí es donde más se ha deteriorado la confianza en el oficialismo para llevar a cabo la transformación que prometió.

Una intensa difusión de logros en seguridad, especialmente en materia de lucha contra el narcotráfico y con la disminución de los índices de homicidios, corrió a la par de aquellos anuncios. En esta cuestión, también altamente sensible para los sectores medios, el oficialismo está convencido de que es donde tiene resultados para mostrar del cambio que pregona y encarna. Y no quiere que los ensombrezca el resto de los traspiés.

La ministra Patricia Bullrich fue la figura que más expuso el Gobierno durante la semana para difundir resultados de su gestión y poner el foco sobre referentes de los movimientos sociales y del gremialismo que, según denunció, buscan alterar la paz social. No importó que detrás de eso se pudiera advertir una confrontación con su par de Desarrollo Social, Carolina Stanley . Tampoco se aclaró si fue una casualidad que la elevación de su perfil coincidiera con el estrepitoso triunfo en la primera vuelta de la elección presidencial de Brasil de Jair Bolsonaro , que hizo del combate contra la inseguridad y el delito, sin límites de ningún tipo, su plataforma electoral.

Lo que sí se sabe y se admite puertas adentro del Gobierno es que no fue casualidad que Bullrich marcara su diferencia de visión y de acción con Stanley. También hay que interpretarlo en el lenguaje de las elecciones. La ministra de Desarrollo Social, que ha hecho del diálogo y la negociación con los referentes sociales una práctica virtuosa, es mencionada habitualmente casi como la candidata natural para acompañar a Macri en la fórmula presidencial de 2019, repitiendo lo que el Presidente hizo cuando buscó la reelección en la ciudad de Buenos Aires y compartió el binomio con María Eugenia Vidal . La ministra de Seguridad sueña con ese mismo lugar.

Esa pelea también recién empieza y promete varios capítulos. A Macri le gusta estimular la competencia interna y Bullrich es una apasionada del combate. No por nada en el oficialismo hacen un juego de palabras con las primeras letras de su nombre y de su apellido: la llaman "la patbull del Presidente".

Esa compulsión al riesgo y a los daños autoinfligidos recurrentes parecen caracterizar la gestión macrista. Tanto como la dificultad para contener a los propios.

El involucramiento en los temas nacionales de los dos principales referentes territoriales del macrismo -Vidal y Horacio Rodríguez Larreta - terminó el fin de semana de los cambios de gabinete que no fueron. Ninguno de los dos quiere hablar en estos días de otra cosa que no sea de sus propias gestiones. Todo es parte de un orden interno en crisis.

Las discrepancias sobran y no se ocultan. No las disimula tampoco el radicalismo, que ha vuelto a sentirse fuera de la toma de decisiones. La aplicación de la tarifa complementaria del gas sin su conocimiento previo reforzó sus prevenciones. Pero la solución que impusieron dejó abierta otra herida en la confianza interna.

El macrismo se jacta (y sus adversarios se lo reconocen) de su aptitud para hacer campaña. Tiene conocimiento y tecnología, pero sobre todo sabe que logra el mejor funcionamiento de su maquinaria comunicacional y política cuando su dirigencia se enfoca en las elecciones. Y es cuando más se ordena su espacio.

Orden es lo que añora y padece el oficialismo en estos tiempos en los que el resultado de la administración, en lugar de aglutinar, dispersa.

Las desventuras de la oposición, en sus diversas versiones, ayudan para que, pese a todos los problemas sin resolver, el macrismo sueñe con poder enfocarse en el calendario electoral y que eso reporte también beneficios a la gestión. Puede parecer una utopía cuando nada indica que ya haya pasado la estación de las tormentas, pero en la Casa Rosada confían en sus antecedentes y en que la mayoría de los inconvenientes son producto de las batallas por el "cambio cultural". Peña y Durán Barba ya están dedicados a lo que mejor juegan y más les gusta. Tienen todo el aliento y siguen gozando de toda la confianza de Macri.

© La Nación

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