miércoles, 31 de octubre de 2018

El Gatopardo, o cuánta experiencia hace falta para empezar a escribir

Giuseppe Tomasi di Lampedusa empezó a escribir a sus 
57 años y en pocos meses creó una de las mejores novelas 
del siglo XX.

El Gatopardo, de Tomasi de Lampedusa, una obra maestra.
Por Cristian Vázquez

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¿Qué motiva que alguien que siente el deseo de escribir no escriba? ¿Qué hace que esa persona en determinado momento, por fin, se ponga a escribir? A menudo esa postergación se debe a la falta de confianza, la inseguridad, la sensación de que, antes de ponerse a escribir, hay que saber más. “Me había dado cuenta de que me faltaba algo fundamental: experiencia”, dice el narrador de Movimiento único, novela de Diego Gándara publicada hace unos meses. 

“Un escritor me había dicho —añade— que no se podía ser novelista antes de los cuarenta años, porque antes de los cuarenta un hombre no tenía suficientes experiencias sobre las cuales escribir”.

También es cierto que se puede escribir y no publicar. La recomendación clásica de evitar las prisas para dar a conocer las propias obras corresponde al latino Horacio: “Si algo escribes en alguna ocasión —anotó en su Arte poética, un par de décadas antes de Cristo— hazlo esperar nueve años guardándote el pergamino en tu casa. Podrás borrar lo que no hayas dado a la luz; la palabra que se deja escapar no sabe el camino de vuelta”. Al publicar este texto, Horacio tenía 46 años, justo la misma edad que Gándara cuando Movimiento único salió de imprenta.

Por supuesto, no hay en la literatura fórmulas infalibles ni recetas mágicas. Mario Vargas Llosa, Norman Mailer y Roberto Arlt, por nombrar solo los tres primeros que me vienen a la cabeza, a sus veintiséis años ya habían publicado auténticas obras maestras (La ciudad y los perrosLos desnudos y los muertosEl juguete rabioso, respectivamente). Y también hay, por supuesto, muchedumbres de autores que, por muchos años que guarden sus manuscritos y por muchas décadas que esperen para empezar a publicar, nunca lograrán escribir nada realmente valioso y perdurable.

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Toda esa introducción surge a partir del cierto misterio que envuelve a la figura de Giuseppe Tomasi di Lampedusa, el autor de la célebre novela El Gatopardo. Nacido en 1896 en el seno de una familia de la ya decadente aristocracia siciliana, Tomasi fue un hombre que, en palabras del escritor Peter Robb, “no hizo prácticamente nada en toda su vida más que producir una única obra maestra al final”. Una obra maestra que empezó a los 57 años, que concluyó en un puñado de meses y que no pudo ver publicada, porque un cáncer lo mató cuando tenía sesenta y aún no había encontrado editor.

¿Por qué esperó hasta sus 57 años para empezar a escribir? Hablamos al principio de la inseguridad y la desconfianza. Quién sabe si cuánto influye también la pereza. El caso es que Lampedusa fue un lector voraz. Su biblioteca contaba con 4 mil volúmenes. A sus treinta años había escrito ensayos sobre literatura francesa (Flaubert, Mérimée, Stendhal) y sobre historia, pero luego había abandonado la pluma. Hasta que en el verano de 1954 se produjo un hecho crucial: acompañó a su primo el poeta Lucio Piccolo a un encuentro de escritores que tuvo lugar en San Pellegrino Terme, en el norte de Italia, lejos de su Sicilia natal. Fue justo después de esa reunión con “la república de las letras” cuando empezó a escribir.

“Vista de cerca, esa república no le pareció integrada precisamente por semidioses”, escribió Gioacchino Lanza Tomasi, primo lejano del autor, quien lo acompañó en sus últimos años y desde su muerte ha sido una especie de albacea. “A veces, saber escribir apenas significa no ser analfabeto”. ¿Acaso fue esa sensación —algo así como “si estos tipos escriben, por qué no voy a hacerlo yo”— lo que motivó a Lampedusa a volver a tomar la pluma de una vez?

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Lampedusa se trazó, en un principio, un objetivo ambicioso: “Serán veinticuatro horas en la vida de mi bisabuelo, el día del desembarco de Garibaldi” (12 de mayo de 1860), le dijo a Lanza Tomasi poco después de empezar a escribir. Tiempo más tarde advirtió lo difícil de su propósito: “No sé escribir el Ulises”, admitió. Planificó entonces una novela con varias partes; la versión final tiene ocho, cada una encabezada por el mes y el año en que se desarrolla. La primera es de mayo de 1860 y avanza en lapsos de pocos meses hasta la parte VI (noviembre de 1862); la VII es de julio de 1883, cuando muere el príncipe Fabrizio Salina, el protagonista de la novela; la VIII y última, una suerte de epílogo, está fechada en mayo de 1910, justo medio siglo después de la peripecia inicial.

El príncipe Fabrizio está inspirado, en efecto, en el bisabuelo del autor, Giulio IV de Lampedusa, quien en realidad murió el 27 de septiembre de 1885. Esa era la fecha en que iba a morir también el personaje en la ficción, apunta Lanza Tomasi, y agrega: “Ignoro por qué razón luego esa fecha se anticipó en dos años”. Si quisiéramos ponernos suspicaces, podríamos atender al hecho de que la fecha finalmente elegida (julio de 1883) es la del nacimiento de Kafka, y sospechar que quizá Lampedusa quiso enlazar de algún modo a su personaje con el autor de La metamorfosis. Pero parece sospechar demasiado: mejor dejémoslo ahí.

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“Como reseña no es negativa, pero de publicación, nada”, le dijo Lampedusa a Lanza Tomasi un día antes de morir. Hablaba de los rechazos que había recibido por parte de las prestigiosas editoriales Mondadori y Einaudi. Fue el escritor Giorgio Bassani el que confió en él, y quien convenció a Giacomo Feltrinelli de que lo publicara. Pero la primera edición se imprimió en octubre de 1958, hace sesenta años, quince meses después de la muerte del autor. En el prólogo a esa primera edición, Bassani apuntó que el personaje del príncipe Fabrizio debe verse como un retrato del bisabuelo del autor pero también, en parte, como “un autorretrato lírico y crítico a la vez”.

Conviene citar aquí nuevamente a Lanza Tomasi: “Para Lampedusa, la literatura era una especie de crónica cifrada; y la crónica, la única gnoseología disponible. La obra de arte era el instrumento mediante el cual una experiencia humana contingente dejaba de ser algo individual y egoísta para cristalizar en experiencia duradera, independiente de lo ocasional”.

“Experiencia —sigue diciendo Lanza— significa la relación particular que una persona tiene con la realidad que le rodea, el sentido que atribuye al mundo externo, su toma de conciencia, y no la mera crónica de la vida que puede llevar en él”. Una definición muy parecida a la que propone Aldous Huxley en la introducción a sus Textos y pretextos, de 1932:

“El poeta es, etimológicamente, el hacedor. Como todos los hacedores, necesita un capital de materias primas: en su caso, experiencia. Ahora bien, experiencia no quiere decir haber nadado en el Helesponto, o haber bailado con los derviches, o haber dormido en refugios para vagabundos. Se trata en realidad de una cuestión de sensibilidad e intuición, de ver y escuchar las cosas significativas, de prestar atención en los momentos correctos, de coordinar y comprender. La experiencia no es lo que le sucede a un hombre; es lo que un hombre hace con lo que le sucede. No se trata de los accidentes de la existencia en sí mismos, sino de un don para afrontar esos accidentes. Por un feliz privilegio de la naturaleza, el poeta suele poseer el don de la experiencia en conjunto con el de la expresión. Lo que dice tan bien es, por lo tanto, intrínsecamente valioso”.

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Me permitiré discrepar, entonces, de Peter Robb sobre aquello de que Lampedusa “no hizo prácticamente nada en toda su vida” antes de escribir El Gatopardo. Lo que estuvo haciendo durante sus primeros 57 años fue imprescindible para la construcción de su novela: Lampedusa desarrolló el fino don de la experiencia. La sensibilidad, la intuición, la capacidad de saber qué hacer con lo que le sucedía. Hasta que, a los 57, en aquella cita literaria de San Pellegrino Terme, sintió aquello para lo cual, según el escritor que aconsejó a Diego Gándara, había que esperar hasta tener cuarenta: sintió que tenía experiencias suficientes. Entonces se puso a escribir.

Es lamentable que la muerte le haya llegado de forma prematura; es de agradecer que le haya dado tiempo al menos de concluir su novela. “Kipling observa —refirió Borges— que a un escritor le está permitido urdir fábulas, pero le está vedado saber cuál es la moraleja. Swift se había propuesto enjuiciar al género humano y dejó un libro de lectura infantil”. Para la cultura popular, la obra de Tomasi di Lampedusa parece haber dejado como moraleja esa frase que en El Gatopardo es accesoria y casi trivial: “Si queremos que todo siga igual, es necesario que todo cambie”. Quienes se animen a ir más allá del lugar común y a recorrer sus páginas, disfrutarán de una novela extraordinaria.

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