martes, 21 de agosto de 2018

Sociedad, arrepentidos y pornografía


Por Sergio Sinay (*)

En 2011, la jefa espiritual de la sistémica red de corrupción desnudada por los cuadernos del chofer obtuvo su reelección como presidenta de la Nación con el 54% de los votos. Hoy, según diferentes encuestadores y analistas, su núcleo duro de adherentes ronda el 25%. Los fanáticos no ven, solo creen. Es el fundamento de las sectas. 

Los cuadernos, más las detalladas confesiones de los “arrepentidos” (aunque para ciertas acciones no hay redención posible), son un ejemplo de pornografía. Pornográfico, dice el filósofo alemán de origen coreano Byung-Chul Han, es aquello que entra en contacto directo con el ojo. Sin velos, sin simbolización, sin metáfora ni alegoría. En la pornografía no hay distancia ni vergüenza, subraya en La sociedad de la transparencia (Herder). Para el “núcleo duro” kirchnerista, la pornografía es santidad.

Ahora bien, 54 menos 25 es igual a 29. ¿Dónde está ese 29% de apóstatas que hoy ya no creen? ¿Se mimetiza entre quienes asisten asombrados, estupefactos e indignados a la metástasis de corrupción que se extendió desde el Estado a las empresas, ida y vuelta? El 29% equivale a una de cada tres personas. Un tercio de la sociedad. Es demasiado. Aun si también se dijeran “arrepentidos”, no alcanzaría con eso. Porque la corrupción kirchnerista no era clandestina, no estaba creativamente disimulada. Era brutal, directa, visible. Fue denunciada y documentada por voces minoritarias que, con coraje civil (es el caso de este medio), clamaban en el desierto y corrían serios riesgos. No queda espacio para la ingenuidad, la sorpresa, y desde una perspectiva moral, tampoco para el arrepentimiento. Se sabía, se sufría. Pero más de la mitad de la sociedad (54%) eligió mirar para otro lado. No es la primera vez que ocurre en Argentina. Menem fue alto, rubio y de ojos celestes, se celebraron su ingenio y sus patéticos simulacros deportivos. También durante la dictadura militar una masa crítica de la sociedad eligió, al calor de la plata dulce, “no saber” lo que estaba ocurriendo. Sin embargo, esa dictadura y los posteriores gobiernos corruptos parecen haber sido sin pecado concebidos.

Se reitera en estos días la esperanza de que la Justicia no deje pasar este tren, acaso el último, que la lleve a un lugar menos deshonroso que el que supo ganarse. Ojalá ocurra. Ojalá todas y todos quienes rapiñaron como caranchos el bien común tengan y cumplan su condena. Pero eso no resolvería por sí solo una cuestión que queda pendiente. La corrupción pornográfica y asesina (expresada en muertos en hospitales carenciados, trenes desvencijados, rutas destruidas, chicos muertos por desnutrición) pudo alcanzar su dimensión porque tuvo un terreno social fértil, abonado desde años y generaciones, por la corruptela cotidiana en el tránsito, en la gestión de documentos, en todo lo conseguido por atajos, con pequeños sobornos. Terreno abonado por el egoísmo expresado en “a mí me va bien”, en “yo no me puedo quejar”, mientras alrededor la putrefacción avanzaba. Terreno abonado por la convicción de que el problema de los otros (llámese la mujer del vecino golpeada por el vecino, la pérdida del empleo de un conocido, el hambre del chico de la calle, etcétera) es solo de los otros. Terreno abonado por la cínica afirmación de que “todos roban” o de que “estos roban pero hacen”. El espacio no alcanza para seguir enumerando las especias que condimentan el caldo de cultivo en el que se cuece la corrupción, que nunca es solo económica, que siempre es, en primer lugar, moral.

Razonar con un fanático es sacar un pasaje al desaliento y la impotencia. Aun así, en este caso los fanáticos están a la vista. La incógnita es dónde se encuentra ese 29% que colaboró para darles la venia a los corruptos y dejarles el territorio liberado. Una sociedad que, aunque el proceso duela y avergüence, no descienda al fondo de su conciencia para transformarla, iluminarla y convertirla en faro de sus acciones y elecciones estará siempre a merced de la alianza entre fanáticos y oportunistas. Y de la pornografía consecuente.

(*) Periodista y escritor

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