lunes, 27 de agosto de 2018

Sin palabras

Por Sergio Sinay (*)

Hacia 1993, John Berger tuvo un sueño y lo narró así en la revista española Ajoblanco: “En el país de mi sueño se había aprobado un decreto que todo el mundo aceptaba, y según el cual cada palabra, hablada o pensada, tenía que ser canjeada por lo que significaba. Las palabras no podían existir sin apoyo, había guardianes de su significado”. 

Berger murió el 2 de enero de 2017, a los 91 años. Fue una potencia intelectual. Ensayista, novelista, dramaturgo, pintor, crítico de arte. En cada disciplina fue referente y se le deben novelas como Un pintor de hoy, Una vez en Europa o Puerca tierra (también llevada al teatro). La poderosa impronta social de su obra nunca atentó contra la calidad estética ni le hizo diluir la agudeza de su pensamiento.

Con seguridad, el país del sueño de Berger no era la Argentina de hoy. Aquí las palabras, como el peso, valen poco, raramente se canjean por su significado y nadie vela por su contenido. El caso de los cuadernos del chofer que sabía demasiado es prueba de ello. Salvo la burda pirueta evasiva de alguno de los que fueron nombrados con minuciosa certeza en esos cuadernos (pirueta imaginada o avalada por abogados cuyo compromiso con la moral es el mismo que puede tener un león con el veganismo), los demás iniciaron un desfile sin fin por los despachos de los fiscales y el juez, verdaderos confesionarios. Sin distinción de patrimonio, influencias o pertenencia oficial o privada. A ellos se sumaron otros, presurosos para no quedar afuera del casting. Y con ese desfile floreció el bastardeo de la palabra.

Así tenemos que la confesión de un delito o, al menos, de una inmoralidad que perjudicó a la sociedad en su conjunto se llama “arrepentimiento”. Difícilmente se pueda hablar de arrepentimiento donde no hay reparación y donde algunos capitostes empresariales “arrepentidos”, tarde y no por principios ni por convicción, siguen siendo amparados por sus pares, así como la cabecilla de los corruptos lo es (más allá de pantallas de humo) por quienes supieron ser sus aplaudidores. En esa línea de tergiversación, a la coima brutal, llana, consciente y oportunista se la denomina “aporte” o “colaboración”. Curiosamente, es la misma palabra con que los “trapitos” aprietan a los automovilistas en recitales, partidos de fútbol y otros eventos, siempre a la vista de policías pasivos o cómplices. En ambos casos las “colaboraciones” tienen tarifa fija y exorbitante, y la gran mayoría las paga, aunque no está obligada, para después buscar una excusa que aplaque su conciencia.

En este país, tan opuesto al que soñó Berger, a una brutal crisis económica y financiera, que deja tendales de víctimas, se la llama “turbulencia”. Cuando se convierte en tsunami se la nombra como “tormenta”. Y a los errores propios, repetidos y groseros el lenguaje oficial los rebautiza como “circunstancias externas”. A la mala praxis económica oficial se le dice “sequía”. “No mentir” es lo que se promete antes de ocultar la dimensión profunda de un pésimo escenario económico y social. Y “lo peor ya pasó” debe traducirse como la inminencia de tiempos tenebrosos. En el fútbol, permanente alegoría del país, cuando votan 75 personas el resultado es un empate entre 38 votos, y “el técnico tiene contrato” debe entenderse como que fue despedido.

La palabra es fundamento de toda relación humana y cimiento de contratos sociales y de visiones compartidas que se tiendan al futuro. Si la palabra no vale nada no hay modo de acordar, de creer, de proyectar, de entender, de confiar, de dialogar. En aquella entrevista de 1993 Berger advertía que “en estos tiempos el descrédito de la palabra es muy importante”. No había visto aún a Trump como presidente de Estados Unidos ni había paseado por la Argentina de hoy. Albert Camus (1913-1960), autor de El extranjero, La peste, El mito de Sísifo y verdadero barómetro moral en tiempos difíciles, escribió una vez que “un pueblo vale lo que vale su lenguaje”. A la luz de lo que por estos pagos se lee y se escucha cada día, la conclusión solo merece un minuto de silencio. Sin palabras, hablan los hechos.

(*) Escritor y periodista

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